Mason
El despertador de mi teléfono vibró sobre la mesa de noche a las cinco y media de la mañana. Lo apagué de un manotazo antes de que el sonido rompiera el silencio sepulcral de la habitación 207. Me quedé inmóvil unos segundos, asimilando el peso de los músculos y la calidez de las sábanas, antes de girarme lentamente.
Emily estaba completamente dormida a mi lado, envuelta en el edredón blanco hasta los hombros. Unos mechones de su cabello castaño le caían desordenados sobre el rostro y respiraba con una lentitud pacífica. Me apoyé en el codo, contemplándola bajo la luz grisácea que se colaba por las cortinas. Dios, no podía creer lo mucho que la amaba. La chica fría, analítica y perfectamente estructurada de las primeras semanas se había convertido en mi vida entera. Recordé la noche anterior, la entrega absoluta de sus besos, la suavidad de su piel y la forma en que me había mirado al decirme que me quería, y una sonrisa enorme se instaló en mi rostro. Estaba jodidamente enamorado, hasta la médula.
Le di un beso imperceptible en la coronilla, me deslicé fuera de la cama con el mayor cuidado del mundo, me puse el uniforme de entrenamiento y salí en silencio hacia el vestíbulo.
El entrenamiento de reconocimiento de campo a las seis fue una ráfaga de aire helado, silbatos y gritos del entrenador Wolf, pero yo sentía que flotaba. Corrí las rutas con una ligereza extraña, atrapando cada balón con una precisión quirúrgica.
—¿Qué te pasa, Johnson? Parece que te hubieras tomado tres bebidas energéticas antes de salir —me molestó Asher mientras volvíamos al hotel a las ocho, secándose el sudor con una toalla—. Estás insoportable con esa sonrisa de comercial de pasta dental.
—Solo tuve un buen descanso, Kingsley —le respondí, guiñándole un ojo antes de apurar el paso hacia los ascensores.
Cuando abrí la puerta de la 207, la habitación seguía en penumbra. Emily no se había movido un centímetro. Dejé mi termo de agua a un lado, me quité las botas con cuidado y me acerqué al borde de la cama. Me senté en el colchón, haciendo que se hundiera sutilmente, y me incliné sobre ella.
—Carrington... —susurré, pasando los dedos con extrema suavidad por su mejilla, apartándole el cabello—. Despierta, jefa. El mariscal ya regresó de la guerra.
Emily soltó un quejido bajo, arrugando la nariz de una forma extrañamente adorable, y abrió los ojos de a poco. Esas dos esferas azules me miraron con pereza, pero en cuanto me reconoció, una sonrisa suave se dibujó en sus labios. Estiró sus brazos por encima de la colcha y me rodeó el cuello, tirándome hacia abajo.
—Hueles a pasto mojado y a sudor, Johnson —murmuró con la voz ronca por el sueño, pero me plantó un beso cálido y lento en los labios que me borró las pocas ideas que me quedaban.
—Es el olor del éxito, preciosa —me reí, acomodándome entre sus brazos para llenarle la cara de besos cortos, haciéndola reír bajito—. ¿Cómo amaneciste? ¿Dormiste bien?
—Sorprendentemente bien para haber compartido colchón con un atleta hiperactivo —respondió, estirándose como un gato sobre las sábanas—. Aunque admito que la cama se sintió demasiado grande cuando te fuiste.
—No volverá a pasar, te lo prometo —le dije, dándole un último beso profundo antes de incorporarme—. Pero tenemos que movernos. El partido es a la una y el autobús del equipo sale para el estadio en dos horas. Hay que alistarse.
Emily se sentó en la cama, dejando que el edredón cayera y mostrando los hombros descubiertos, lo que me hizo tragar saliva por el repentino golpe de calor en la habitación. Me miró con esa ceja levantada, recuperando su brillo coqueto y descarado.
—¿Alistarse? Muy bien. Pero considerando que ayer hackeamos el sistema de reservas para terminar en la misma habitación, sugiero que optimicemos el uso del agua. El manual corporativo dice que el ahorro de recursos es vital.
—¿Me estás invitando a bañarme contigo, Carrington? —le pregunté con una sonrisa de medio lado, cruzándome de brazos mientras daba un paso hacia el baño—. Eso es una distracción severa para el capitán del equipo a pocas horas del partido. El entrenador Wolf te confiscaría la credencial de acceso.
—Es pura eficiencia matemática, Johnson —replicó ella, poniéndose de pie con total elegancia mientras se envolvía en una sábana y caminaba hacia mí, rozando mi pecho al pasar—. Además, si juegas mal hoy, tendré que auditar tus capacidades físicas. Y no querrás una mala calificación de mi parte.
—Eres una descarada —me reí, atrapándola de la cintura justo antes de que cerrara la puerta del baño, perdiéndome en sus risas y sus besos antes de que el agua caliente empezara a caer.
Horas más tarde, el ambiente en el estadio de Carolina del Sur era ensordecedor. El rugido de la afición local pintaba las gradas de rojo, pero en cuanto salimos por el túnel de vestidores, mis ojos buscaron un solo punto en la tribuna preferencial, justo detrás de nuestra banca.
Ahí estaba ella. Emily llevaba puesta mi camiseta de juego de repuesto, la número 10, que le quedaba enorme pero se le veía increíble, unos lentes de sol y una sonrisa de orgullo que eclipsaba cualquier reflector del estadio. Al lado, Sky y Jayden gritaban como locos.
Antes de ponerme el casco para la primera serie ofensiva, la miré fijamente desde el emparrillado. Le guiñé un ojo con total confianza. Emily, rompiendo con toda su habitual formalidad neoyorquina, se llevó una mano a los labios y me lanzó un beso en el aire. Eso fue todo lo que necesité. Sentí una descarga de adrenalina pura correr por mis venas.
Esa tarde jugué el mejor partido de toda mi carrera.
El balón parecía una extensión de mi mano. En el primer cuarto, leí la defensa rival a la perfección, escapé de la presión de dos apoyadores y conecté un pase de cuarenta yardas directo a los brazos de Jayden para el primer touchdown. En el segundo cuarto, anoté yo mismo corriendo por el centro, rompiendo una tacleada en la yarda cinco antes de estampar el ovoide contra la zona de anotación.