Emily
El martes por la mañana parecía haberse ensañado con el clima; una lluvia fina y gris golpeaba los ventanales del aula de Ética, combinándose a la perfección con la tormenta silenciosa que yo traía dentro de la cabeza. Estaba sentada en mi puesto de siempre, en la fila de atrás, con los apuntes de la exposición abiertos sobre el pupitre, pero mis ojos no veían los gráficos de rendimiento corporativo. Mi mente seguía atrapada en el porche de la residencia, a las tres de la mañana.
Pasé una mano por mis labios de manera inconsciente, sintiendo aún el fantasma de la calidez de su boca. Pensaba en el beso. En Mason. En la forma desesperada en que me había sostenido contra su pecho y, sobre todo, en cómo yo me había entregado por completo, sin oponer resistencia, sin decir una sola palabra, olvidando en un segundo todo el guion que había armado.
Estaba profundamente confundida y, más que nada, dolida. Me dolía aceptar la realidad: Mason Johnson me gustaba demasiado. Se había metido debajo de mi piel con su torpeza, sus hoyuelos, sus miedos de vestidor y su comida casera. Pero la herida del pasillo de los vestidores seguía ahí, recordándome que todo había nacido de una farsa por quinientos dólares. No quería caer más en su juego. No podía permitirme ser el trofeo que él presumiera con Logan y los demás el viernes por la noche. Tenía que recuperar el control de mis emociones, y lo tenía que hacer ya.
El crujido de la puerta trasera me obligó a enderezar la postura. Levanté la vista y lo vi entrar.
Mason traía una camisa de botones azul marino que le resaltaba los hombros y unos vaqueros oscuros. Tenía el cabello un poco húmedo por la lluvia y una expresión cargada de una expectativa nerviosa. Sus ojos verdes escanearon el aula de inmediato hasta que chocaron con los míos. Caminó hacia nuestra mesa a paso lento y se sentó en la silla de al lado, dejando caer su mochila con una delicadeza inusual en él.
—Buenos días, Carrington —dijo en voz baja, inclinándose un poco hacia mi espacio. Había una suavidad en su tono que me removió el estómago.
—Buenos días, Johnson —respondí, manteniendo mi voz en un tono profesional, plano y perfectamente modulado. No le sonreí.
Él notó la distancia de inmediato. Se aclaré la garganta, entrelazando sus dedos sobre la mesa. —Emily... sobre lo de anoche... en el porche. Juro que todo lo que te dije fue...
—Hoy es la exposición final, Mason —lo interrumpí con frialdad, mirándolo fijamente a los ojos—. Representa el cuarenta por ciento de nuestra nota y el promedio perfecto de mi expediente. Sugiero que revisemos la introducción por última vez. Lo de anoche... fue un error de cálculo por el alcohol de la fiesta. No es relevante ahora.
Vi el impacto de mis palabras directo en su rostro. Mason se tensó en su lugar, sus ojos abriéndose con una mezcla de dolor y desconcierto absoluto, como si le hubiera dado un golpe bajo el agua. Apretó la mandíbula y asintió lentamente, asimilando el golpe.
—Un error de cálculo. Claro —masculló con una amargura que casi me hace flaquear—. Entendido, jefa. Vamos a revisar los apuntes.
La tensión que se instaló entre nosotros durante los siguientes veinte minutos fue tan densa que se podía cortar con un cuchillo. No volvimos a mirarnos, limitándonos a pasar las diapositivas de la tableta de manera mecánica. El aire a nuestro alrededor se sentía cargado de electricidad, de palabras no dichas y de una frustración compartida que nos quemaba a ambos.
—Muy bien, jóvenes —la voz de la profesora Wolf rompió el ambiente—. Es el turno del señor Johnson y la señorita Carrington. Adelante con su exposición sobre Ética Financiera en el Deporte Profesional.
Nos pusimos de pie al mismo tiempo y caminamos hacia el frente del aula. En cuanto pisé el estrado, mi chip de negocios se activó por completo. Dejé de ser la chica herida del porche y me transformé en Emily Carrington.
Conectamos la tableta a la pantalla gigante y comenzamos a hablar. Para mi sorpresa, a pesar de la pared de hielo que nos separaba, la exposición fue una coreografía perfecta. Yo manejaba los datos duros, los marcos legales y las proyecciones económicas con mi habitual soltura corporativa; y Mason, con su carisma natural, su conocimiento real del sistema de atletismo y una elocuencia impecable, aterrizaba cada concepto telemático, complementando mis frases justo cuando era necesario. No tropezamos ni una sola vez. Cuando yo terminaba una idea, él tomaba el hilo con una fluidez asombrosa, demostrando que de verdad se había aprendido cada página del proyecto.
Terminamos la presentación exactamente en el minuto quince, con un gráfico de conclusiones impecable. El aula se quedó en un silencio absoluto por dos segundos antes de que la profesora Wolf comenzara a aplaudir, seguida por el resto de la clase.
—Brillante. Simplemente brillante —anunció la profesora, ajustándose las gafas mientras anotaba algo en su libreta—. Señorita Carrington, señor de Johnson, han entregado el mejor trabajo de todo el departamento este semestre. Tienen la calificación más alta: un cien redondo. Pero lo que más me ha impresionado de su presentación es su perfecta sinergia. La forma en que sus mentes se complementan y la fluidez con la que manejan el espacio del otro es algo que rara vez se ve en un trabajo de equipo. Se nota que están en perfecta sintonía.
Escuchar la palabra "sinergia" y "sintonía" en medio de nuestro desastre privado fue una ironía casi dolorosa.
Mason y yo nos giramos lentamente el uno hacia el otro en medio del estrado. A pesar del muro, a pesar de la mentira de la apuesta y del rechazo de hacía unos minutos, nuestras miradas se conectaron con una fuerza magnética. Él me miró fijamente, con el orgullo de la nota brillando en sus ojos verdes, pero también con una tristeza y un deseo tan crudos que me cortaron el aliento. Yo le sostuve la mirada, dejando escapar una sutil y genuina sonrisa de triunfo que él me devolvió de inmediato, una mueca cómplice de medio lado que me aceleró el pulso de forma violenta.