El Quarterback y La chica imposible

Corazón de hielo

Emily

El motor de mi auto rugía en la autopista interestatal mientras el paisaje verde de Georgia pasaba como una ráfaga borrosa a los costados. Tenía las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se me habían puesto blancos. En la pantalla del tablero, el nombre de Skyler comenzó a parpadear, rompiendo la tensión del habitáculo.

Presioné el botón del manos libres con un toque seco.

—¿Em? ¿Dónde estás? —la voz de Sky sonaba confundida sobre el ruido de fondo del edificio de atletismo—. Llegué a los vestidores y no te vi por ningún lado. Los chicos están saliendo apenas.

Tragué saliva, forzando mi tono de voz para que sonara lo más natural, sofisticado y controlado posible. No iba a involucrar a Sky en esto; ella no tenía la culpa de tener un idiota por hermano.

—Hola, Sky. Lo siento muchísimo, tuve que irme de prisa —mentí, carraspeando sutilmente—. Mi papá me llamó justo cuando iba hacia los vestidores. Surgió un asunto financiero urgente con una de las propiedades de Savannah y necesitaba que saliera de inmediato para allá. No quise interrumpir tu conversación con el profesor.

—Oh, entiendo. Qué lástima, Jayden te estaba buscando para... bueno, para invitarte un batido con los chicos —dijo ella, y noté un deje de desilusión en su voz—. Conduce con cuidado, entonces. Hablamos el domingo.

—Claro que sí, Sky. Disfruta el fin de semana.

Colgué de inmediato, cortando la comunicación antes de que pudiera hacerme más preguntas. En cuanto la línea se liberó, busqué en la lista de reproducción de mi teléfono y puse la música a todo volumen. Necesitaba que los bajos pesados y las letras rabiosas inundaran el auto, bloqueando los ecos de la conversación que acababa de escuchar en ese maldito pasillo. Comencé a cantar a grito herido, dejando que la música se llevara la presión en mi pecho. Necesitaba sentirme mejor, necesitaba expulsar la humillación de mi sistema.

Dos horas después, crucé las enormes rejas de hierro forjado que daban la bienvenida a la propiedad de los Carrington a las afueras de Savannah. La gran mansión se alzaba imponente y lujosa entre árboles de magnolia milenarios. Era una construcción de estilo colonial clásico, con columnas blancas perfectas y ventanales inmensos que resplandecían bajo la luz del atardecer.

En cuanto estacioné el auto frente a la entrada principal, John, nuestro jefe de seguridad y mayordomo desde que yo tenía memoria, abrió la puerta con una sonrisa impecable.

—Bienvenida a casa, señorita Emily —saludó con una reverencia respetuosa—. Su viaje ha sido sin contratiempos, espero.

—Todo perfecto, John —le sonreí de verdad, sintiendo cómo una parte de mi armadura se relajaba al estar en mi territorio. Siempre había mantenido una relación encantadora y cercana con el personal; para mí eran parte de mi hogar—. Qué gusto verte. ¿Mi papá ya terminó sus reuniones?

—Está esperándola en el estudio, señorita. De hecho...

—¡Emily!

Un grito entusiasta interrumpió a John. Levanté la vista hacia la imponente escalera de caracol del vestíbulo y vi a mi padre bajar los escalones prácticamente corriendo, con una energía que desafiaba sus cincuenta y tantos años. Liam Carrington era un hombre alto, de porte aristocrático, con el cabello negro salpicado de algunas canas elegantes en las sienes y unos ojos azules idénticos a los míos. Se conservaba de manera espectacular, luciendo tan impecable en su traje de tres piezas como si acabara de salir de la portada de una revista de finanzas.

—¡Papá! —exclamé, olvidándome de la universidad y corriendo hacia el final de la escalera.

Me recibió en sus brazos con un abrazo fuerte, de esos que te hacen sentir que nada malo puede alcanzarte. Me levantó unos centímetros del suelo, mimándome como si todavía fuera su niña pequeña, y me plantó un beso cariñoso en la frente.

—Miren nada más a mi princesa —dijo, tomándome de los hombros para mirarme de arriba abajo con puro orgullo—. Estás hermosa, Emily. Te extrañaba demasiado por aquí. Esta casa es un cementerio sin tus quejas sobre la decoración.

—Y tú sigues siendo un exagerado, Liam Carrington —me reí, abrazándolo por la cintura mientras caminábamos hacia el comedor—. Yo también te extrañaba. Necesitaba urgentemente un fin de semana contigo.

Pasamos el resto del día juntos, perdiéndonos en un diálogo constante y reconfortante. Caminamos por los jardines botánicos privados que él había mandado a diseñar para mí, me contó sobre sus últimos movimientos en la bolsa de Nueva York y yo le hablé de mis clases, omitiendo deliberadamente cualquier mención al número diez.

La cena fue un momento perfecto. El chef de la casa preparó mi platillo favorito, y bajo la luz tenue de los candelabros de cristal, nos reímos recordando anécdotas de mi infancia y planeando nuestras próximas vacaciones de invierno. Mi padre era un hombre inteligente, sumamente cariñoso y su presencia era el bálsamo exacto que mi mente necesitaba para calmar la tormenta.

Sin embargo, la realidad volvió a golpearme a la medianoche, cuando finalmente me acosté en mi enorme cama con dosel en mi habitación de la infancia.

La habitación estaba en completo silencio, rota solo por el parpadeo de la pantalla de mi teléfono sobre la mesa de noche. Lo tomé y lo desbloqueé. Había varios mensajes pendientes.

Sky: ¡Mason se puso furioso cuando se enteró de que te fuiste! Dijo que le habías prometido revisar la bibliografía del proyecto hoy. Está insoportable.

Debajo de ese, había tres mensajes directos de Mason.

Mason: Carrington, ¿dónde te metiste? Te busqué en el estacionamiento.

Mason: Mi hermana dice que te fuiste a Savannah por una emergencia. ¿Está todo bien? Mason: Avísame cuando llegues. Tenemos que organizar lo del martes.




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