El Quarterback y La chica imposible

Parque de aventuras

Mason

Subí las escaleras de la residencia de dos en dos, con las llaves de mi Jeep tintineando en el bolsillo y una sonrisa estúpida que no había podido borrarme del rostro en todo el día. Era martes por la tarde, y la ciudad se había llenado de luces y música gracias a un enorme parque de atracciones ambulante que se instalaba en los terrenos de la feria una vez al año. No era una gala elegante, ni una cena de negocios, y eso era exactamente lo que lo hacía perfecto. Quería ver a Emily comiendo algodón de azúcar y subiéndose a la montaña rusa conmigo.

Llegué a la puerta del 304 y la empujé suavemente, ya que estaba entornada. Mi hermana Skyler estaba en la sala, terminando de amarrarse las agujetas de sus tenis deportivos. Al verme entrar, levantó la vista y soltó una carcajada.

—Vaya, miren quién llegó, el conductor designado —se burló Sky, poniéndose de pie—. Jayden ya está abajo esperándonos en el auto, ¿verdad? Porque si me hace esperar cinco minutos más, voy a empezar a cobrarle tarifa de novio impuntual.

—Está abajo cuidando que nadie raye mi Jeep, pulga —le respondí, dándole un tirón cariñoso a una de sus trenzas—. Y más te vale portarte bien hoy, que es una salida oficial de parejas y no quiero tener que estar vigilando que Cooper no se ponga cursi en la rueda de la fortuna.

—¡Ay, por favor, Johnson! Si el único que se pone cursi cuando ve a Emily eres tú —replicó ella, rodando los ojos con diversión.

En ese momento, la puerta de la habitación del fondo se abrió y Emily salió al pasillo. Me quedé completamente mudo, estancado en mi lugar.

Llevaba unos jeans de mezclilla azul claro que le entallaban a la perfección, una blusa negra pegada que remarcaba su figura, unas zapatillas blancas impecables y, sobre los hombros, la chaqueta de cuero negra que yo mismo le había devuelto la semana pasada. Bajé la vista hacia mi propio cuerpo: yo vestía exactamente unos jeans claros, una camiseta negra ajustada, mis botas y mi propia chaqueta de cuero. Nos habíamos vestido idénticos sin planearlo.

Emily se detuvo, mirándome de arriba abajo con una ceja levantada y esa sonrisa felina y calculadora que me volvía loco.

—Vaya, Johnson... no sabía que ahora compartíamos el mismo diseñador de modas o que el manual de la fraternidad incluía mimetizarse con la novia —me molestó, caminando hacia mí con un paso elegante que hacía que los jeans se vieran como alta costura.

—Es telepatía de mariscal de campo, Carrington —le respondí, atrapándola por la cintura en cuanto estuvo a mi alcance—. Aunque tengo que admitir que a ti se te ve mil veces mejor que a mí. Estás increíble, jefa.

—Lo sé, mariscal. Es un don natural —susurró con picardía.

No la dejé seguir presumiendo. Me incliné y la besé. Fue un beso lento, dulce, que comenzó como un saludo y terminó convirtiéndose en una serie de muchos besos profundos que nos dejaron sin aliento. Ella enredó sus dedos en las trabillas de mi chaqueta, apegándose a mi pecho mientras mi hermana soltaba un quejido dramático al fondo.

—¡Busquen una habitación, por el amor de Dios! ¡Jayden y el parque de diversiones nos esperan! —gritó Sky, empujándonos sutilmente hacia la salida.

Nos separamos riendo y bajamos al estacionamiento. En cuanto Jayden nos vio llegar con el mismo atuendo, casi escupe el refresco que estaba tomando. El camino al parque fue una ráfaga de música a todo volumen, discusiones graciosas entre Jayden y Sky sobre quién tenía el peor sentido de la orientación, y la mano de Emily entrelazada fuertemente con la mía sobre la palanca de cambios.

El parque de atracciones era un caos hermoso de luces de neón, olor a palomitas de maíz, manzanas acarameladas y gritos de adrenalina. En cuanto cruzamos las taquillas, saqué la cámara instantánea que le había pedido prestada a Asher.

—A ver, Carrington, primera foto oficial del equipo de Ética en terreno hostil —anuncié, estirando el brazo para tomarnos una selfi.

Emily pegó su mejilla a la mía, y justo antes de que el flash se activara, me giré para morderle suavemente la mejilla, haciéndola arrugar la nariz. La foto salió de inmediato: yo riendo con los ojos achinados y ella con una expresión de fingida indignación que era jodidamente adorable. Pasamos la siguiente hora tomándonos fotos en cada esquina; fotos dándonos besos con las luces de la montaña rusa de fondo, fotos haciendo caras graciosas sacando la lengua, y luego Jayden y Sky se metieron en el encuadre.

—¡Hagan espacio para la verdadera pareja estrella! —gritó Jayden, colándose por detrás y cargando a Sky en su espalda mientras ella levantaba las manos haciendo el signo de la paz. Tomé la foto y nos matamos de la risa al ver la cara de loco que había puesto Cooper en el resultado.

—Esta foto va directo a la nevera de la residencia, de verdad —rio Emily, agitando el papel fotográfico para que revelara más rápido—. Salen idénticos a dos niños hiperactivos en un día de campo.

Caminando entre los puestos de feria, llegamos al stand de tiro al blanco. El premio mayor era un oso de peluche gigante que parecía del tamaño de Logan.

—A un lado, muchachos, dejen que el brazo de la NFL les consiga el trofeo —presumí, tomando el rifle de balines de juguete. Apunté con confianza y disparé tres veces, derribando dos patos de metal y fallando el tercero por un milímetro debido a que Jayden me empujó el codo—. ¡Oye! Eso fue trampa, Cooper.

—El terreno de juego es rudo, Johnson —se burló Jayden.

Emily soltó una risita refinada, dio un paso al frente y dejó su bolso en mis manos. —Por favor, Mason. Quítate y déjale el trabajo de precisión a alguien que sí sepa de estrategia de puntería.

Tomó el rifle de juguete con una soltura que me dejó helado. Se acomodó el arma contra el hombro, entornó esos ojos azules letales y, con una calma matemática, apretó el gatillo tres veces seguidas. ¡Pum, pum, pum! Los tres objetivos saltaron por los aires de manera perfecta. El encargado del puesto abrió los ojos de par en par y le entregó un peluche de oso panda mediano.




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