Emily
Observé la única cama King Size que dominaba el centro de la habitación 207. Tenía sábanas blancas impecables, un edredón acolchado y cuatro almohadas perfectamente alineadas. Me crucé de brazos, apoyando el peso de mi cuerpo en una pierna mientras Mason dejaba su enorme bolso deportivo sobre el portaequipajes.
—Bueno... —comenzó él, rascándose la nuca con esa sonrisa tímida y los hoyuelos marcándosele en las mejillas—. Prometo no invadir tu lado de la cancha, Carrington. Si quieres, puedo poner una barrera de almohadas en el centro, como en las películas.
Solté una sutil carcajada, dejando mi maleta de mano sobre el sillón de lectura. La verdad era que, dentro de mí, no había ningún problema real con la situación. Llevábamos dos semanas de noviazgo, dormirse en sus brazos ya no era un terreno desconocido y la idea de compartir la cama con él no me molestaba en lo absoluto. Al contrario, me daba una extraña sensación de calidez.
—No seas ridículo, Johnson. No tenemos doce años —le respondí, acercándome para desarrugar el cuello de su polo con un gesto natural—. Somos dos adultos, podemos compartir un colchón sin necesidad de trazar fronteras éticas. Además, eres mi novio, ¿recuerdas? Puedo soportar tus ronquidos de mariscal de campo por un fin de semana.
—¡Yo no ronco! —protestó falsamente indignado, atrapándome por la cintura con la rapidez de un reflejo de juego—. Eso es una difamación corporativa para dañar mi valor en el mercado.
—Ya lo comprobaremos esta noche —le guiñé un ojo, apoyando mis manos en sus hombros—. Ahora, déjame desempacar. El itinerario del entrenador dice que tienen descanso obligatorio en una hora.
Mason acortó la distancia, su rostro quedando a milímetros del mío, sus ojos verdes brillando con una chispa de picardía pura.
—Sobre eso... el itinerario del entrenador va a sufrir una pequeña modificación independiente —susurró, con voz ronca y descarada—. Tengo algo planeado para esta noche. Ponte algo cómodo. Nos vemos aquí a las nueve en punto.
Lo miré fijamente, mi mente analítica activándose de inmediato en modo alarma.
—Mason, no podemos —le corregí, frunciendo el ceño aunque mi corazón ya había empezado a acelerarse—. El toque de queda de la universidad es a las ocho y media para los jugadores. Además, tienes entrenamiento de reconocimiento de campo a las seis de la mañana. No puedes estar fuera del hotel a las nueve de la noche. Si el entrenador Wolf te descubre, te va a dejar en la banca el sábado.
—Carrington... —murmuró él, ignorando por completo mis advertencias corporativas. Se inclinó y me besó.
Fue un beso suave al principio, un roce cálido de sus labios contra los míos que me cortó el hilo de voz. Intenté mantener la postura rígida, pero Mason profundizó el beso, acunando mi rostro con sus manos grandes y cálidas, moviendo su boca con una ternura tan persuasiva que terminó por derretir mi disciplina de hierro. Solté un suspiro contra sus labios y me dejé llevar, enredando mis dedos en su cabello rubio mientras él me robaba el aliento con una serie de besos más apasionados y profundos.
—Solo déjate llevar por una vez, jefa —pidió en un susurro entre un beso y otro, rozando mi nariz con la suya—. No nos van a atrapar. Confía en tu mariscal.
—Eres una pésima influencia, Johnson —acepté, con una sonrisa desarmada, dándole un último pico rápido antes de separarme—. Está bien. Acepto el riesgo del negocio.
A las nueve de la noche, la operación de contrabando humano fue un éxito rotundo. Logramos burlar al asistente del entrenador en el vestíbulo bajando por las escaleras de servicio del hotel. Para mi sorpresa, la "salida secreta" no era solo nuestra. Cuando llegamos al Jeep en el estacionamiento trasero, allí estaban Logan, Asher, Jayden y Skyler, todos vestidos con ropa oscura y sudaderas, aguantándose las risas como adolescentes cometiendo un crimen.
—¡La reina de la alta sociedad se une al club de los fugitivos! —exclamó Logan en un susurro ruidoso, abriendo la puerta trasera del Jeep con una reverencia exagerada—. Bienvenida al lado oscuro, Carrington. Sabía que Johnson terminaría corrompiendo tus finas costumbres.
—Cállate, Logan, que tus reflejos para esconderte detrás de la planta del vestíbulo dieron pena —se burló Sky, dándole un golpe en el brazo mientras nos acomodábamos en los asientos—. Parecías un oso intentando camuflarse en un jardín de niños.
—¡Oye! Esa planta era de un tamaño corporativo respetable, salvó mi carrera deportiva esta noche —se defendió Logan, desatando las primeras risas del grupo mientras Mason encendía el motor y salíamos silenciosamente del perímetro del hotel.
La noche en la pequeña ciudad universitaria de Carolina del Sur resultó ser absolutamente mágica. Nos alejamos de la zona de hoteles y terminamos caminando por un hermoso paseo peatonal iluminado con luces de guirnalda, rodeado de locales antiguos y un aire fresco que olía a pino y a comida rápida. Era una salida de amigos perfecta, caótica y ruidosa.
Fuimos a un puesto nocturno de comida callejera que Asher juraba que vendía los mejores "tacos monstruo" del estado. Terminamos sentados en unas mesas de metal al aire libre, bajo la luz de los faroles.
—A ver, Kingsley, explícame la lógica de comer picante antes de un partido —dijo Jayden, mirando con desconfianza el plato gigante de Asher—. Si mañana tienes problemas estomacales en la línea de defensa, le voy a decir al entrenador que fue tu culpa.
—Cooper, el estómago de un apoyador está hecho de titanio —replicó Asher con la boca medio llena, haciéndonos reír a todos—. Además, el picante activa los reflejos. Es ciencia pura. Pregúntale a Emily, ella sabe de datos duros.
—No metas la ciencia en tus pésimos hábitos alimenticios, Asher —me reí, apoyando la cabeza en el hombro de Mason mientras él me rodeaba con el brazo—. Pero admito que el ambiente merece una excepción a mis reglas de etiqueta.