El Quarterback y La chica imposible

Bajo la lluvia

Mason

—...y según el último balance de la corporación que analizamos el martes, el margen de beneficio neto cayó un cuatro por ciento debido a la mala gestión de la crisis de relaciones públicas. Por eso, el capítulo de ética mediática tiene que enfocarse en cómo la transparencia financiera afecta la percepción del consumidor. ¿Johnson? ¿Me estás escuchando o solo estás parpadeando para fingir que tu cerebro sigue encendido?

La voz de Emily me trajo de vuelta a la realidad. Parpadeé un par de veces, acomodándome en mi silla de la biblioteca. El proyecto de Ética y Comunicación ya lo llevábamos prácticamente por la mitad, y aunque el documento digital estaba lleno de gráficos complejos y párrafos impecables, yo llevaba los últimos diez minutos completamente distraído, concentrado únicamente en verla a ella.

Tenía un mechón de su cabello rubio suelto, cayendo sobre su mejilla mientras leía la pantalla de su tableta. Emily era jodidamente linda, de eso no había duda. Pero pasar estas semanas atrapado con ella en la biblioteca me había hecho ver mucho más allá de su fachada de chica rica de la Quinta Avenida. Era carismática, divertida a su manera ácida, peligrosamente sarcástica y, por encima de todo, sumamente mandona. Tenía que controlar cada maldito detalle del proyecto. Y lo peor de todo... era que esa actitud dominante era lo que más me gustaba de ella. Ya no podía seguir ocultándomelo a mí mismo: Emily Carrington me gustaba en serio.

—Te estoy escuchando, Carrington —le respondí, regalándole una sonrisa perezosa mientras apoyaba la barbilla en mi mano—. Dijiste "percepción del consumidor" y "transparencia". Ves que mi cerebro de futbolista sí retiene información.

Emily entornó sus ojos azul cielo, mirándome con esa mezcla de sospecha y diversión que ya se había vuelto nuestra rutina. —Bien. Porque si me haces corregir este párrafo por tercera vez, te usaré como saco de tacleo en el laboratorio de botánica.

Guardamos las cosas justo cuando el reloj de la biblioteca anunció el cierre de la sección de estudio. Al bajar las escaleras mecánicas y cruzar el vestíbulo principal hacia las puertas dobles de cristal, un rugido ensordecedor nos hizo detenernos en seco.

Afuera, el cielo de Georgia se había caído por completo. Una tormenta tropical repentina azotaba el campus, transformando los caminos de concreto en verdaderos ríos y reduciendo la visibilidad a unos pocos metros. El viento soplaba con tanta fuerza que las hojas de los árboles volaban por todas partes.

—Fantástico —suspiró Emily, cruzándose de brazos mientras miraba el diluvio—. Mi auto está en el estacionamiento norte, a diez minutos de aquí. Terminaré pareciendo un desastre empapado si doy tres pasos.

—Y el mío está en la casa de la fraternidad, aún más lejos —admití, mirando a mi alrededor—. Caminar bajo esto es una locura. Ven, quémonos aquí.

La tomé suavemente del antebrazo, guiándola hacia un costado de la fachada de la biblioteca, justo debajo de un techo de concreto arquitectónico empotrado. Era un espacio amplio, resguardado del viento y de la lluvia, con un banco de madera largo que quedaba perfectamente seco. El sonido del agua golpeando el suelo creaba una barrera con el resto del campus, transformando ese pequeño rincón en un refugio acogedor y extrañamente íntimo.

Nos sentamos en el banco, manteniendo una distancia prudente pero lo suficientemente cerca como para sentir el calor del otro frente a la brisa fría de la tormenta.

—Bueno... parece que el destino insiste en darnos horas extras, Carrington —bromeé, estirando las piernas hacia el frente.

Emily soltó una risa suave, una de esas risas reales que ya no le costaba tanto mostrar conmigo. —Ya empieza a darme miedo tu teoría del destino, Johnson. Pero tienes razón. Al menos aquí estamos secos.

El silencio que siguió no fue incómodo. El ruido de la lluvia llenaba el espacio, y tras unos minutos de ver las gotas chocar contra el pavimento, me giré un poco en el banco para mirarla de perfil.

—Oye, Emily... —llamé su atención, y mi tono bajó a uno mucho más calmado, alejado de las bromas de siempre—. El otro día en la biblioteca, cuando mi papá llamó... lamento que tuvieras que escuchar eso. Sé que fue un momento un poco tenso.

Emily se giró a mirarme, y la hostilidad habitual en sus ojos fue reemplazada por una mirada cargada de una genuina empatía. —No tienes que disculparte, Mason. De hecho... me hizo pensar mucho. Tu papá se escuchaba bastante estricto.

—Lo es —suspiré, pasando una mano por mi cabello rubio—. Arthur Johnson no acepta un "buen partido". Para él, el fútbol es un negocio familiar, una disciplina militar. Si no doy el cien por ciento en cada jugada, siente que estoy desperdiciando el apellido. Pero... a pesar de toda esa presión y de lo insoportable que se pone tras los entrenamientos, es un buen padre. Ha estado presente en cada momento de mi vida, en cada partido desde que tengo ocho años, apoyándome aunque sea a base de gritos y exigencias.

—Eso es bueno. Al menos sabes que le importa —mencionó ella en un susurro.

—Sí. Y bueno, mi madre equilibra las cosas. Ella es todo lo contrario: sumamente amorosa, cariñosa, de las que te preparan galletas y te abrazan aunque hayas perdido el campeonato por diez puntos. Y a Sky ya la conoces, es una gran hermana, aunque a veces me den ganas de encerrarla en su habitación para que no se acerque a mis amigos.

Emily sonrió, mirando hacia la lluvia, y una sutil capa de melancolía envolvió sus facciones.

—Tienes una dinámica familiar increíble, Mason. Deberías valorarla más. Mi papá también es un hombre maravilloso. Liam Carrington es inteligente, increíblemente cariñoso y ha estado presente en absolutamente todo lo que he necesitado. Me envía joyas de Cartier solo para recordarme que me quiere, y aunque parece un tiburón de los negocios en la Quinta Avenida, conmigo es un pedazo de pan. Es mi mejor amigo.




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