Emily
La música del reservado retumbaba en mis oídos mientras me movía en medio de la improvisada pista de baile junto a Skyler. Sostenía mi copa de champán con una mano y usaba la otra para seguirle el ritmo a mi amiga, que bailaba con una energía desbordante, riendo a carcajadas con las mejillas encendidas por la felicidad y el alcohol.
—¡Em, juro que este es el mejor cumpleaños de toda mi vida! —gritó Sky por encima de los bajos de la música, dándome una vuelta que hizo que la falda de mi vestido de satén negro volara a mi alrededor—. ¡Y el brazalete es una completa locura! Sigo pensando que estás demente, tú y tu papá.
—Te mereces eso y más, cumpleañera —le respondí, riendo con una genuina alegría que rara vez me permitía mostrar en público—. Considera que es el pago por tener que aguantar a tu hermano en la misma universidad que yo. Además, el brillo de Bulgari combina perfectamente con tu sonrisa de hoy.
En ese momento, Jayden se abrió paso entre la multitud con dos copas nuevas en las manos y esa mirada atolondrada y devota que ponía cada vez que veía a mi amiga.
—Disculpa que interrumpa la cumbre de alta sociedad, Carrington —dijo Jayden con una sonrisa de oreja a oreja—, pero me voy a robar a la cumpleañera para una pieza lenta. ¿Me lo permites?
—Toda tuya, Cooper. Pero mantén las manos donde Mason pueda verlas si no quieres que el bar se convierta en un ring —bromeé, dándoles espacio.
Me hice a un lado y los observé alejarse hacia el centro del reservado. En cuanto la música bajó el ritmo, Jayden rodeó la cintura de Sky y ella apoyó la cabeza en su pecho antes de levantarse sutilmente para besarlo en los labios, una escena tan dulce y real que me hizo sonreír de inmediato. Me alegraba profundamente por ella; Sky se merecía a alguien que la mirara como si fuera el centro del universo.
Iba a caminar hacia la barra para dejar mi copa vacía cuando una mano firme, cálida y terriblemente familiar me tomó suavemente por la muñeca, deteniéndome en el acto. No necesité voltear para saber quién era. El chispazo eléctrico que me recorrió la piel lo delató al instante.
—La pista no se puede quedar vacía, Carrington —la voz ronca de Mason resonó cerca de mi oído. Con un movimiento fluido, tiró sutilmente de mí, atrapando mi mano libre y colocándome la otra en la cintura para obligarme a bailar con él.
—Vaya, Johnson, veo que sigues insistiendo en violar mi espacio personal —repliqué, entornando los ojos con esa fachada sarcástica que usaba como escudo, aunque mi cuerpo se amoldó a su pecho con una alarmante naturalidad—. Pensé que el capitán del equipo tenía que estar supervisando que su mejor amigo no rompiera las reglas familiares con su hermanita.
—Ya le di mi discurso de advertencia militar a Cooper, no te preocupes —se rio Mason, y sus ojos verdes brillaron con una intensidad que me hizo tragar saliva mientras nos movíamos lentamente al ritmo de la música—. Ahora mismo, mi única prioridad es asegurarme de que la chica más hermosa del bar no se quede sola en una esquina. Juro que ese vestido negro es una tortura china, Emily. Llevo tres horas intentando mirar hacia otra parte y simplemente es imposible.
—Es una estrategia de negocios, Johnson. Mantener al oponente distraído para asegurar la victoria —le devolví el golpe con una sonrisa felina, inclinando la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Pues vas ganando por goleada, porque estoy completamente desarmado —admitió en un susurro, acortando la distancia entre nosotros hasta que sentí el calor de su aliento.
Y ahí, en medio de la penumbra del pub, sentí cómo mis defensas terminaban de desmoronarse por completo. Toda la rabia fría de la apuesta, los planes de venganza y el guion calculado que había armado en mi cabeza se desvanecieron en el aire, olvidados por completo. Mirar su sonrisa, sentir la firmeza de sus manos y escuchar sus bromas me hacía sumergirme en una comodidad absoluta. Ya no quería pelear contra lo que sentía; solo quería disfrutar cada maldito segundo a su lado.
Pasamos el resto de la noche así, sumergidos en un diálogo constante y magnético. Nos reímos de cómo Logan casi se cae de la silla al intentar hacer un brindis exagerado, y discutimos de manera juguetona sobre si el helado de menta seguía siendo superior a la vainilla. Había una conexión tan pura y real vibrando entre los dos que el bar entero pareció quedar en un segundo plano.
Horas después, cuando los relojes del pub marcaban la madrugada y el alcohol ya causaba estragos en el equipo, decidí que era hora de irme. Me acerqué a Sky, que estaba abrazada a Jayden cantando una canción a medias, y le di un beso en la mejilla para despedirme.
—Ya me voy, Sky. Disfruta lo que queda de la noche —le dije.
—¿Te vas sola? —preguntó ella, parpadeando adormilada.
—Yo la llevo —la voz de Mason apareció detrás de mí de inmediato. Tenía las llaves de su Jeep en la mano y una mirada decidida—. Ya es tarde y no voy a dejar que maneje sola a esta hora.
No tuve las fuerzas ni las ganas de negarme. Asentí con una sonrisa suave y salimos juntos del pub hacia el estacionamiento. El aire frío de la noche nos golpeó la cara, ayudando a despejar la mente. Subí al asiento del copiloto de su enorme Jeep negro y me abroché el cinturón mientras él encendía el motor.
—Juro que sigo sin superar la caída de Asher de hace un rato —me reí, apoyando la cabeza en el respaldo mientras salíamos a la avenida—. Intentar saltar sobre la barra del bar para demostrar sus reflejos de defensa fue la cosa más patética y divertida que he visto en todo el semestre. El golpe contra el taburete se escuchó hasta Savannah.
—¡Te lo juro! —Mason soltó una carcajada limpia, golpeando el volante con suavidad—. Kingsley se cree muy ágil, pero tiene el centro de gravedad de un refrigerador cuando toma dos cervezas. Mañana en el entrenamiento va a estar cojeando y le voy a recordar esa caída cada cinco minutos para que no se le suba el ego.