Mason
—¡Si Cooper vuelve a desafiarme en el torneo de voleibol de playa, juro que lo entierro en la arena! —gritó Logan, acomodándose la cinta elástica en la frente mientras cargaba una caja llena de camisetas del evento.
La locura anual de la Semana Deportiva universitaria había comenzado oficialmente en el campus de la Uga, y el ambiente era una completa locura. Por donde miraras había inflables gigantes, pistas de obstáculos, escenarios para el karaoke de la noche, puestos de comida y música a todo volumen. Todo el comité organizador de las fraternidades se había lucido; el campus se veía increíble, decorado con banderines de todas las facultades.
Asher, Jayden, Logan y yo estábamos reunidos cerca de la fuente principal, revisando la tabla de posiciones y las planillas de inscripción.
—No te emociones tanto, Logan, que este año las reglas cambiaron —le advirtió Asher, cruzándose de brazos con una sonrisa de complicidad—. La directiva se puso en plan "integración comunitaria". Olvídense de jugar solo con los chicos de Sigma Nu. Los equipos para la gymkana de hoy se van a armar con fraternidades revueltas por sorteo de colores.
—¿Revueltas? —Jayden hizo una mueca, dándole un trago a su bebida energética—. Eso significa que me puede tocar con algún debilucho de la facultad de artes que se canse a los dos metros de correr.
—O con mi hermana —le solté una mirada de advertencia, apuntándolo con el dedo—. Así que cuida tus palabras, Cooper.
Justo en ese momento, los altavoces de la plaza principal tronaron y una de las coordinadoras empezó a gritar los nombres de los equipos formados por las balotas de colores que habíamos retirado en la mañana.
—¡Equipo Verde! —anunció la voz—. ¡Mason Johnson, Logan West, Skyler Johnson y Nia Brooks!
—¡Al menos nos tocó juntos, hermano! —Logan me chocó la palma, entusiasmado—. Vamos a destrozar a los demás.
—¡Y en el Equipo Azul! —continuó el altavoz—. ¡Asher Kingsley, Jayden Cooper, Emily Carrington y Luke Vance!
Giré la cabeza de inmediato hacia la carpa del Equipo Azul. Allí estaba Emily, luciendo malditamente hermosa incluso con ropa deportiva. Llevaba unos leggings negros ajustados, una camiseta blanca sin mangas que resaltaba su silueta y el cabello recogido en una trenza alta. A su lado, Jayden ya se estaba acercando a saludarla con una sonrisa ganadora, mientras Asher le explicaba la primera estrategia de la competencia.
—Bueno, parece que tu compañera de Ética cayó en mis manos, Johnson —me molestó Jayden de reojo, acomodándose la gorra—. Prometo no hacerla llorar cuando le ganemos.
—Ya quisieras, Cooper. Carrington te va a dar una cátedra de finanzas antes de que alcances a tocar la meta —le respondí, intentando sonar desinteresado, aunque la idea de verla competir contra mí me encendía la sangre.
Antes de que los equipos se dividieran para ir a sus respectivas estaciones de salida, alcancé a agarrar a mi hermana Skyler del brazo, alejándola un par de pasos del grupo. Había estado observando cómo miraba de reojo a Jayden desde que llegamos.
—Oye, Sky —le dije en voz baja, adoptando mi tono serio de hermano mayor—. Vi cómo te estabas riendo con Cooper el otro día en la pista de baile. ¿Hay algo que deba saber?
Skyler puso los ojos en blanco con una fuerza exagerada y se soltó de mi agarre, dándome un golpe juguetón en el hombro.
—Por Dios, Mason, relaja tus músculos de mariscal de campo. Solo estábamos bailando. Jayden y yo somos amigos, nada más. Es divertido, a diferencia de ti cuando te pones en modo guardaespaldas.
—Solo te digo que tengas cuidado, Sky —insistí, entornando los ojos—. Conozco a Cooper. Es mi receptor estrella, pero también sé cómo opera fuera de la cancha. No quiero que juegue con mi hermanita.
—Sé cuidarme sola, tonto. Ahora muévete, que el Equipo Verde nos necesita si queremos ganar la primera ronda de la gymkana —rio ella, corriendo hacia la línea de salida.
La competencia comenzó y la adrenalina se apoderó de todos. La gymkana consistía en una serie de relevos ridículos: correr con sacos, mantener el equilibrio sobre troncos y, finalmente, atravesar una enorme fosa llena de lodo espeso mediante una cuerda floja y una red de cuerda.
El Equipo Verde e Inicialmente el Azul íbamos cabeza a cabeza. Me tocó el último relevo contra Asher. Cuando sonó el silbato para la fase final, corrí con todas mis fuerzas, dejando atrás a Asher por un par de metros. Sabía perfectamente que Emily me estaba mirando desde la línea de meta de su equipo, junto a los demás.
Una idea estúpida y puramente impulsiva me cruzó la mente: Es el momento de demostrarle a la jefa de Negocios de qué está hecho el número diez.
Llegué al borde de la gran fosa de lodo. En lugar de pasar con cuidado y asegurar el paso por la red como nos habían indicado, decidí hacer una entrada espectacular. Agarré la cuerda central con una sola mano, flexioné mis bíceps —asegurándome de que mi físico y mi fuerza quedaran bien en evidencia— y tomé impulso para cruzar el charco volando, planeando caer con un aterrizaje perfecto del otro lado para sellar la victoria con estilo.
—¡Miren esto! —grité hacia donde estaban los chicos, lanzándome al vacío.
Pero el lodo de Georgia no respeta jerarquías universitarias.
A mitad del trayecto, mis manos cubiertas de sudor resbalaron por completo de la cuerda trenzada. Perdí el agarre en el aire, mis piernas se agitaron en la nada buscando equilibrio y, con la gracia de un piano cayendo desde un quinto piso, caí de espaldas directamente en el centro de la fosa profunda de barro espeso.
¡PLATCH!
Un tsunami de lodo marrón saltó en todas direcciones, salpicando incluso a los espectadores de la primera fila. Me quedé sentado en medio del charco, completamente cubierto de lodo de la cabeza a los pies, con un trozo de césped flotando sobre mi hombro y la dignidad enterrada a tres metros bajo tierra.