Emily
Llevábamos exactamente dos semanas siendo novios oficiales. Si alguien me lo hubiera dicho al principio del semestre, lo habría mandado a auditar la cabeza, pero allí estaba yo, sentada en la cama de Mason de lo más natural. Mi parte racional, esa mente fría y calculadora que heredé de mi padre, me recordaba de vez en cuando el asunto de la apuesta del vestidor y me advertía que tuviera cuidado; pero por dentro, muy dentro de mi pecho, había un sentimiento completamente opuesto que ya no podía frenar. Me encantaba estar con él. Me fascinaba la forma en que me miraba y cómo lograba que me olvidara de todas mis malditas estructuras corporativas.
Originalmente, mi único plan para esta tarde de viernes era pasar por el departamento de su fraternidad para devolverle la chaqueta de cuero que me había prestado la noche anterior durante nuestra cita, ya que el viento de la bahía se había puesto un poco frío. Pero en cuanto crucé la puerta de su haboitación, el tiempo se detuvo por completo.
No alcanzamos ni a cruzar tres palabras de cortesía. Mason me había tomado de la cintura, atrayéndome hacia su cuerpo, y ahora estábamos recostados en su cama, envueltos en un beso apasionado, denso y arrollador. Sus labios se movían contra los míos con una urgencia que me encendía la piel, y yo tenía las manos enredadas en su cabello rubio, atrayéndolo aún más hacia mí. La atracción física que sentía por él era una fuerza de la naturaleza; era simplemente irresistible.
—Johnson... —logré susurrar entre sus besos, sintiendo cómo su boca bajaba de golpe por mi mandíbula, dejando un rastro de fuego hasta detenerse en mi cuello—. Se supone... que esto era solo una entrega rápida de mercancía. Tienes que dejarme ir.
—La oficina de entregas está cerrada por hoy, Carrington —murmuró contra mi piel, con esa voz ronca y descarada que me derretía por completo—. Además, te queda mejor a ti que a mí, así que técnicamente es mía la culpa por querer recuperarla.
—Eres un cínico —me reí, soltando un gemido ahogado cuando sus manos colaron por debajo del borde de mi blusa, acariciando mi cintura con una firmeza posesiva—. Un mariscal de campo sumamente descarado.
—Y tú eres una jefa muy mandona, pero no te veo quejándote —respondió con una sonrisa de medio lado, volviendo a atrapar mis labios con un beso profundo que me hizo perder el sentido de la orientación.
¡PAM!
El sonido violento de la puerta principal del apartamento abriéndose de golpe nos hizo saltar desde el sofa. Nos separamos a los tropezones, sentándome rápido mientras me acomodaba el cabello desordenado.
Por el marco de la puerta apareció Asher Kingsley, con la respiración un poco agitada, abrazando por la cintura a una chica morena despampanante que se reía de algo que él le decía al oído. Al vernos allí deshechos en la cama, Asher se detuvo en seco, abriendo los ojos de par en par. La chica morena se puso roja y se escondió sutilmente detrás de su hombro.
—¡Oh! Por los clavos de Cristo, hermano... lo siento —exclamó Asher, levantando una mano en señal de disculpa y dando un paso atrás con total torpeza—. Pensé que estarías en el entrenamiento opcional. Sigan en lo suyo, de verdad. Nosotros... nos vamos directo a mi habitación. No vimos nada.
—¡Se llama tocar la puerta, Kingsley! —le gritó Mason, lanzándole un cojín de la cama con una sonrisa frustrada, aunque se estaba muriendo de la risa.
Asher esquivó el cojín en el aire, le guiñó el ojo a su amigo y guió a la morena por el pasillo a paso rápido, cerrando la puerta de su cuarto con un clic sonoro.
Me tapé la cara con las manos, soltando una carcajada limpia y sonora. Mason se echó hacia atrás en la cama, riéndose con ganas, pasándose una mano por el rostro con pura resignación.
—Tu amigo tiene el peor ritmo del mundo, de verdad. Es una constante en su vida —dije, limpiándome una lagrimita de la risa.
—Te lo juro, tiene un radar para arruinar mis mejores jugadas —se quejó Mason, volviendo a arrastrarse hacia mí con esa mirada felina y esos ojos verdes brillando de deseo—. En fin... ¿en qué estábamos, preciosa?
Se inclinó para volver a besarme, pero esta vez puse una mano en su pecho, deteniéndolo a milímetros de mi boca, aunque no pude evitar sonreír ante su insistencia.
—No, no, ya me tengo que ir, Mason —le dije, dándole un pico rápido—. Voy tardísimo y hoy es viernes. Tengo la cena obligatoria con mi padre en Savannah y sabes que Liam Carrington odia la impuntualidad más que a las pérdidas trimestrales.
—Solo cinco minutos más, Emily. Solo un par de besos de despedida para sobrevivir al fin de semana —rogó, haciendo un puchero exagerado que lo hacía ver adorablemente guapo.
—Está bien, dos minutos —cedí, perdiendo por completo mi disciplina de hierro.
Esos dos minutos se convirtieron en quince. Nos besamos de una manera increíble por todo el apartamento, interrumpiendo el camino cada tres pasos para volver a pegarnos contra la pared o la puerta. Finalmente, logramos salir del edificio y bajamos las escaleras hacia el estacionamiento del campus, donde mi Mercedes-Benz negro relucía bajo el sol de la tarde.
Caminamos del brazo, y en cuanto saqué las llaves y abrí el seguro del auto, me giré para despedirme. Pero Mason me acorraló suavemente contra la puerta del conductor, atrapándome en otro beso lento, profundo y deliciosamente largo que me dejó sin aliento. Le devolví el beso con el mismo entusiasmo, sabiendo que no lo vería en dos días enteros.
Nos detuvimos de golpe cuando el sonido de una puerta trasera abriéndose nos interrumpió. Al voltear, vi a Skyler subiéndose al asiento del copiloto de mi auto, dejando caer su bolso de lona en la alfombra. Llevaba unas gafas de sol puestas y nos miraba con una sonrisa pícara y divertida desde el interior.
—¡Por favor, tortolitos, consigan una habitación o arranquen el auto de una vez! —gritó Sky desde la ventana abierta, matándose de la risa—. Mase, deja ir a mi compañera de cuarto si quieres que llegue viva a Savannah para ver a tu cuñado Jayden el domingo.