El Quarterback y La chica imposible

El espejo roto

Emily

El regreso a la universidad trajo consigo el habitual cielo gris de enero y el aire gélido que te congelaba los pulmones al cruzar el campus, pero dentro de mí todavía se sentía la calidez de Nueva York. La semana en la casa de campo de mi padre había sido, contra todo pronóstico, una de las mejores de mi vida. Ver a Liam Carrington compartir su whisky más selecto con un chico de veinte años que vestía sudaderas de los Bulldogs, y verlos reír frente a la chimenea discutiendo sobre estrategias de juego, había sido surrealista. Mi padre y Mason se llevaban de maravilla; se habían despedido con un abrazo firme y la promesa de volver a verse para el Draft.

Ahora, de vuelta a nuestra burbuja universitaria, estábamos refugiados en la habitación de Mason en la fraternidad. Afuera soplaba un viento helado, pero nosotros estábamos envueltos en una enorme manta de lana sobre su cama, viendo una película de la que apenas prestaba atención.

—Johnson, te estás comiendo todo el chocolate y esa era mi cuota de carbohidratos de la semana —protesté en un susurro, dándole un golpe flojo en el pecho mientras me acurrucaba más contra su costado.

—La ley del mariscal, Carrington —se burló, rodeándome con su brazo fuerte y dándome un beso perezoso en la sien—. El que tiene el control de la cama tiene el control de los suministros. Además, mírate, estás tan cómoda que dudo que puedas mover un músculo para defenderlos.

—Es una estrategia de ahorro de energía —le devolví el coqueteo, levantando la vista para mirarlo. Sus ojos verdes brillaban con esa chispa juguetona que me desarmaba—. Y tú eres un excelente radiador humano, tengo que admitirlo.

—Ah, ¿así que solo me usas por mi calor corporal? —fingió indignación, inclinándose para robarme un beso rápido, dulce, que luego extendió con caricias lentas en mi cintura, haciéndome reír por las cosquillas—. Eres implacable, jefa.

El timbre de la entrada principal de la fraternidad interrumpió nuestro momento. Mason soltó un suspiro dramático, destapándose a medias.

—Esa debe ser la pizza. No te muevas, no dejes que el lado frío de la cama gane terreno. Regreso en dos minutos —me advirtió con un guiño antes de salir de la habitación, dejando la puerta entornada.

Me acomodé entre las sábanas, disfrutando del silencio, cuando un zumbido constante empezó a vibrar desde el escritorio de madera que estaba al otro lado del cuarto. El teléfono de Mason estaba iluminando la habitación. Me levanté, arrastrando la manta sobre mis hombros, y caminé descalza hacia allí. En la pantalla parpadeaba el nombre de Asher.

Deslicé el dedo para contestar, llevándome el teléfono al oído.

—¿Johnson? ¡Maldita sea, hermano, tienes que escucharme! —la voz de Asher llegó cargada de una adrenalina pura que casi me hace apartar el celular—. ¡Sucedió! ¡La jugada ofensiva funcionó a la perfección!

—Hola, Asher. Mason bajó a buscar la pizza, habla Emily —dije, soltando una risita por su evidente entusiasmo.

—¡Oh, Emily! Qué bueno que eres tú, de hecho, tú tienes la mitad del crédito en esto —exclamó mi amigo, y juraría que podía oír su sonrisa gigante a través de la línea—. ¡Britney y yo somos oficiales! La invité a la galería el jueves, tal como me dijiste. Hablamos durante horas, luego fuimos por un café y anoche... bueno, anoche le pedí que fuera mi novia y me dijo que sí. ¡Soy un hombre comprometido, Carrington!

—¡Asher, eso es fantástico! —lo felicité de corazón, sintiendo una genuina alegría por él—. Te lo dije, solo necesitabas un poco de estrategia y dejar de lado las alitas de pollo. Me alegro muchísimo por ambos. Britney es una chica increíble.

—La mejor. Bueno, dile a Mase que me llame luego, que tenemos que celebrar. ¡Adiós, jefa!

Cuelgúe el teléfono con una sonrisa, disponiéndome a dejarlo en su lugar sobre el escritorio, cuando mis ojos se fijaron en el bote de basura de metal que estaba justo al lado de las patas de la mesa. Sobresaliendo del borde, arrugado a medias, había un trozo de papel de libreta con mi nombre escrito de puño y letra de Mason.

La curiosidad —o quizás ese instinto analítico que nunca podía apagar— me obligó a agacharme y tomarlo. Lo estiré con cuidado sobre la madera del escritorio. No eran notas de fútbol, ni un itinerario. Era el borrador de un poema.

Lo leí en silencio, y con cada línea, mi corazón dio un vuelco violento:

No sé en qué momento el orden se volvió un desastre, ni cómo tus ojos azules reescribieron mis domingos. Llegaste con tus reglas, tus silencios y tus libros, a enseñarle a un mariscal lo que es perder el rumbo.

Le temes al caos, pero eres mi tormenta perfecta, la única jefa que no necesito cuestionar. Gané muchos partidos, pero mi mayor victoria es ver que tu sonrisa por fin aprendió a jugar. Te quiero, Emily, sin esquemas ni contratos, en cada espacio libre que me dejes habitar.

Me quedé congelada, con el papel temblando sutilmente entre mis dedos. El poema era hermoso, tierno, tosco en algunas rimas pero de una honestidad tan pura que me oprimió el pecho. Sentí una oleada de calor seguida de un frío helado que me recorrió la columna vertebral.

En ese trozo de papel arrugado estaba la prueba irrefutable de que los sentimientos de Mason eran completamente reales. Él no estaba jugando. Él me amaba de una forma limpia, profunda, sin dobles intenciones.

Y justo ahí, el peso de la culpa me golpeó como un camión de frente. El remordimiento, ese monstruo silencioso que había intentado ignorar durante las últimas semanas, me carcomió el estómago con una fuerza devastadora.

¿Cómo empezó todo esto? recordé con amargura. Empezó como un pacto falso, una mentira estructurada para salvar mi reputación frente a la junta directiva y la suya frente al entrenador. Una estrategia fría y calculada en un pedazo de papel. Él se había enamorado de verdad, había entregado su corazón a cambio de un engaño que nosotros mismos habíamos diseñado. El peso de la farsa se sintió de repente demasiado denso, demasiado sucio. ¿Qué pasaría cuando descubriera que lo que ahora era el sentimiento más noble de su vida había nacido de una simple conveniencia corporativa?




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