El Quarterback y La chica imposible

El Picnic

Emily

Me miré al espejo por tercera vez en los últimos cinco minutos, alisando la caída del vestido azul cielo. Era corto, de una tela suave y suelta que se movía con el más mínimo viento, justo lo necesario para una tarde calurosa de primavera. Dejé mi cabello rubio completamente suelto, cayendo en ondas naturales sobre mis hombros, y como toque final, deslicé una pequeña flor blanca de papel —un detalle delicado que Sky me había ayudado a armar— justo detrás de mi oreja izquierda. Me calcé unas sandalias bajas de tiras blancas, sintiéndome extrañamente ligera.

—A ver, Em, da una vuelta —ordenó Skyler desde mi cama, dejando de lado su computadora portátil.

Di un giro lento, haciendo que el vuelo del vestido se elevara sutilmente. Sky soltó un silbido de aprobación.

—Jefa, vas a provocarle un paro cardíaco al mariscal de campo. Ese color te hace resaltar los ojos de una manera casi ilegal. Y la flor... es el toque perfecto de 'miren lo hermosa y relajada que soy'.

—Solo quería ponerme algo cómodo para el clima de hoy, Sky —respondí, intentando mantener mi tono formal de negocios, aunque una sonrisa delatadora se me escapó—. Mason dijo que tenía una sorpresa y que no requería código de vestimenta corporativo.

—Sí, claro, "cómoda" —se burló ella, guiñándome un ojo—. Admite que estás loca por él y que quieres que se le caiga la baba. Lo cual, por cierto, va a pasar en cuanto cruce esa puerta.

El sonido de tres golpes firmes en la puerta interrumpió nuestras risas. Mi corazón dio un vuelco idiota, exactamente igual que la primera vez.

—¡Yo abro! —gritó Sky, saltando de la cama con una agilidad impresionante.

Abrió la puerta de golpe, dejando ver a Mason parado en el pasillo. Llevaba unos jeans oscuros, una playera polo de punto color crema que acentuaba sus hombros anchos y esa sonrisa de medio lado que me derretía las neuronas. En cuanto Sky se hizo a un lado y yo salí de la habitación, Mason se quedó congelado a mitad de un saludo.

Abrió un poco los ojos, su mirada viajó de mis sandalias hasta la flor en mi cabello, y de inmediato se llevó una mano al pecho, justo sobre el corazón, tambaleándose dramáticamente hacia atrás.

—Maldita sea, Carrington... —susurró, con una voz ronca y exagerada—. Creo que acabo de sufrir una baja en mis signos vitales. ¿Hay algún médico en el edificio?

Solté una carcajada limpia, sintiendo el calor subiendo por mis mejillas mientras caminaba hacia él. —No seas ridículo, Mason. Es solo un vestido.

—No es "solo un vestido", es un ataque directo a mi estrategia de juego —corrigió él, atrapándome por la cintura en cuanto estuve a su alcance, ignorando por completo a Sky, que rodaba los ojos con diversión de fondo—. Te ves... jodidamente hermosa, Emily. En serio. Esa flor me va a volver loco toda la tarde.

—Tú tampoco te ves nada mal, mariscal —le devolví el cumplido, acomodándole el cuello de la playera mientras me empinaba un poco para darle un beso corto en los labios, sabor a menta y a expectativa—. Ahora, sácame de aquí antes de que Skyler empiece a cobrarnos comisión por el espectáculo romántico.

—¡Disfruten, tortolitos! ¡No regresen muy tarde! —nos gritó Sky antes de cerrarnos la puerta.

El destino de Mason resultó ser el Jardín Botánico de la ciudad, un rincón enorme y alejado del bullicio del campus que yo ni siquiera sabía que existía. Cruzar las rejas de piedra fue como entrar a otra dimensión. No había entrenadores furiosos, no había libros de texto de Ética, no había juntas directivas de mi padre, ni murmullos en los pasillos sobre apuestas o contratos. Solo el aroma dulce de las azaleas en flor, el sonido del agua corriendo por los canales de piedra y el cielo despejado.

Mason me guio de la mano por los senderos de tierra hasta una zona apartada, un pequeño prado verde oculto detrás de una hilera de sauces llorones, justo al lado de un estanque con lirios. Para mi sorpresa, de su mochila deportiva no sacó equipamiento de fútbol, sino una manta de cuadros escoceses y una canasta de mimbre.

—No me digas que el gran Mason Johnson preparó un picnic —le dije, cruzándome de brazos con una sonrisa divertida mientras él extendía la manta con una destreza sospechosa.

—Tengo muchas habilidades ocultas, Carrington —replicó, sentándose y dándole un golpe al espacio vacío a su lado—. Ven aquí.

Me senté a su lado, acomodando el vestido azul alrededor de mis piernas. Mason empezó a sacar cosas de la canasta: sándwiches perfectamente cortados (sin las orillas, exactamente como me gustaban), uvas, una botella de té helado y un par de fresas con chocolate.

—A ver, auditemos esto —bromeé, tomando un sándwich—. ¿Tú cortaste esto o contrataste los servicios de Asher?

—Oye, heriste mi orgullo de buen cocinero —se quejó, fingiendo dolor mientras me acercaba el té—. Los hice yo mismo a las siete de la mañana. Me aseguré de que cumplieran con todos tus estándares de calidad. Si encuentras una sola imperfección, acepto una penalización.

—¿Ah, sí? ¿Qué tipo de penalización, mariscal? —le pregunté, dándole un mordisco al sándwich mientras lo miraba de reojo, sintiéndome extrañamente atrevida.

Mason dejó su vaso a un lado, inclinándose hacia mí con lentitud. Sus ojos verdes se oscurecieron sutilmente, fijos en mis labios. —El tipo de penalización que incluye que me dejes besarte cada vez que rompas una regla de etiqueta esta tarde. Por ejemplo, acabas de hablar con la boca medio llena, jefa. Eso es una falta grave en tu manual.

—Eso fue porque no quería quedarme callada, eres un aprovechado—me reí, pero no retrocedí cuando su mano grande se posó en mi nuca, acariciando mi piel por debajo del cabello suelto.

—Soy un hombre de negocios, Emily. Aprovecho las oportunidades del mercado —susurró, justo antes de unir nuestros labios en un beso lento, tibio, que se prolongó hasta que el sonido de las hojas de los sauces fue lo único que quedó de fondo.




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