El Quarterback y La chica imposible

Jugada casi perfecta

Mason

Por fin habíamos llegado a la última página del documento. El proyecto final de Ética y Comunicación estaba terminado, impecable y listo para ser entregado. Pasamos las últimas dos horas en una de las mesas del fondo de la biblioteca, puliendo los detalles finales, revisando la bibliografía por cuarta vez —cortesía del nivel de exigencia de Emily— y dándole formato a los gráficos.

Aunque yo tenía la reputación del típico mariscal de campo distraído que solo pensaba en jugadas y entrenamientos, la realidad era que me gustaba estudiar y era bastante inteligente, aunque no me desgastara demostrándolo en los pasillos de la fraternidad. Me gustaba mantener un buen promedio, y trabajar con Emily había sido el desafío perfecto para demostrarme a mí mismo de lo que era capaz fuera del campo de juego.

—Y... guardado en la plataforma de la facultad —anunció Emily, cerrando su tableta con un chasquido seco y mirándome con una sonrisa triunfal—. Oficialmente, Johnson, el proyecto está fuera de nuestras manos. Si la profesora Wolf no nos pone un cien, personalmente iré a auditar su plan de estudios.

—No tengo ninguna duda de que lo harías, Carrington —me reí, estirándome en la silla y echando la cabeza hacia atrás—. Juro que a veces me das más miedo tú que el entrenador en la pretemporada. Pero hay que admitir que hacemos un gran equipo.

—Hicimos un trabajo aceptable, Johnson —corrigió ella, aunque sus ojos azules brillaban con diversión—. No te des créditos de más. Yo puse la estrategia corporativa, tú solo pusiste los apuntes ordenados.

—¡Oye! Mis apuntes salvaron el capítulo tres —protesté dramáticamente, ganándome una risa limpia de su parte.

Al salir del edificio, el calor de la tarde en Georgia nos golpeó de frente. Como una especie de celebración silenciosa tras haber sobrevivido a cinco semanas de intenso trabajo, largas noches de café y discusiones académicas, decidimos pasar por el camión de comida del campus y compramos un helado para compartir. Nos sentamos en uno de los bancos de piedra bajo la sombra de un gran roble.

—¿De verdad vas a pedir helado de menta con chispas de chocolate? Eso es un crimen contra la gastronomía, Emily —bromeé, mirando el cono que tenía en la mano.

—Es el mejor sabor del mundo, Mason. Es sofisticado y refrescante —replicó ella, dándole un mordisco delicado al suyo antes de mirarme de reojo con esa chispa de sarcasmo calculada—. El tuyo de vainilla clásica sí que es aburrido. Muy predecible, muy de quarterback.

—La vainilla nunca falla, Carrington. Es una estrategia segura —le devolví el golpe, riendo.

Pasamos los siguientes minutos hablando y riendo con una comodidad que se había vuelto completamente natural entre nosotros. Estas cinco semanas nos habían cambiado por completo. Ya no quedaba nada de la tensión helada del principio del semestre; ahora sentía una cercanía real, una sintonía que no tenía con ninguna otra persona en la universidad. Cada minuto a su lado se sentía como estar exactamente donde quería estar.

Terminamos los helados y Emily se puso de pie, sacudiéndose sutilmente los pantalones antes de colgarse la mochila al hombro. Sabía que era el momento de despedirnos, pero no quería que la tarde terminara ahí.

—Oye, Emily... —la llamé, levantándome también y quedando a un paso de ella. Ella se detuvo y me miró—. El viernes es el partido contra Florida. Es el más importante de la temporada regular. Quería saber si... bueno, si vas a ir. Me gustaría mucho verte en las gradas.

Emily entornó los ojos, adoptando su pose mandona y cruzándose de brazos, aunque con una sonrisa juguetona delineando sus labios. —No lo sé, Johnson. Los viernes suelo viajar a Savannah a ver a mi padre, ya lo sabes. Además, el ruido de los estadios y los fanáticos gritando no son exactamente mi ambiente ideal. Tendría que pensármelo muy bien.

—Por favor, Carrington —le pedí, dando medio paso más hacia ella, casi rogándole con la mirada y una sonrisa de medio lado que esperaba que funcionara—. Es Florida. Si voy a dar el partido de mi vida, necesito saber que la jefa del proyecto está ahí vigilando que no cometa errores de juicio. Solo una hora. Te prometo los mejores asientos del palco.

Emily me miró fijamente, su sonrisa ampliándose ante mi insistencia. Soltó una risa suave y resignada que me aceleró el corazón. —Está bien, Johnson. Ganaste. Iré a verte jugar el viernes, pero más te vale que lances pases perfectos, porque no pienso pasar frío en las gradas para ver perder a mi compañero de Ética.

—Te prometo un maldito espectáculo, Carrington —le aseguré, sintiendo una inmensa felicidad recorrer todo mi sistema.

El tono de broma se desvaneció lentamente en el aire. Nos quedamos mirando fijamente el uno al otro en medio del sendero del campus. Emily seguía sonriendo, con el sol de la tarde iluminando los reflejos dorados de su cabello, y yo me encontré completamente perdido en sus ojos azules. Bajé la vista por un segundo hacia sus labios perfectos, que aún conservaban un brillo rosado.

En ese momento, las ganas inmensas de besarla me nublaron por completo la razón. No me importaba la biblioteca, ni el campus, ni las estúpidas reglas. Quería acortar la distancia, rodear su cintura con mis manos y besarla como llevaba semanas deseando hacerlo. Me incliné sutilmente hacia delante, rompiendo el espacio personal entre los dos. Emily no se movió; simplemente sostuvo mi mirada con una intensidad que me congeló el aliento. Estaba a punto de hacerlo, a solo milímetros de sus labios...

—¡Ey, Johnson! ¡Muévete, hermano, vamos tarde al análisis de video!

La voz potente de Asher Kingsley rompió la burbuja de golpe. Me tensé en mi lugar, cerrando los ojos por una fracción de segundo para contener la frustración. Al voltear, vi la camioneta de mi mejor amigo detenida junto a la acera, con la ventana abajo y haciéndome señas con la mano.




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