Mason
El rugido del estadio era ensordecedor. Las gradas estaban completamente abarrotadas de estudiantes, exalumnos y fanáticos vistiendo los colores del equipo; las luces de las enormes torres de iluminación brillaban con una intensidad que hacía que el césped se viera de un verde casi irreal. El ambiente estaba cargado de electricidad, la típica tensión de un viernes de partido contra nuestro rival más acérrimo: Florida.
Ajustándome el casco debajo del brazo, caminé por la línea de banda hacia la barandilla de la primera fila. Allí estaba Jayden, inclinado hacia delante, hablando con mi hermana Skyler, que estaba apoyada contra el metal desde la zona de la tribuna. Había demasiada complicidad y risas entre ellos, una familiaridad que en otro momento me habría hecho levantar una ceja con sospecha protectora, pero en ese instante mi mente estaba en otra parte.
Me acerqué a ellos, interrumpiendo su conversación sin ceremonias.
—¡Sky! —llamé, llamando su atención por encima del grito de la multitud—. ¿Y Emily? ¿Viene en camino? ¿Ya llegó?
Sky dejó de reírse con Jayden y me miró, encogiéndose de hombros con una mueca de duda. —No lo sé, Mase. Hablé con ella hace una hora y me dijo que estaba terminando de arreglar unos papeles para su papá. No me confirmó del todo si alcanzaría a llegar para la patada inicial. Ya sabes cómo es con sus horarios.
Sentí una punzada de frustración en el pecho. Le había rogado que viniera, y la idea de que prefiriera quedarse revisando contratos en su habitación me revolvía el estómago.
—¡Johnson! ¡Cooper! ¡Al grupo, ya! —el grito potente del entrenador resonó desde el centro del campo, rompiendo mi línea de pensamiento.
—Tenemos que irnos, hermano —dijo Jayden, dándole un toque rápido al hombro de Sky antes de ponerse el casco—. Concéntrate, Mase. Hay que aplastar a estos tipos desde el primer cuarto.
Regresamos al campo corriendo. El partido estaba a punto de comenzar. Los árbitros tomaron sus posiciones, el silbato sonó y el balón voló por los aires en la patada inicial. El juego fue brutal desde los primeros minutos. La línea defensiva de Florida era pesada y agresiva, obligándome a moverme rápido en la bolsa de protección y a soltar pases cortos para mover las cadenas.
—¡Ruta tres, Jayden! ¡Protejan el lado ciego! —grité en el huddle antes de una tercera oportunidad y cinco yardas por avanzar.
A mitad del segundo cuarto, tras lograr un primer down crucial cerca de la zona de anotación de ellos, el juego se detuvo momentáneamente por un tiempo fuera pedido por Florida. Aproveché para quitarme el casco, jadeando por el esfuerzo, y mi mirada viajó automáticamente hacia las gradas VIP, justo detrás de nuestra banca.
Y entonces la vi.
Emily estaba allí, sentada en la tercera fila. Destacaba entre la multitud vistiendo una gabardina negra elegante que contrastaba con todo el mar de camisetas del equipo. Al notar que la estaba mirando, levantó una mano y me saludó efusivamente, dedicándome una sonrisa amplia, brillante y deslumbrante que me devolvió el alma al cuerpo.
Sentí una oleada de adrenalina pura. Le sonreí de vuelta con suficiencia y, con total confianza, le guiñé el ojo antes de ponerme el casco de nuevo. Saber que la "chica imposible" me estaba viendo jugar me hacía sentir invencible.
El partido continuó y las cosas empezaron a alinearse a nuestro favor. En la siguiente jugada, nuestra defensa logró golpear duramente a Peter, el mariscal de campo estrella de Florida, obligándolo a salir del campo cojeando con una aparente lesión en el tobillo. Con su capitán fuera, el equipo rival parecía perdido. Sentí la victoria en las manos; era nuestro momento de rematarlos.
Con el marcador a nuestro favor y la posesión del balón en la yarda cuarenta, me acomodé detrás del centro para la siguiente jugada. Antes de pedir el ovoide, una fuerza magnética me obligó a volver a mirar hacia la posición de Emily, esperando compartir otra mirada de complicidad con ella.
Pero lo que vi me congeló la sangre.
Peter, el quarterback rival, ya cambiado con su sudadera de calentamiento y una bota médica, estaba de pie junto a la barandilla de la tribuna, justo al lado del asiento de Emily. Y ella no lo estaba ignorando. Al contrario: Emily estaba inclinada hacia él, saludándolo con total efusión, riendo abiertamente de algo que él le decía y mirándolo con una atención que me pertenecía a mí.
Una oleada ardiente de celos puros y posesivos me nubló la vista por completo. ¿Qué demonios hacía ella hablando con el rival? ¿Desde cuándo se conocían? Verla sonreírle a otro tipo, precisamente en mi estadio y durante mi partido, me descolocó por completo.
—¡Azul ochenta! ¡Azul ochenta! —grité de manera mecánica, completamente distraído, con los ojos fijos en la grada en lugar de la defensa.
—¡Mase! ¡Cuidado con el blitz! —me gritó Jayden desde su posición de receptor, intentando advertirme.
Pero fue demasiado tarde. Pedí el balón: —¡Set... hut!
El ovoide llegó a mis manos, pero mis pies se quedaron clavados en el césped. Mi mente seguía en la grada, procesando la risa de Emily con Peter. No vi que el apoyador externo de Florida se había saltado por completo el bloqueo de mi línea ofensiva. Cuando reaccioné, el tipo de doscientas cincuenta libras ya estaba encima de mí.
¡BUM!
El impacto fue brutal. El golpe me mandó directo al suelo, haciendo que el balón saliera despedido de mis manos en un fumble terrible que casi nos cuesta el partido. Por suerte, nuestro corredor reaccionó rápido y se lanzó sobre el ovoide, recuperando la posesión, pero habíamos perdido doce yardas y el impulso del ataque.
—¡¿Qué demonios estás haciendo, Johnson?! —me gritó el liniero ofensivo, ayudándome a levantarme con un tirón violento de la camiseta—. ¡Casi nos cuesta el juego! ¡Mantén la maldita cabeza en el partido!