El Quarterback y La chica imposible

Viaje en carretera

Mason

El indicador de velocidad de mi Jeep marcaba las setenta millas por hora mientras devorábamos la autopista interestatal rumbo a Carolina del Sur. El sol de la tarde empezaba a caer, pintando el cielo de tonos anaranjados y colándose por el parabrisas. Este era un fin de semana crucial: el primer partido de la temporada fuera de casa. Por lo general, todo el equipo estaba obligado a viajar apiñado en el autobús oficial de la universidad, soportando el olor a desodorante spray y los gritos motivacionales de Logan a través de un megáfono; pero esta vez era diferente.

Emily había decidido venir al viaje «para apoyar a su novio», una frase que, cuando la pronunció con ese tono refinado suyo el miércoles en la biblioteca, casi me hace caerme de la silla. Como capitán, hablé con el entrenador y, tras asegurarle que mantendría el enfoque y que Asher vendría con nosotros para vigilar que no hubiera distracciones, nos dio un permiso excepcional para viajar por nuestra cuenta en mi auto.

Emily iba de copiloto, revisando unas notas en su tableta pero manteniendo una mano entrelazada con la mía sobre la consola central. En el asiento de atrás, Asher estiraba sus largas piernas de apoyador defensivo, apoyando los codos en los respaldos delanteros para meterse en nuestra conversación.

—A ver, par de tortolitos, explíquenme una cosa —comenzó Asher, sacudiendo la cabeza con una sonrisa de incredulidad—. Llevan semanas oficiales y ya se visten iguales, comparten helados y viajan en carretera como un matrimonio de jubilados. ¿Dónde quedó la Emily Carrington que amenazaba con demandar a la fraternidad por exceso de ruido?

Emily se giró sutilmente en su asiento, regalándole una mirada cargada de ese sarcasmo elegante que tanto me gustaba. —Esa Emily sigue existiendo, Kingsley. Solo que ahora tiene un pase VIP para controlar los impulsos del mariscal de campo. Además, vigilar que Mason no coma comida chatarra antes de un partido importante es una inversión a largo plazo para mi paz mental.

—¡Oye! La hamburguesa de la estación de servicio estaba perfectamente balanceada, Carrington —protesté, apretándole la mano con cariño y soltando una risa—. No dañes mi reputación frente a mi mejor amigo.

—Balanceada en grasa trans, Johnson —me devolvió el golpe con un guiño.

Asher soltó un bufido, reclinándose de nuevo en su asiento con un suspiro exagerado que delataba que tenía algo más en la cabeza.

—Bueno... ya que ustedes están viviendo su comedia romántica de Hollywood, necesito asesoría de expertos. El sábado pasado volví a ver a Britney. Sí, la morena que estaba en mi apartamento el día que los interrumpí en la cama.

Me guardé la risa, mirando a mi amigo por el espejo retrovisor. El gran Asher Kingsley, el tipo que tacleaba corredores de doscientas libras como si fueran muñecos de trapo, tenía las mejillas sutilmente coloradas. —Vaya, vaya. ¿El lobo de la defensa está perdiendo el sueño por una chica de artes? —lo molesté, soltando una carcajada limpia—. Cuéntanos, Kingsley. ¿Qué pasó con Britney?

—¡No te burles, Johnson! —protestó Asher, dándole un golpe amistoso a mi asiento—. Hablo en serio. Es diferente, ¿bien? Hablamos mucho esa noche después de que los dejamos en paz. Le gusta la fotografía, tiene un sentido del humor bastante ácido y... maldición, no sé cómo invitarla a salir formalmente sin parecer un bruto que solo sabe hablar de jugadas de fútbol.

Emily dejó la tableta de lado, su chip de estratega —esta vez en versión consejera amorosa— activándose de inmediato. —Lo primero que debes hacer, Asher, es dejar de pedirle consejos a tu capitán —dijo ella con una sonrisa divertida—. Su repertorio de conquista incluye rogar en la biblioteca y usar el hoyuelo de la mejilla. Si quieres impresionar a Britney, invítala a la galería del centro el próximo jueves. Hay una exposición de fotografía analógica. Demuéstrale que pusiste atención a lo que le gusta, no la lleves al bar de siempre a comer alitas.

—¿Ven? Por eso me agrada la jefa —exclamó Asher, señalando a Emily con entusiasmo—. Eso tiene clase. Tomo nota. ¿Escuchaste, Johnson? Así se organiza una jugada ofensiva de verdad.

—Yo no necesité ninguna galería para tener a la rubia en mi auto, Kingsley —presumí con suficiencia, ganándome un sutil pellizco de Emily en el brazo que me hizo quejarme de inmediato—. ¡Ay! Está bien, está bien. La idea de Emily es perfecta. Hazle caso.

El resto del viaje en carretera transcurrió entre música, risas constantes y un diálogo fluido que acortó las tres horas de trayecto como si hubieran sido veinte minutos. La convivencia se sentía tan natural, tan cargada de sintonía, que por momentos olvidaba que estábamos a las puertas de un partido de alta presión. Estar con ella simplemente me daba paz.

Alrededor de las seis de la tarde, el Jeep se detuvo frente a la fachada moderna del hotel The Grand Southern, el lugar asignado para la concentración de la universidad. El vestíbulo estaba repleto de jugadores cargando maletas, entrenadores revisando itinerarios con carpetas en mano y el murmullo constante de la delegación.

Skyler y Jayden, que habían llegado en el autobús del equipo, se nos unieron de inmediato cerca del mostrador de recepción. Emily y mi hermana se adelantaron para recoger las llaves de las habitaciones, mientras Jayden, Asher y yo nos quedábamos un paso atrás, cargando los bolsos deportivos.

—Buenas noches. Reservas para la Universidad de Georgia, por favor —solicitó Emily a la recepcionista, manteniendo su tono pulcro y administrativo.

La chica de la recepción, una joven con el uniforme del hotel que parecía un poco abrumada por la cantidad de atletas gigantes en su vestíbulo, tecleó rápidamente en la computadora antes de sacar varios sobres con tarjetas magnéticas.

—Muy bien, aquí tengo la distribución enviada por la coordinación del equipo —explicó la encargada, ordenando las llaves—. Habitación 203 para los señores Kingsley y West... Habitación 205 para la señorita Skyler Johnson y el señor Jayden Cooper...




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