El Quarterback y La chica imposible

Mansión Carrington

Mason

Manejábamos en caravana por la autopista oscura rumbo a Savannah, dejando atrás el caos del campus. Íbamos tres autos en fila: al frente abría paso el Mercedes-Benz AMG negro de Emily, donde ella iba con mi hermana Skyler; en el medio iba yo con Asher en mi Jeep negro, y cerrando la línea venía la camioneta deportiva de Logan con Jayden de copiloto.

—Hermano, sigo sin creérmelo —dijo Asher, soltando una mano del volante para acomodarse la gorra mientras miraba las luces traseras del Mercedes—. Emily Carrington, la chica que nos impuso un manual de reglas de tres páginas en la biblioteca, nos está llevando a pasar el fin de semana de la victoria a su mansión privada. Si me lo hubieras dicho hace un mes, te habría dicho que estabas paranoico.

—Te lo dije, Kingsley —respondí, reclinándome en el asiento con una sonrisa de suficiencia, aunque por dentro mi corazón seguía latiendo a un ritmo acelerado—. El número diez sabe cómo mover las cadenas. Aunque tengo que admitir que me tomó por sorpresa. Se ve que ganar el partido contra Florida ablandó por completo sus defensas.

—O tal vez te está tendiendo una trampa y nos va a usar como abono para su laboratorio de botánica —se burló Asher, soltando una carcajada—. Ten cuidado, Johnson. Esa rubia es demasiado lista para dar pasos en falso. Siento que estás celebrando el touchdown antes de cruzar la línea de gol.

—Tengo la jugada bajo control, hermano. Relájate y disfruta del viaje VIP.

Media hora después, los tres autos cruzaron las inmensas rejas de hierro forjado que daban la bienvenida a la propiedad de los Carrington. Nos quedamos mudos. El Jeep avanzó por un sendero flanqueado por árboles de magnolia gigantescos e iluminados con luces cálidas. Pasamos junto a un establo de madera pulida y un muelle privado que daba a un lago artificial inmenso. Al final del camino, la mansión se alzó ante nosotros: una construcción colonial gigantesca, con columnas blancas perfectas y ventanales que resplandecían como cristales. Era jodidamente imponente.

Emily estacionó su Mercedes justo frente a la entrada principal y se bajó con esa elegancia innata que la caracterizaba, acomodándose la gabardina. Todos nos bajamos de los autos de inmediato, soltando silbidos de asombro y risas nerviosas.

—¡Por los clavos de Cristo, Johnson! —exclamó Jayden, mirando la fachada con la boca abierta mientras se acercaba a Sky—. Sabía que tu compañera de cuarto tenía dinero, pero esto no es una casa, ¡es un maldito estado soberano!

—Bienvenidos a mi humilde morada, chicos —anunció Emily, girándose hacia nosotros con una sonrisa brillante, casi felina, que me aceleró el pulso—. Mi padre estará en Nueva York hasta el lunes, así que tenemos la propiedad entera para nosotros. Las reglas para este fin de semana son sencillas: la comida está cubierta por el chef de la casa, los sirvientes están a su disposición pero exijo que sean tratados con el absoluto respeto que se merecen, y tienen libre acceso a la piscina climatizada, los caballos de los establos, las motos acuáticas del lago y las cuatrimotos todoterreno que están en el garaje este.

—¡¿Motos acuáticas y cuatrimotos?! —Logan saltó en su sitio, chocándole la mano a Jayden como un niño en Navidad—. ¡Esto es el paraíso! Olvídense del bar del campus, yo me quedo a vivir aquí.

—Antes de que empieces a empacar tus cosas en mi habitación de invitados, West —lo interrumpió Emily con una ceja levantada y una sonrisa divertida—, les sugiero que dejen sus maletas en el vestíbulo.

—Espera, Carrington —pidió Logan, frotándose las manos con malicia—. Escuché un rumor de que tu viejo tiene una colección de autos de carreras. Quiero verla. Exijo verla ahora mismo.

Todos nos echamos a reír por la intensidad de Logan, pero Emily simplemente asintió, divertida por la emoción del equipo. Nos guió por un pasillo lateral hacia una cochera subterránea gigantesca con iluminación LED blanca. Al encenderse las luces, nos quedamos sin aliento. Había una hilera de al menos doce autos de lujo y de colección: desde un Ferrari clásico rojo deslumbrante hasta un Porsche moderno y un Aston Martin impecable.

—A mi padre le apasiona coleccionar —explicó Emily con total naturalidad, apoyándose en el capó del Ferrari—. Unos cuantos están aquí y la otra mitad los tiene en el garaje de Nueva York. Pero ni se les ocurra pedirme las llaves de este, Logan, porque es el favorito de Liam y no quiero tener que explicarle por qué su carro terminó en el fondo del lago.

Media hora más tarde, el ambiente de la mansión era una fiesta total. La música de los altavoces exteriores retumbaba junto a la inmensa piscina climatizada, que cambiaba de color bajo las luces subacuáticas. Habíamos destapado un par de cervezas y botellas de gama alta que el personal nos había servido de inmediato.

—¡Uno, dos, tres! —gritó Jayden junto con Asher.

—¡No, esperen, el teléfono no! —bramó Logan, pero fue demasiado tarde.

Entre Jayden, Asher y yo lo cargamos en vilo y lo lanzamos por los aires directamente al agua. El enorme liniero defensivo cayó haciendo un tsunami que nos empapó a todos, desatando las carcajadas de mi hermana y de Emily, que observaban la escena desde las tumbonas de madera.

—¡Eso es por hacernos perder doce yardas en el segundo cuarto, West! —le grité, matándome de la risa mientras él salía a la superficie escupiendo agua y lanzándonos insultos amistosos.

Aprovechando el alboroto y que Jayden se había metido al agua para seguir molestando a Logan mientras Sky los grababa con el celular, salí de la piscina, me sequé un poco con la toalla blanca que me había dado el mayordomo y caminé hacia donde estaba Emily. Ella estaba sentada al borde de un banco de piedra, sosteniendo una copa de vino blanco, mirando el reflejo de las luces en el agua con una expresión enigmática.

Me senté a su lado, dejando una distancia prudente pero lo suficientemente cerca como para percibir ese aroma a jazmín que ya me conocía de memoria.




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