Mason
—¿El siete? ¿De verdad el maldito número siete? —Jayden soltó una carcajada que resonó en todo el pasillo en cuanto pusimos un pie fuera del aula de Ética—. Hermano, el universo no te está mandando señales, te está tacleando de frente.
—Cállate, Cooper —le respondí, aunque no podía ocultar la sonrisa de suficiencia que sentía en la cara mientras me colgaba la mochila al hombro—. Te lo dije. El número diez siempre encuentra la forma de avanzar en el terreno de juego.
—Sí, bueno, ten cuidado con esa jugada —advirtió Asher, caminando a nuestro lado—. Carrington no es una defensiva fácil de romper. Te lo demostró en la primera clase y te lo demostró en la fiesta. No dejes que la apuesta te nuble la vista, Mason.
—Tengo el control, Kingsley —le aseguré, deteniéndome al ver una cabellera castaña clara con reflejos dorados salir por la puerta del aula.
Emily caminaba a paso rápido, con la espalda recta, sosteniendo su tableta contra el pecho como si fuera un escudo. Luke, su amigo de las gafas, se despidió de ella con un gesto dramático antes de enfilar hacia las escaleras. Era mi momento.
—Los veo en el departamento a las cinco —les dije a los chicos, acelerando el paso para alcanzarla.
—¡Buena suerte, Romeo de la NFL! —gritó Jayden a mis espaldas.
Me deslicé entre los estudiantes hasta ponerme a la par con sus zancadas firmes. El aroma a jazmín me golpeó de inmediato, flotando en el aire climatizado del pasillo.
—Vaya, Carrington, pensé que los de Negocios sabían correr rutas más lentas. Casi tengo que activar mi velocidad de sprint para alcanzarte —bromeé, colocándome a su lado.
Emily no se detuvo, pero desvió esos ojos azul cielo hacia mí con una expresión de total resignación.
—Tengo exactamente media hora libre antes de mi clase de Macroeconomía Avanzada, Johnson. Y créeme, quiero aprovechar cada minuto para avanzar en este suplicio antes de tener que lidiar con tu ego otra vez.
—Qué coincidencia, yo no tengo clases hasta dentro de dos horas —le dediqué una sonrisa perezosa, metiendo las manos en los bolsillos de mi sudadera gris—. Así que soy todo tuyo. ¿Dónde quieres empezar?
—En la biblioteca central. Ahora mismo. Y muévete, que el reloj corre.
Quince minutos después, estábamos sentados en una de las mesas del fondo del tercer piso de la biblioteca, la zona de silencio absoluto. El sol de la tarde se filtraba por los enormes ventanales, iluminando la mesa de madera donde Emily ya había desplegado su tableta, un cuaderno pulcro y un bolígrafo de diseñador con una velocidad que me pareció casi militar.
Me senté frente a ella, reclinándome en la silla con comodidad, y la observé fijamente. Hoy llevaba el cabello recogido en una coleta alta y una sudadera ligera de color crema que la hacía ver un poco menos distante, pero la mirada que me lanzó al sentarse disipó cualquier ilusión de suavidad.
—Bien, Johnson —habló en un susurro firme, apoyando los codos en la mesa y entrelazando sus dedos—. Antes de que abras la boca para decir cualquier tontería carismática de las tuyas, vamos a establecer los parámetros de esta sociedad forzada. Yo los llamo: las Reglas de Savannah.
Arqueé una ceja, sumamente divertido. Apoyé los brazos en la mesa, inclinándome hacia ella hasta reducir la distancia entre nosotros.
—¿Reglas? Vaya, rubia. No sabía que te gustaba tener el control de esa manera. Soy todo oídos.
Emily ni siquiera pestañeó ante mi cercanía. Sostuvo la mirada con una frialdad matemática.
—Regla número uno: solo se habla del trabajo. No me interesa saber cómo estuvo tu entrenamiento, no me interesa qué hiciste el fin de semana y definitivamente no me interesa escuchar tus quejas sobre tus zapatos mojados. Venimos, investigamos, redactamos y nos vamos. ¿Queda claro?
