El Quarterback y La chica imposible

Efecto mariposa

Emily

El silbato final retumbó en todo el estadio, desatando la locura en las gradas. Habíamos ganado. El marcador mostraba la victoria de nuestra universidad, pero mi atención seguía fija en el campo, donde Mason se quitaba el casco con un gesto de frustración evidente, a pesar de los aplausos de la afición. Sabía perfectamente qué había causado ese cortocircuito en su juego, y la satisfacción que sentía en el pecho era jodidamente gloriosa. Mi estrategia estaba funcionando a la perfección.

—Bueno, Peter, me alegro de que tu tobillo no sea nada grave —le dije, girándome hacia el mariscal de campo de Florida, que seguía apoyado en la barandilla a mi lado. Peter Harrison era el quarterback estrella del equipo rival, sí, pero también era mi primo hermano por parte de mi madre, y era obvio que tenía que saludarlo y desearle suerte—. Una lástima lo del partido, pero sabes que el azul y negro me sienta mucho mejor.

—Eres una engreída, Emily —Peter se rio, dándome un sutil tirón de una de mis mechas rubias—. Dale mis felicitaciones a tu compañero. Aunque, honestamente, en esa jugada del fumble parecía que había visto un fantasma. Nos vemos en Navidad, primita.

—Nos vemos, Peter. Cuida ese pie.

Me despedí de él con un beso en la mejilla y busqué a Skyler entre la multitud que empezaba a desalojar las gradas. La encontré unos escalones más abajo, esperándome con los brazos cruzados y una sonrisa pícara.

—Vaya, Carrington, no sabía que tenías conexiones tan profundas en el estado vecino —bromeó Sky mientras caminábamos por los pasillos internos del estadio hacia la zona de atletas—. Vi que Mason casi se rompe el cuello mirándote desde la cancha. Creo que dejaste a mi hermano en completo estado de shock.

—Solo estaba saludando a un viejo conocido, Sky —respondí con total inocencia, manteniendo mi tono sofisticado—. Además, ganamos, ¿no? Eso es lo único que importa. Vamos a buscar a los chicos.

Cruzamos las puertas de acceso restringido y entramos al área de los vestidores, un lugar que olía a sudor, desodorante barato y pura adrenalina de victoria. Varios jugadores nos saludaron al pasar, aún celebrando el resultado. Jayden fue el primero en acercarse a nosotras, con una enorme toalla blanca sobre los hombros y los ojos fijos en mi amiga.

—¡Johnson! ¡Carrington! Qué bueno que bajaron —exclamó Jayden, dándole un abrazo rápido a Sky por la cintura, un gesto que me hizo sonreír internamente por mi nota del lunes—. ¿Vieron ese último pase? Estuvimos brutales.

—Estuvieron increíbles, chicos, felicidades —les dije, mirando alrededor del bullicioso vestidor, notando una ausencia importante—. Por cierto... ¿dónde está Mason? Pensé que sería el primero en estar aquí presumiendo el trofeo del partido.

Asher Kingsley, que salía de las duchas con una camiseta limpia, soltó un bufido y señaló con la barbilla hacia las puertas traseras que daban a la cancha de entrenamiento secundaria.

—Está afuera, en el campo de práctica, lanzando pases solo —dijo Asher, rodando los ojos—. El tipo está furioso consigo mismo por el error del segundo cuarto. Ya saben cómo es su ego; si no tiene un partido perfecto, se pone insoportable. Mejor déjenlo solo un rato.

—No te preocupes, Asher. Yo me encargo —le aseguré con una sonrisa felina.

Salí del edificio y caminé por el pasillo iluminado hacia la cancha trasera. El aire de la noche era fresco. En medio del césped sintético, vi la silueta de Mason. Estaba sin la armadura del uniforme, vistiendo solo su camiseta térmica negra y los pantalones de juego; tomaba un balón del contenedor, lo acomodaba en sus manos y lo lanzaba con una fuerza violenta hacia la red de práctica, una y otra vez.

—¿Intentando destruir el equipamiento de la universidad, Johnson? —lo molesté, caminando hacia él con las manos metidas en los bolsillos de mi gabardina.

Mason se tensó al escuchar mi voz. Se volteó lentamente, con el rostro serio, la mandíbula apretada y una mirada intensa que buscaba descifrarme.

—Carrington —dijo secamente, tomando otro balón pero sin lanzarlo—. ¿No deberías estar celebrando con el resto del campus?

—Vine a celebrar con mi compañero de Ética, pero veo que prefiere pelearse con una red —me detuve a un par de metros de él, ladeando la cabeza con una sonrisa divertida—. ¿Qué te pasa, Mason? Estás demasiado serio para haber ganado el partido más importante de la temporada.

—No me pasa nada, Emily. Solo reviso mis errores —respondió, volviéndose hacia la red con evidente hostilidad.

—Oh, vamos. Sigues molesto por esa tacleada —seguí molestándolo, dando un paso más hacia él, disfrutando ver cómo mi cercanía alteraba su control—. Deberías dejar de ser tan dramático. Aunque admito que por tu culpa casi me toca pagar una apuesta de cien dólares. Estuve a punto de tener que darle ese dinero a Peter. Aposté con él a que tu equipo ganaba, y por un segundo me hiciste dudar de mi inversión.

Mason se dio la vuelta de golpe, sus ojos verdes abriéndose con una sorpresa absoluta. Se quedó congelado, procesando mis palabras.

—¿Espera... qué? —soltó, con la voz un poco rota—. ¿Cómo que Peter? ¿Apostaste con el mariscal de campo de Florida? ¿Desde cuándo le apuestas dinero a tipos de otros equipos, Emily?

—Desde que ese tipo es mi primo hermano, Mason —respondí, soltando una risa limpia ante su evidente confusión—. Peter es el hijo de la hermana de mi mamá. Vino a Savannah a cenar con nosotros hace un mes. Debía saludarlo cuando salió lesionado, era lo mínimo que podía hacer por mi familia, ¿no crees?

Mason se me quedó mirando fijamente durante tres segundos eternos, con la boca ligeramente abierta, hasta que de repente toda la tensión de sus hombros desapareció. Se echó a reír con ganas, una carcajada limpia y sonora que resonó en el campo vacío, pasándose una mano por el rostro con pura resignación.




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