El Quarterback y La chica imposible

Fiesta Pre-final de temporada

Mason

La música de los altavoces exteriores hacía temblar las barandillas de madera de la casa del lago de Asher. El lugar era una locura: tres pisos, un muelle privado que daba al agua oscura de la noche y espacio suficiente para albergar a media universidad. Faltaban solo unos días para la gran final de la temporada y el ambiente estaba cargado de una adrenalina eléctrica.

—¡Johnson, atrapa! —gritó Logan, lanzándome una botella de vodka desde el otro lado de la barra de la cocina.

La atrapé en el aire con una mano, sin apenas mirar. —Cuidado, Logan. Si rompes el inventario antes de que lleguen los invitados, Asher te va a usar como carnada en el lago.

—Por favor, esta es la fiesta pre-final más grande de la historia de los Bulldogs —dijo Asher, apareciendo con una hielera gigante sobre el hombro y una sonrisa de oreja a oreja—. El licor está asegurado, la lista de reproducción de Sky está lista y el equipo necesita descontrolarse un poco antes del partido del sábado. ¡Cooper, enciende las luces del patio!

—¡Voy! —gritó Jayden desde la terraza, y un segundo después, una red de luces amarillas se encendió sobre el muelle, iluminando las mesas llenas de vasos rojos.

Dos horas más tarde, la casa del lago era un hervidero de gente. Estudiantes de todas las facultades abarrotaban las habitaciones, la música dance retumbaba en las paredes y el alcohol corría libremente. Yo estaba cerca de la piscina comunitaria, con un vaso rojo en la mano, riendo con un grupo de linieros de la ofensiva que recordaban una jugada graciosa del entrenamiento.

—Hola, Mason —una voz suave y melodiosa interrumpió la conversación.

Me giré. Era una chica de la facultad de comunicaciones, una rubia que solía ver en el gimnasio. Llevaba un vestido ajustado y me miraba con una sonrisa que no dejaba mucho a la imaginación. Se inclinó un poco hacia mí, acortando el espacio personal.

—Hola, Chloe —respondí con cortesía, dando un sutil paso atrás para mantener la distancia.

—Vaya, es casi imposible encontrarte solo esta noche —dijo ella, pasando un dedo por el borde de su vaso y mirándome fijamente a los ojos—. Pensé que el mariscal de campo estrella querría celebrar de verdad antes del gran partido. Hay una terraza bastante tranquila en el piso de arriba... si te interesa cambiar de ambiente.

Era una invitación directa, descarada. En otros tiempos, antes de que cierta chica neoyorquina obsesionada con el orden pusiera mi mundo de cabeza, probablemente habría aceptado. Pero ahora, ni siquiera me causaba el más mínimo interés. Sonreí de lado, rascándome la nuca con honestidad.

—Te agradezco la oferta, Chloe, de verdad —le dije, manteniendo un tono firme pero educado—. Pero la verdad es que estoy esperando a alguien. Estoy muy, muy enamorado de mi chica, y no la cambiaría ni por la terraza más exclusiva del mundo.

Chloe pestañeó, sorprendida por la contundencia de mi respuesta. Soltó una risita resignada. —Vaya. La famosa Emily Carrington realmente te tiene amarrado, ¿eh? Suerte en el partido, Johnson.

—Gracias —le guiñé un ojo mientras ella se alejaba perdiéndose entre la multitud.

Justo en ese momento, vi movimiento cerca de la entrada principal. Mi corazón dio un vuelco. Emily acababa de llegar. Había tenido que pasar la tarde con su padre en una reunión de negocios de último minuto en el centro, pero finalmente estaba aquí. Llevaba unos jeans ajustados, una chaqueta de cuero negra y el cabello rubio le caía en ondas perfectas sobre los hombros. Se veía jodidamente hermosa, como un oasis de elegancia en medio de nuestra caótica fiesta salvaje.

Me abrí paso entre la gente a zancadas, ignorando a los que me llamaban para chocar vasos. Llegué hasta ella y, sin importarme que medio campus nos estuviera mirando, la tomé por la cintura y la elevé un poco del suelo, pegando su cuerpo al mío.

—¡Johnson! Me vas a tirar —se rio ella, sosteniéndose de mis hombros mientras la bajaba.

—Te extrañé demasiado, jefa —le susurré contra los labios antes de sellar nuestra distancia con un beso profundo, posesivo y lleno de una ternura que me quemaba el pecho.

Emily soltó un suspiro y se entregó al beso, enredando sus dedos en mi nuca. Sus labios sabían frescos, perfectos. Cuando nos separamos, la mantuve abrazada por la cintura, llenándola de mimos, dándole pequeños picos en la mejilla y en la nariz mientras ella me miraba con esos ojos azules llenos de adoración.

—Hueles un poco a cerveza, mariscal —me bromeó, arreglándome el cuello de la camisa con ese gesto tan suyo—. ¿Cuánto has tomado?

—Lo suficiente para tener el valor de decirte que eres la mujer más hermosa de este lugar —le respondí de forma descarada, ganándome una de sus sonrisas perfectas—. Ven, tienes que estar conmigo.

La noche avanzó y, para ser sincero, el alcohol empezó a hacer un efecto total en mí. Estaba borracho, pero de esa forma alegre y eufórica que te hace sentir invencible. Estaba en la gloria. Tenía a mis hermanos del equipo al lado, la final a la vuelta de la esquina y a la mujer de mi vida sosteniéndome la mano.

—¡Un brindis por el número 10! —gritó Asher, subiéndose a una silla con un tarro de cerveza—. ¡El hombre que va a destruir la defensa enemiga el sábado!

—¡Por Mason! —corearon Logan y Jayden, chocando sus vasos conmigo.

—¡Los quiero, malditos simios! —les grité yo, riendo a carcajadas, abrazando a Logan por el cuello mientras derramaba un poco de mi bebida—. ¡Vamos a ganar ese anillo de campeonato! ¿Verdad, Emily? ¡Diles que vamos a destrozarlos!

Emily se reía de mí, negando con la cabeza pero con una mirada tan tierna que me derretía el alma. —Sí, Johnson. Vas a destrozarlos. Pero ahora, creo que necesitas un poco de aire fresco antes de que intentes saltar al lago desde el techo.

—Buena idea, jefa —acepté, arrastrando las palabras sutilmente.




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