El Quarterback y La chica imposible

El invernadero

Mason

No, no era un maldito error de cálculo. Por más que Emily hubiera intentado poner esa pared de hielo en la clase de Ética, las cosas entre nosotros no se reducían a una simple ecuación matemática o a una mala jugada por el alcohol. Yo sabía lo que había sentido en el porche de su residencia; había sentido su respiración entrecortada, la forma en que sus dedos se habían enredado en mi cabello y la manera tan desesperada y real en que me había devuelto el beso. La quería de verdad. Sentía por ella muchísimo más de lo que jamás había querido admitir ante los demás, o incluso ante mí mismo. Emily Carrington se había convertido en mi centro de gravedad.

—...y entonces el entrenador dijo que si no mejoramos la cobertura en la zona roja para el sábado, nos van a destrozar —la voz de Logan me llegó como un zumbido lejano, completamente distorsionada.

Estaba sentado en una de las mesas de la cafetería del campus, removiendo la comida con el tenedor de manera mecánica. Los chicos estaban a mi alrededor, hablando sobre el próximo partido y analizando jugadas, pero yo estaba completamente distraído, con la mirada fija en un punto muerto de la mesa. No les había contado absolutamente nada de lo que estaba pasando con Emily. Para mí, el asunto de la apuesta ya había quedado en el pasado, sepultado bajo el peso de la culpa y de mis verdaderos sentimientos. Ninguno de ellos se atrevía a tocar el tema después de la amenaza que les hice en el vestidor, y prefería mantenerlo así. Esto ya no era un juego corporativo ni una diversión de fraternidad; era mi vida.

De repente, vi a mi hermana pasar cerca de la barra de ensaladas con un par de libros bajo el brazo. Dejé el tenedor, me puse de pie ignorando los llamados de Jayden y caminé rápidamente hacia ella.

—¡Sky! —la llamé, alcanzándola cerca de la salida de la cafetería.

Mi hermana se giró, parpadeando con sorpresa, pero me sonrió de inmediato. —Hola, Mase. ¿Qué pasa? ¿Jayden ya te hizo enojar otra vez?

—No, no es eso —dije, rascándome la nuca, sintiendo cómo los nervios empezaban a jugarme una mala pasada—. Oye... ¿sabes dónde está Emily? No la he visto desde que terminamos la exposición de Ética esta mañana.

Skyler me miró de reojo, con una chispa de diversión e inteligencia en sus ojos que me demostró que no era tonta. Sabía que algo estaba pasando entre nosotros, pero afortunadamente no hizo preguntas incómodas.

—Está en el invernadero de la facultad de botánica, al fondo del campus —me respondió, acomodándose la mochila—. Tenía que organizar unas muestras y unos documentos decorativos para el proyecto de fin de año de su club. Si vas a ir, date prisa, porque odia que la interrumpan cuando está concentrada.

—Gracias, pulga. Te debo una —le dije, dándole un beso rápido en la frente antes de salir a toda prisa de la cafetería.

Caminé hacia el complejo de botánica con el corazón golpeándome con fuerza contra las costillas. Estaba asustado, jodidamente asustado y muy nervioso. Las manos me sudaban y sentía la boca seca. Emily era impredecible; podía recibirme con su peor mirada de desprecio o ignorarme por completo, pero no me iba a rendir. Tenía que demostrarle que lo nuestro era real.

Cuando crucé las puertas de cristal del invernadero, el olor a tierra mojada, flores silvestres y vegetación densa me envolvió por completo. El lugar estaba en un silencio pacífico, interrumpido solo por el goteo de los sistemas de riego automáticos. Caminé por el pasillo principal hasta que la vi en uno de los pasillos laterales.

Emily estaba de espaldas, con el cabello castaño recogido en una pinza alta y vistiendo una blusa ligera. Estaba organizando unas macetas pequeñas y archivando unas carpetas sobre una mesa de madera. Se veía tan hermosa, tan concentrada y pulcra, que me quedé sin aire por un segundo.

Apreté los puños para darme valor y caminé hacia ella. El crujido de mis botas contra la grava del suelo hizo que se girara de golpe. Sus ojos azules se abrieron con sorpresa al verme allí.

—Johnson, ¿qué haces aquí? Te dije que lo de anoche... —comenzó a decir, adoptando de inmediato esa postura rígida y defensiva, con su tono de jefa corporativa.

No la dejé terminar. No iba a permitir que pusiera otra maldita excusa racional entre los dos.

Di dos pasos rápidos, acortando la distancia, le tomé el rostro entre las manos y la besé.

Fue un beso apasionado, intenso, lleno de toda la frustración y el amor que había estado reteniendo en mi pecho durante las últimas horas. Al principio, Emily se tensó por una fracción de segundo, pero su resistencia se evaporó en el aire del invernadero. Soltó un gemido ahogado contra mis labios, dejó caer la carpeta que tenía en la mano y me rodeó el cuello con sus brazos, siguiendo el beso con la misma fuerza y pasión con la que yo la estaba reclamando. Sus labios se movían contra los míos con una calidez abrasadora, demostrándome que, por mucho que su mente quisiera pelear, su cuerpo y su corazón querían exactamente lo mismo que yo.

Me separé un poco, lo justo para que nuestras respiraciones agitadas se mezclaran, pero sin soltar su rostro. La obligué a mirarme fijamente a los ojos.

—No fue un error de cálculo, Emily —le dije con la voz ronca, temblando sutilmente por la intensidad del momento—. No me importa el alcohol, ni la universidad, ni tus malditas reglas de negocios. No es un error. Me gustas demasiado, muchísimo más de lo que alguna vez creí posible o de lo que quería admitir. No puedo dejar de pensar en ti y quiero estar contigo en todo momento. Juro por Dios que esto es lo más real que he sentido en mi vida.

Emily me miró con los ojos cristalinos, el pecho subiendo y bajando con fuerza. Había una confusión genuina en su rostro, un rastro de miedo que me dolió ver.

—Mason... yo no entiendo esto —susurró, negando levemente con la cabeza—. Esto no puede ser. Tú y yo... somos de mundos diferentes, y las cosas comenzaron de una forma que... esto simplemente no tiene lógica.




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