Emily
El reloj en la pantalla de mi tableta marcó las 1:15 de la tarde. Quince minutos. Mason Johnson llevaba quince minutos de retraso, y considerando que solo teníamos dos horas asignadas para nuestra sesión de estudio, mi paciencia se estaba evaporando más rápido que el agua bajo el sol de Georgia.
Estaba aburrida. Ya había estructurado la introducción del análisis financiero y adelantado gran parte de las lecturas obligatorias. Suspiré, apoyando la barbilla en la palma de mi mano mientras deslizaba el dedo por mi teléfono sin ver nada en particular. Las Reglas de Savannah incluían la puntualidad, y el quarterback estrella ya estaba cometiendo su primera infracción.
Justo cuando estaba por guardar mis cosas e irme para darle una lección, las puertas dobles del tercer piso de la biblioteca se abrieron.
Apareció Mason. Pero no venía con su usual caminata arrogante ni con esa sonrisa de suficiencia que tanto me irritaba. Venía a paso lento, con los hombros ligeramente caídos y una sudadera negra del equipo que parecía pesarle una tonelada.
-Lamento la tardanza, Carrington -dijo en un susurro, dejándose caer en la silla frente a mí. Se pasó una mano por el cabello rubio, que estaba completamente desordenado-. De verdad, lo siento.
Me crucé de brazos, lista para atacarlo con todo mi arsenal sarcástico.
-Quince minutos tarde, Johnson. Tu tiempo vale oro en la cancha, pero en el mundo real, el mío también. Si crees que voy a sentarme aquí a esperar a que el rey del campus decida honrarme con su...
Me detuve en seco. Al levantar la vista para mirarlo a los ojos, las palabras se me atoraron en la garganta.
Mason se veía... apagado. No había rastro del chico carismático de la fiesta. Tenía ojeras marcadas bajo sus ojos verdes, que esta vez no brillaban con malicia, sino que reflejaban una profunda tristeza y un cansancio físico y mental absoluto. Parecía un guerrero que venía de perder una batalla en silencio.
-Sé que tienes razón -respondió, y su voz sonó extrañamente apagada, carente de su habitual energía barítona-. No tengo excusa. Fue una tarde de perros. Prometo compensártelo. Trabajemos.
Tragué saliva, sintiendo una punzada de culpa por haber sido tan dura. Por primera vez desde que lo conocía, noté el peso real de la corona que cargaba. Todo el campus lo idolatraba, pero nadie parecía ver lo agotador que era sostener ese pedestal.
-Está bien -modulé mi tono, bajando los brazos-. Dejémoslo así por hoy. Empecé a estructurar la sección de responsabilidad corporativa y...
No alcancé a terminar. El teléfono de Mason comenzó a vibrar sobre la mesa de madera, rompiendo el silencio de la biblioteca. Él miró la pantalla y vi cómo todo su cuerpo se ponía rígido al instante, como si se preparara para recibir un impacto en el campo de juego.
-Lo siento, tengo que tomar esto. Es mi padre -pidió disculpas en voz baja, mirándome con un deje de frustración antes de deslizar la pantalla-. ¿Hola, papá?
A pesar de que intenté concentrarme en mi tableta para darle privacidad, el silencio de la zona de estudio hacía imposible no escuchar. La voz al otro lado de la línea no se oía con nitidez, pero el tono era severo, cortante y lo suficientemente alto como para que la tensión inundara la mesa.
-Sí, lo sé... Sí, el coordinador me lo dijo -respondía Mason, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello se marcaron-. No estaba distraído, papá. La cobertura de la línea falló en el segundo down... No, no estoy buscando excusas. Sé cuál es mi trabajo.
Hundió la cabeza entre las manos, escuchando una ráfaga de palabras firmes del hombre al otro lado. Arthur Johnson no estaba siendo un mal padre en el sentido estricto, pero su nivel de exigencia era asfixiante. No aceptaba un "buen rendimiento"; exigía perfección absoluta, analizando un maldito entrenamiento de jueves como si fuera el Super Bowl.
-Lo haré mejor en la sesión de video de la noche. Sí, señor. Adiós.
Mason colgó y dejó el teléfono con demasiada brusquicia sobre la mesa. Soltó un gruñido ahogado de pura frustración, cerrando los ojos con fuerza mientras apretaba los puños. El peso de las expectativas familiares parecía estar aplastándolo vivo en ese instante.
Me quedé mirándolo, sintiendo una extraña y genuina empatía por él. Mi padre era exigente, pero siempre desde el amor y la diversión; ver la presión militar a la que sometían a Mason me hizo encoger el corazón.
Giré mi botella de agua fría hacia su lado de la mesa y la empujé suavemente hasta que tocó su mano.
-Toma un poco de agua, Johnson -le dije con suavidad, llamando su atención. Él abrió los ojos, mirándome con sorpresa-. Si quieres... podemos aplazar la sesión de hoy. No pasa nada. Entiendo que estás saturado. Puedo intentar hacer un par de huecos en mi horario la próxima semana para vernos cuando ambos estemos más disponibles.
Mason se me quedó mirando fijamente, procesando mi oferta. La vulnerabilidad en sus ojos verdes me desarmó por completo. Ya no era el enemigo de la apuesta o el quarterback arrogante; era solo un chico bajo demasiada presión.
-No quiero retrasarte, Carrington -dijo, su voz más suave-. Pero... de verdad te agradecería el respiro. Hoy no tengo la cabeza en su sitio. Lo siento de nuevo.
-Está bien, de verdad. Lo entiendo -le aseguré, regalándole una pequeña sonrisa de tregua. Nos miramos durante unos segundos, compartiendo un silencio que, por primera vez, no estaba cargado de sarcasmo o tensión sexual, sino de pura comprensión humana-. Dame tu teléfono. Hay que intercambiar números para avisarnos cuando tengamos espacios libres. Así no dependemos de Skyler.
Él asintió, desbloqueó su celular y me lo tendió. Anoté mi número bajo el nombre de "Emily Carrington" y me mandé un mensaje a mí misma para registrar el suyo.
-Listo. Ya tienes cómo localizarme para coordinar -dije, devolviéndole el aparato-. Pero ya que estamos aquí y nos quedan unos minutos antes de que me vaya a mi clase, hablemos rápido de la división del trabajo para que sepas qué investigar el fin de semana. Sin presiones, solo una idea general.
La rigidez en los hombros de Mason comenzó a ceder sutilmente. Una chispa del chico que conocía regresó a sus ojos, aunque de una forma mucho más madura y tranquila.
-Me parece perfecto, compañera -respondió, sacando una libreta común de su mochila-. Soy todo oídos. Dime qué necesita la jefa de Negocios para mantener su promedio perfecto.
Sonreí de lado y abrí el documento central, comenzando a explicarle los puntos del proyecto mientras el sol de la tarde seguía cayendo sobre nosotros. Mi vida seguía intacta, pero por primera vez, me di cuenta de que dejar entrar un poco a Mason Johnson no iba a arruinar el ecosistema. Al contrario, hacía que la dinámica se volviera mucho más interesante.