Mason
Subí los escalones de la residencia de chicas a paso lento, sosteniendo dos cajas de pizza familiares en mis manos y tratando de descifrar qué demonios estaba pasando. El cambio de actitud de Emily en la clase de Ética me había dejado completamente descolocado. Esperaba frialdad, esquive, o su usual distancia aristocrática tras haber ignorado mis mensajes todo el fin de semana. En su lugar, me encontré con sonrisas, invitaciones y una calidez que me había acelerado el pulso más de lo que quería admitir.
Sabía perfectamente que Skyler no estaría en el departamento a esta hora; me había aprendido de memoria su horario de los lunes solo para esto. Sky tenía sus clases de ensayo general con el grupo de canto de la facultad hasta tarde, lo que me dejaba el terreno completamente libre con su compañera de cuarto.
Llegué a la puerta del apartamento 304 y golpeé dos veces con el nudillo. Unos segundos después, la puerta se abrió.
Emily estaba allí de pie, vistiendo unos pantalones de chándal gris holgados y una camiseta blanca de algodón que se le caía un poco por el hombro. Llevaba el cabello recogido en un moño desenfadado y no tenía ni una gota de maquillaje, pero aun así, se veía jodidamente hermosa.
—Johnson —saludó, apoyándose en el marco de la puerta con una sonrisa perezosa y divertida—. Veo que el olor a pepperoni te precede. ¿Qué haces aquí?
—Traigo provisiones para los caídos, Carrington —le respondí, levantando las cajas de pizza—. Sé que estuviste trabajando en el balance del proyecto hoy y pensé que el gran mariscal de campo de la universidad debía alimentar a su coestrella académica. Además... quería invitarte a cenar formalmente, pero imaginé que me darías un discurso de tres páginas sobre por qué salir conmigo viola tus estrictas reglas de productividad estudiantil, así que decidí traer la cena a tu terreno para ahorrarme el rechazo.
Me preparé mentalmente para su habitual resistencia, para el juego de estira y afloja que tanto nos caracterizaba. Pero Emily simplemente amplió su sonrisa, una expresión cargada de un encanto felino y calculado que me congeló los pensamientos.
—¿Resistencia? Para nada, Johnson. De hecho, me muero de hambre y tu intuición con la comida gourmet de pizzería barata acaba de salvarte de pasar la noche solo en tu fraternidad —dijo de inmediato, haciéndose a un lado y abriendo la puerta por completo—. Pasa. Eres bienvenido.
Me quedé un poco estupefacto por la facilidad de su respuesta, pero disimulé el desconcierto y entré al departamento. Era la primera vez que pisaba la habitación de ellas, y vaya que se notaba la mano de una Carrington. El lugar era inmenso, cómodo y ridículamente lujoso para los estándares de una universidad pública. Había un sofá de terciopelo azul marino, una alfombra mullida que parecía tragarse mis tenis deportivos, estanterías perfectamente ordenadas por orden alfabético y un sutil aroma a jazmín y vainilla que me golpeó los sentidos de inmediato. Era el santuario de Emily.
—Vaya... y yo que pensaba que mi casa de la fraternidad tenía estilo porque logramos colgar una bandera de los Bulldogs en la sala —bromeé, dejando las cajas de pizza sobre la mesa de centro de madera pulida—. Esto parece una suite de un hotel en Manhattan, Carrington.
—Se llama tener buen gusto, Mason, deberías intentar practicarlo alguna vez —replicó ella, caminando hacia la cocina con total soltura para buscar un par de platos—. Aunque admito que la bandera de los Bulldogs tiene su encanto rústico... muy propio de ti.
Se sentó en la alfombra, apoyándose contra el sofá, e hizo un gesto para que me sentara a su lado. Me deslicé hasta el suelo, quedando dangerously cerca de ella. La cercanía me permitió notar la suavidad de su piel y cómo sus ojos azules brillaban bajo la luz tenue de la lámpara.
Emily tomó una rebanada de pizza y me miró de reojo, manejando la conversación con una soltura y un magnetismo que, por primera vez en mi vida con una chica, me puso genuinamente nervioso.
—Dime, Johnson —comenzó, dándole un mordisco delicado a su porción—. ¿Esta táctica de aparecerte con comida a domicilio en las noches de estudio es tu jugada maestra de tacleo para todas tus compañeras de clase, o solo soy una afortunada excepción en tu agenda de mariscal de campo?
Sentí un vuelco en el estómago. Me aclaré la garganta, intentando recuperar mi usual aire de suficiencia. —Por favor, Carrington. A la mayoría de la gente le cobro por mi compañía. Considérate una VIP. Además, después de tu interpretación de Charli XCX el lunes pasado, quedé convencido de que mereces un trato especial. Tienes demasiada energía guardada para alguien que se la pasa leyendo contratos de auditoría.
—Las apariencias engañan, Mason —respondió ella en un susurro, inclinándose ligeramente hacia mí. Sus ojos fijos en los míos tenían una intensidad gélida pero extrañamente atrayente—. A veces, las personas que parecen seguir todas las reglas son las que mejor saben cómo romperlas cuando el premio vale la pena. ¿No crees?
La frase me quedó rebotando en el pecho. Hubo algo en su tono, una especie de doble sentido oculto tras su hermosa sonrisa, que me hizo tragar saliva. Emily se estaba mostrando divertida, coqueta, sumamente inteligente y con ese toque sarcástico que me volvía loco, pero había una distancia sutil en su mirada que no lograba descifrar.
Seguimos comiendo y hablando durante las siguientes dos horas. Nos reímos de las quejas de Logan sobre el entrenador, me obligó a explicarle una jugada de estrategia utilizando los trozos de corteza de la pizza sobre la mesa, y me escuchó hablar sobre mis planes de entrar al draft de la NFL con una atención que nadie más me había prestado nunca.
Y fue justo ahí, en medio de una de sus risas limpias mientras me quitaba una servilleta de las manos para limpiarme una mancha inexistente de salsa en la mejilla, cuando me cayó el veinte.