El Quarterback y La chica imposible

La culpa empieza a pesar

Mason

—¡Vamos, Johnson, saca cinco repeticiones más! ¡No te quedes ahí abajo! —gritó Logan, apoyando las manos en sus rodillas mientras se inclinaba sobre el banco de pesas donde yo estaba atrapado.

La barra olímpica, cargada con doscientas cincuenta libras, se sentía el doble de pesada hoy. Apreté los dientes, canalizando toda la frustración acumulada en mis músculos, y empujé el metal hacia arriba con un grito ahogado. Una, dos, tres repeticiones. El metal chocó contra los soportes con un estruendo que resonó en todo el gimnasio de la fraternidad.

Me senté de golpe, jadeando, pasándome una toalla húmeda por el rostro y el cuello mientras el sudor me corría por el pecho. El gimnasio estaba lleno del olor a hierro, caucho y el eco de la música rap a todo volumen. Habíamos estado entrenando duro durante las últimas dos horas, intentando mantener la condición física impecable después de la victoria contra Florida, pero mi mente no estaba en las rutinas de ejercicio. Estaba en la gala benéfica del viernes. Estaba en la forma en que el vestido rosa de Emily se sentía bajo mi mano, en la intensidad de sus ojos azules y en el roce de sus labios que casi, por milímetros, alcancé a tocar.

—Vaya, el capitán tiene energía de sobra hoy —se burló Jayden, acercándose con un bote de proteína y dejándose caer en el banco de al lado—. Se ve que el fin de semana en la mansión Carrington y el bailecito del viernes te dejaron motivado.

—Déjame en paz, Cooper —mascullé, poniéndome de pie para recoger mis cosas—. Solo intento no perder el ritmo. Nos vemos en los vestidores.

Caminé por el pasillo a paso rápido, con una extraña pesadez en el pecho que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico. Al entrar al vestidor principal de Sigma Nu, el ambiente era una completa fiesta. Varios chicos del equipo ya estaban cambiándose, y en cuanto me vieron cruzar la puerta, estallaron en silbidos y vítores.

—¡Miren quién llegó! ¡El mariscal del año! —bramó Logan, entrando detrás de mí y dándome una palmada violenta en la espalda que me hizo dar un paso al frente—. Hermano, tienes que darnos los detalles de la gala. Los chicos de administración dijeron que parecías un maldito modelo de pasarela con la heredera de Savannah. ¡Estás a nada de ganar!

—Sí, Johnson, el progreso de la "chica imposible" está en boca de todos —secundó otro de los linieros defensivos, riendo mientras golpeaba su casillero—. Quinientos dólares nunca parecieron tan fáciles. Ya casi la tienes rendida a tus pies.

Escuchar el nombre de Emily en esa conversación, pronunciado con esa ligereza y esa burla, me provocó una oleada instantánea de náuseas. Sentí una opresión horrible en el estómago, un nudo de culpa tan denso y amargo que me costó respirar. Recordé su risa bajo la lluvia, la calidez de su mano en la mía durante el baile y la confianza que me había demostrado al abrirme las puertas de su casa. Ella no era un trofeo. No era una maldita balota de juego en una mesa de apuestas.

—Ya basta —dije, y mi voz sonó tan fría y cortante que el vestidor guardó silencio a medias—. Se acabó. Me retiro de la apuesta.

Logan se congeló con la camiseta a medio poner, mirándome como si me hubiera vuelto completamente loco. Jayden dejó su termo en la banca, frunciendo el ceño.

—¿Qué? ¡¿Que te retiras?! —exclamó Logan, soltando una carcajada incrédula—. Johnson, estás a un paso de la línea de gol. Literalmente la tuviste abrazada en medio de un salón de hotel el viernes. No puedes renunciar ahora, el orgullo de la fraternidad está en juego.

—No me importa el orgullo y me importan una mierda los quinientos dólares, Logan —respondí, apretando los puños mientras me giraba para encararlo—. La apuesta se cancela hoy. No voy a seguir con esta estupidez.

—Vamos, Mase, no te pongas moralista de la nada —intervino Jayden, cruzándose de brazos—. Solo es un poco más. Las reglas que pusimos al principio del semestre decían que debías lograr que cayera antes de que terminara el periodo. Solo danos una semana más. Si en una semana no logras darle un beso que selle el trato, se acaba todo y declaramos un empate. Nadie pierde dinero.

—¡Dije que no! —alcé la voz, la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes—. No voy a besarla por una apuesta. No voy a seguir jugando con ella.

—Déjenlo en paz —la voz firme de Asher Kingsley resonó desde la entrada del vestidor. Caminó hacia mi casillero, poniéndose a mi lado y mirando a los demás con severidad—. Mason tiene razón. Yo se los dije desde la fiesta del primer viernes: todo este asunto es una soberana mierda. Emily es una buena chica, es la mejor amiga de su hermana y ya escaló demasiado. Apoyo a Mason. Si él quiere dejar la apuesta, se deja y punto. Ya dejen de joder.

—Ay, por favor, Kingsley, no seas su abogado defensor —protestó Logan, rodando los ojos y dando un paso hacia mí—. Mason, escúchame. Una semana. Solo siete días. Si en este viernes no pasa nada, tú mismo declaras el final del juego. Pero renunciar así, cuando la tienes en la palma de tu mano... parece cobardía, hermano. Estás perdiendo el toque de capitán.

—No es cobardía, West, es que... —me detuve, tragándome las palabras antes de confesar ante todo el vestidor lo que realmente me estaba destruyendo por dentro.

No quería decírselo, no a ellos, no en este lugar lleno de testosterona y egos inflados. Pero la verdad me quemaba el pecho: Emily me gustaba demasiado. Estaba completamente enamorado de ella, de su mente brillante, de su sarcasmo, de su maldito orgullo refinado que me desafiaba a ser mejor hombre cada día. La sola idea de que ella descubriera que nuestro inicio fue una burla me aterraba. Si seguía estirando esta mentira una semana más, la iba a perder para siempre, y prefería perder quinientos dólares o mi reputación de mariscal antes de perder la oportunidad de tener algo real con ella.

—Es mi última palabra —sentencié, agarrando mi mochila del casillero y azotando la puerta de metal con una fuerza que hizo temblar la fila entera—. La apuesta está muerta. Si vuelvo a escuchar a alguno de ustedes hablar de Emily en este vestidor como si fuera un premio de feria, juro por Dios que se las va a ver conmigo en la cancha. Y saben perfectamente que puedo hacer que sus entrenamientos sean un infierno.




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