—Un poco aburrido, pero aceptable para empezar —respondí, ladeando la cabeza—. ¿Qué más tienes en tu manual?
—Regla número dos —continuó, señalándome con el bolígrafo plateado—: cero coqueteos. Guarda tus sonrisas de catálogo, tus guiños de ojo y tus miradas sugerentes para las chicas de la fraternidad Alpha Chi que suspiran por ti en la cafetería. Conmigo estás perdiendo el tiempo y retrasando el proyecto.
Sentí una punzada en el orgullo, pero mi sonrisa se ensanchó. Esta chica era un maldito desafío viviente.
—¿Y si me sale natural, Carrington? Es un defecto de fábrica, no puedo evitar ser encantador.
—Pues te aguantas el encanto —sentenció sin una pizca de gracia—. Y regla número tres, la más importante: nada de hablar de fútbol americano. Está estrictamente prohibido usar metáforas deportivas, hablar de yardas, de pases o del Savannah Rage. Para mí, eres un estudiante de periodismo común y corriente, no el rey del campus. Si rompes cualquiera de estas reglas, trabajaré por mi cuenta, le informaré a la profesora Wolf y te dejaré que repruebes el cuarenta por ciento de la materia. ¿Tenemos un trato?
Me le quedé mirando unos segundos, analizando la seriedad en sus facciones. Nadie en esta universidad me ponía condiciones, nadie me trataba como a un estudiante común. Y sin embargo, estar aquí atrapado bajo sus reglas me resultaba malditamente adictivo.
—Está bien, Carrington. Tus reglas, tu juego —cedí, levantando las manos en señal de rendición—. Pero bajo una condición: si yo cumplo las reglas, tú dejas de mirarme como si fuera un criminal que acaba de pisar tu invernadero. ¿Trato?
Emily guardó silencio, sopesando mis palabras con esos ojos cristalinos que parecían leer cada uno de mis pensamientos. Finalmente, asintió una sola vez con la cabeza.
—Trato. Ahora, organicemos los horarios. Mis lunes y miércoles por la tarde están bloqueados por las tutorías en el laboratorio de botánica y los viernes viajo a Savannah a ver a mi padre. Así que solo nos quedan los martes y jueves después de esta clase.
—Los martes tengo sesión de video con el equipo a las cuatro... —empecé a decir, pero ella me cortó con la mirada. Carraspeé—. Quiero decir, tengo un compromiso académico-deportivo a las cuatro. Pero puedo los martes a la una y los jueves a la misma hora.
—Perfecto. Dos sesiones por semana. Yo me encargaré de la estructura financiera del análisis y tú de la narrativa y la investigación de campo de los medios.
—Me parece justo. Soy bueno con las palabras, rubia. Te vas a sorprender.
—Ya te dije el viernes que dudo mucho que algo en ti pueda sorprenderme, Johnson —respondió, cerrando su libreta con un golpe seco justo cuando la alarma de su teléfono vibró, indicando el final de su media hora libre.
Se levantó de la silla con esa elegancia innata, guardando sus cosas en la mochila en un santiamén. Me quedé sentado, mirándola desde abajo mientras se colgaba la correa al hombro. Antes de darse la vuelta, me dedicó una última mirada, una que ya no tenía tanta hostilidad, sino una especie de tregua silenciosa.
—Te veo el jueves a la una aquí mismo, Johnson. No llegues tarde.
—Allí estaré, compañera —le respondí, guiñándole un ojo por puro instinto.
Emily colocó los ojos en blanco, dio la vuelta y caminó hacia las escaleras mecánicas, dejándome solo en la mesa del tercer piso. Suspiré, pasando una mano por mi cabello rubio y mirando el espacio vacío que había dejado. Las Reglas de Savannah estaban sobre la mesa, pero en el fútbol —y en la vida— las reglas se habían hecho para encontrar la forma de jugar alrededor de ellas. Y yo estaba dispuesto a descubrir cuál era la debilidad en la perfecta estrategia de Emily Carrington.