El Quarterback y La chica imposible

Un lobo de wall street

Mason

El invierno había entrado de golpe en la ciudad, vistiendo los árboles del campus con una capa fina de escarcha, pero dentro de mi habitación el ambiente quemaba. Las vacaciones de invierno finalmente habían comenzado esa misma mañana; los pasillos de la fraternidad estaban desiertos, el silencio era absoluto y el peso de las clases y los entrenamientos se había evaporado por completo. Solo quedábamos nosotros dos.

La música R&B flotaba en el aire a un volumen estratégico, un murmullo espeso y sensual de bajos profundos que se encargaba de apaciguar los gemidos que Emily no podía contener. La tenía a ella, completamente mía, atrapada entre mi cuerpo y el colchón, y el nivel de placer que estábamos alcanzando rozaba la locura.

—Mírame, Carrington... —le exigí en un susurro ronco, sosteniendo sus muñecas firmemente contra la cama por encima de su cabeza. Estaba completamente desnuda bajo mi cuerpo, con la piel encendida, las mejillas pintadas de un rosa furioso y esos ojos azules nublados por la lujuria—. Dime que esto es mucho mejor que cualquiera de tus perfectas planificaciones.

Emily arqueó la espalda, soltando un jadeo entrecortado cuando hundí mis labios en la curva de su cuello, mordisqueando la piel suave justo donde le gustaba. Su respiración chocaba contra mi oído, rápida y errática.

—Cállate, Johnson... —consiguió decir, con una voz temblorosa pero cargada de esa provocación que me encendía la sangre—. Hablas demasiado... cuando deberías estar demostrando por qué eres el maldito capitán.

—¿Ah, sí? ¿Quieres pruebas, jefa? —le respondí con una sonrisa descarada contra su piel.

Sustituí el agarre de sus manos para entrelazar mis dedos con los suyos, abriendo sus piernas con la presión de mis muslos. Me acomodé entre ellas, sintiendo la fricción ardiente de nuestros cuerpos húmedos de sudor. Ya no había prisa, ya no existía la torpeza de la primera vez; ahora conocía cada rincón de su anatomía, sabía exactamente dónde tocarla, cómo besarla y qué ritmo la hacía perder por completo la cabeza.

Me hundí en ella de un solo movimiento, profundo, firme y cargado de una posesividad absoluta. Emily soltó un gemido agudo que quedó sepultado por el golpe de los bajos de la música. Cerró los ojos, apretando mis manos con una fuerza increíble mientras su cuerpo se contraía alrededor del mío, dándome la bienvenida de una forma tan deliciosamente estrecha que me hizo apretar los dientes.

—Mierda, Emily... —gruñí, comenzando a moverme con un ritmo lento pero implacable, buscando el fondo de su intimidad—. Eres jodidamente perfecta.

—Mason... más... —suplicó ella, abandonando toda su postura rígida de negocios. Elevó las piernas, enredándolas alrededor de mi cintura para obligarme a ir más profundo, rompiendo cualquier rastro de mi autocontrol.

La escena era puro erotismo. El vaivén de nuestros cuerpos era coreográfico, un compás salvaje y sudoroso bajo la luz tenue de la tarde invernal. Cada embestida mía provocaba un eco de placer que la hacía temblar; mis manos bajaron a sus caderas, guiando el movimiento con fuerza, elevándola hacia mí mientras mis labios buscaban los suyos en un beso hambriento, lleno de saliva, deseo y el sabor de nuestra propia respiración compartida. El placer nos envolvía como una marea alta, asfixiante y maravillosa. Sentir cómo se le cortaba la voz, cómo su vientre se tensaba bajo el mío y cómo se entregaba por completo a la fricción constante me llevó directo al límite. Aumenté la velocidad, buscando el ángulo exacto que la hacía arquearse y soltar gemidos descontrolados, hasta que ambos colapsamos juntos en un orgasmo violento y prolongado que nos dejó sin aliento, vibrando en el centro de la cama.

Nos quedamos suspendidos en ese instante, el sudor pegando nuestras pieles mientras el aire regresaba lentamente a nuestros pulmones. No me separé de ella; me mantuve allí, atrapado en su calidez, bajando la cabeza para besar sus labios con una lentitud tierna, dándole picos suaves en las comisuras, en la nariz, en los párpados. Emily sonreía con los ojos cerrados, acariciándome la espalda con las yemas de los dedos en un gesto perezoso y pacífico.

¡Riiing! ¡Riiing!

El sonido agudo y estridente del tono de llamada de su iPhone rompió la burbuja mística de la habitación de golpe. Emily abrió un ojo, quejándose bajito.

—Ignóralo... —murmuré contra su cuello, dándole un beso perezoso—. Quienquiera que sea, no tiene un contrato de exclusividad conmigo esta tarde.

—Mason, es el tono de FaceTime de mi familia —dijo ella, su voz recuperando un poco de la lucidez habitual mientras estiraba el brazo hacia la mesa de noche. Al mirar la pantalla, sus ojos azules se abrieron de par en par—. Mierda. Es mi padre. Una videollamada.

El pánico santo del novio promedio me golpeó el pecho. Nos separamos a los tropezones. Me deslicé fuera de ella, estirando el brazo hacia el altavoz para bajar la música al mínimo, dejándola como un hilo imperceptible de fondo. Emily saltó de la cama como si el colchón quemara; agarró lo primero que encontró, que resultó ser mi camisa de botones azul claro que estaba colgada en la silla, se la puso a toda velocidad abotonándose los tres botones del centro y se pasó las manos por el cabello rubio, intentando aplacar el desastre glorioso que mis dedos habían dejado en su melena.

Se sentó en el borde de la cama, enderezando la espalda con esa postura pulcra de hercedera neoyorquina, respiró hondo dos veces para normalizar su ritmo cardíaco y finalmente deslizó el dedo por la pantalla para contestar.

—¡Hola, papá! Buenas tardes —saludó Emily, con una sonrisa tan perfecta y natural que casi me hace aplaudir de pie por su capacidad de actuación.

Desde donde yo estaba acostado, de lado y tapado hasta la cintura con la sábana, alcancé a ver la pantalla del teléfono. Al otro lado se encontraba Liam Carrington. El hombre no encajaba para nada con el monstruo corporativo que yo me había imaginado en mi cabeza; se veía como un buen padre, un hombre de negocios elegante, maduro, pero con unas líneas de expresión marcadas por la sonrisa y una mirada profundamente cálida al ver a su hija.




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