El Quarterback y La chica imposible

La sombra del padre

Emily

Salí de la facultad de Ciencias Económicas con el portafolios en la mano y el ritmo acelerado. El sol de la tarde caía sobre el campus, pero mi mente estaba fija en un solo lugar: el campo de prácticas de los Bulldogs. Había sido una semana intensa de exámenes, y lo único que quería era ver a Mason.

Cuando llegué a las gradas laterales, el sonido de los silbatos, los gritos del entrenador Wolf y el choque de las hombreras inundaron mis sentidos. El campo olía a césped cortado y a adrenalina pura. No tardé ni dos segundos en divisar el jersey blanco con el número 10.

Mason estaba en el centro del emparrillado, dando indicaciones a la ofensiva. Como si tuviera un radar interno, giró la cabeza hacia mi dirección en cuanto me senté. Se levantó sutilmente la mica del casco y me dedicó una sonrisa descarada, guiñándome un ojo antes de volver a concentrarse en la jugada. Sentí el habitual vuelco en el estómago.

A unos metros, los chicos notaron mi llegada. Logan me miró desde la línea y me guiñó un ojo a modo de saludo, acomodándose el casco. Asher, siendo Asher, pegó un grito emocionado que resonó en media tribuna:

—¡Miren, llegó la jefa! ¡Ahora sí tenemos que correr bien o nos va a auditar las yardas!

Solté una risita limpia. Cerca de la banca, Jayden me saludó brevemente con la mano antes de darse la vuelta para seguir hablando animadamente con Skyler, que también estaba allí esperándolo, sentada en una de las gradas bajas con sus auriculares al cuello.

Cuando el entrenador Wolf cantó un breve descanso de cinco minutos, Mason corrió hacia mí. Estaba empapado en sudor, con la respiración agitada y las mejillas encendidas.

—Te tardaste, Carrington —me provocó, apoyando las manos en sus rodillas y mirándome desde abajo—. Ya estaba pensando en mandar a la línea ofensiva a buscarte a tu salón.

—Tenía que entregar un ensayo de macroeconomía, Johnson. Alguien en esta relación debe mantener el promedio de la universidad —le respondí con tono corporativo, aunque estiré la mano para pasarle una toalla limpia—. Concéntrate. El entrenador te está mirando.

—Tú eres mi única distracción —susurró con voz ronca, robándome un beso rápido y casto en los labios antes de ponerse el casco de nuevo—. Mira con atención la siguiente jugada. Va por ti.

Regresó al campo y me quedé allí, observándolo entrenar junto al resto del equipo. Era impresionante. Verlos en acción te hacía entender por qué eran los favoritos del estado; la precisión de Mason para lanzar el ovoide, la velocidad de Asher y la fuerza de la línea eran un espectáculo de élite. Son muy buenos, pensé con orgullo, perdiéndome en la fluidez de sus movimientos.

Al terminar la sesión, caminamos juntos por el pasillo interior que conducía a los vestidores del complejo atlético. El eco de nuestros pasos y las risas de otros jugadores se escuchaban a lo lejos. Mason llevaba el casco en una mano, usando la otra para rodear mi cintura de forma posesiva mientras compartíamos comentarios coquetos sobre el entrenamiento.

—Insisto en que esa última recepción de Asher fue pura suerte, Emily. Mi pase fue una obra de arte geométrica —decía, riendo con complicidad.

—Yo diría que fue un pase sutilmente desviado, mariscal. Pero te daré el crédito por el esfuerzo.

Nuestra burbuja de risas y coqueteo se reventó en un milisegundo al doblar la esquina del pasillo principal.

A unos metros de la oficina del cuerpo técnico, el entrenador Wolf estaba conversando con un hombre. Al escuchar nuestros pasos, ambos se giraron. En cuanto mis ojos se posaron en el extraño, me quedé completamente congelada.

Era la primera vez que veía al padre de Mason en persona. El parecido físico entre ambos era abrumador, casi irreal: la misma estatura imponente, los hombros anchos de atleta, la estructura cuadrada de la mandíbula y esos ojos verdes tan característicos. Sin embargo, donde en Mason había calidez y brillo, en este hombre solo había una rigidez de piedra.

Su rostro se transfiguró en una mueca de absoluto enojo en cuanto vio a su hijo sosteniéndome por la cintura. Mason se tensó a mi lado de inmediato; sentí cómo su brazo se deslizaba fuera de mi cuerpo, adoptando una postura rígida, casi de soldado.

El hombre caminó hacia nosotros a pasos firmes, ignorándome por completo, como si yo fuera un mueble en el pasillo. Se detuvo a escasos centímetros de Mason, clavándole una mirada cargada de desprecio.

—Así que aquí es donde pasas las horas después de las clases —soltó el padre de Mason, con una voz profunda, gélida y cortante que me hizo dar un paso atrás por el instinto de protección—. Exijo que dejes de perder el tiempo con chicas, Mason. ¿Para esto te envié a esta universidad? ¿Para que andes jugando al novio perfecto por los pasillos?

El pasillo pareció quedarse sin aire. Miré a mi novio de reojo; su mandíbula estaba tan apretada que temí que se fuera a romper un diente.

—Papá, ella es Emily... —intentó introducir Mason, manteniendo la voz extrañamente controlada, pero su padre lo interrumpió con un desdén brutal.

—No me interesa quién es —escupió el hombre, cruzándose de brazos—. He estado revisando tus estadísticas de los últimos tres meses. Tu promedio de puntos por partido ha bajado sutilmente, mientras que los números de tus amigos, de Kingsley y de Cooper, han subido. ¿Qué demonios te pasa? Estás descuidando tu rendimiento. Al menos debes tener buenos resultados si pretendes que los cazatalentos de la NFL sigan tomando en serio tu nombre. No voy a permitir que arruines tu futuro por una distracción.

La humillación flotaba en el aire, densa, injusta y cruel. No podía creer lo que estaba presenciando. Mi propio padre era un hombre de negocios implacable, un tiburón corporativo, pero jamás, ni en sus peores días, me habría tratado con semejante frialdad y desprecio frente a terceros.




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