Emily
El eco de los golpes apresurados contra la madera de mi puerta rompió el silencio absoluto de la residencia. Eran casi las ocho de la noche de un martes de locos. Skyler no estaba; había salido hacía una hora vistiendo su blusa favorita para una cita formal con Jayden, algo que, por supuesto, mantendríamos bajo estricto secreto de sumario para no provocarle un infarto a su hermano mayor.
Dejé mis anotaciones sobre el escritorio, me acomodé los jeans y caminé hacia la entrada. Al abrir la puerta, las palabras de sarcasmo que tenía preparadas se me atoraron en la garganta.
Era Mason.
Pero no era el mariscal de campo arrogante y perfectamente peinado de las galas o los partidos. Tenía el cabello rubio completamente desordenado, las ojeras marcadas debajo de sus ojos verdes y los hombros caídos bajo el peso de una sudadera gris enorme. Su respiración era pesada, y la mirada intensa con la que me recorrió el rostro reflejaba una vulnerabilidad tan cruda que me desarmó por completo. Parecía un hombre al borde de un abismo, buscando desesperadamente un lugar donde sostenerse.
—Carrington... —su voz sonó ronca, casi en un susurro—. Sé que no debería aparecer así sin avisar, pero... necesitaba salir de esa fraternidad. Necesitaba aire. Necesitaba verte.
Mis muros de hielo, esos que había construido meticulosamente desde el día que los escuché en el vestidor, temblaron ante la genuina desesperación de su tono. Por un segundo, la estratega calculadora en mi cabeza me ordenó que cerrara la puerta y continuara con mi venganza. Pero mi corazón, ese que se había derretido un poco bajo el techo de la biblioteca, tomó el control.
—Pasa, Johnson —dije con suavidad, haciéndome a un lado y cerrando la puerta detrás de él—. Te ves como si te hubiera pasado por encima la línea ofensiva de Alabama. ¿Qué pasó?
Mason caminó hacia el centro de la sala y se dejó caer pesadamente en el sofá de terciopelo azul, apoyando los codos en las rodillas y escondiendo el rostro entre las manos.
—Es todo, Emily —confesó, y su voz tembló sutilmente—. Los exámenes parciales de periodismo me están asfixiando, el coordinador defensivo no deja de presionarme con las nuevas jugadas para el sábado y... hoy llamó mi agente. Tres cazatalentos de la NFL van a estar en las gradas el próximo fin de semana revisando cada uno de mis movimientos. Mi papá me llamó cuatro veces para recordarme lo que está en juego. Siento que si doy un paso en falso, todo por lo que he trabajado se va a ir al demonio. Mi cabeza va a estallar, juro que no puedo más con el ruido.
Lo observé detenidamente desde la cocina. El gran capitán de Georgia, el chico invencible del campus, estaba teniendo un colapso absoluto por la presión del reclutamiento y las expectativas del mundo. En ese momento, vi al Mason real, al chico que cargaba con el peso de un apellido y un futuro gigante sobre la espalda. Decidí bajar mis muros por completo esta noche. Él buscaba paz, y yo no iba a ser la que le trajera más guerra.
—Bueno... el ruido se queda afuera de este apartamento, Johnson —le aseguré, caminando hacia él y dándole un toque suave en el hombro—. Aquí no hay cazatalentos, ni entrenadores, ni exámenes. Solo estamos tú y yo. Y da la casualidad de que el estrés me da un hambre terrible, así que vas a levantarte de ese sillón y me vas a ayudar a preparar la cena. Es una orden de la jefa de proyecto.
Mason levantó la cabeza, y una pequeña y cansada sonrisa comenzó a delinear sus labios al escuchar mi tono mandón. Los ojos verdes le brillaron con un agradecimiento infinito.
—¿Cocinar, Carrington? Pensé que tu concepto de cena incluía llamar al chef de tu padre o pedir comida gourmet a domicilio.
—Sé hacer más cosas que revisar contratos, mariscal —le devolví el golpe, guiñándolo un ojo mientras caminaba hacia la barra de la cocina—. Vamos a preparar pasta artesanal con salsa Alfredo desde cero. Muévete.
Para mi absoluta sorpresa, en cuanto Mason se lavó las manos y se paró al lado mío frente a la estufa, se transformó por completo. Tomó el cuchillo con una destreza impecable y comenzó a picar el ajo y los champiñones en rodajas perfectas, moviéndose por el espacio con una soltura que me dejó con la boca abierta.
—Vaya... veo que el número diez esconde talentos ocultos —bromeé, apoyándome en el mostrador mientras lo observaba sazonar el pollo—. Cocinas mejor que Logan, eso es seguro.
—Mi mamá me obligó a aprender desde los doce años, Carrington —se rio, y ese hermoso hoyuelo apareció en su mejilla, borrando de golpe las líneas de tensión de su rostro—. Decía que un verdadero hombre no podía depender de nadie para alimentarse bien. Además, me relaja. Cortar los ingredientes y medir las porciones hace que el desastre de mi cabeza se ordene.
Pasamos la siguiente hora metidos en la cocina, entre el vapor de la pasta, el olor delicioso de la salsa que él preparaba a la perfección y un diálogo constante lleno de risas, bromas y una comodidad tan pura que me hizo olvidar por completo el mundo exterior. Nos salpicamos un poco de harina por accidente, discutimos sobre la cantidad exacta de queso parmesano que debía llevar la salsa y nos reímos de las expresiones exageradas que hacía cuando intentaba imitar a nuestros profesores más aburridos.
Cuando la cena estuvo lista, servimos los platos y nos sentamos en la alfombra de la sala, apoyados contra el sofá, tal como el día de la pizza. El ambiente se sentía cálido, íntimo y extrañamente perfecto.
—Esto está jodidamente delicioso, Mason —admití después del primer bocado, mirándolo con total honestidad—. Te doy un diez de diez definitivo. Tu mamá hizo un trabajo espectacular.
Mason dejó su tenedor a un lado y se giró para mirarme fijamente. La intensidad de sus ojos verdes me recorrió el rostro, pero esta vez no había arrogancia, ni intenciones ocultas; solo había una devoción tan limpia y real que me aceleró el pulso.