El Quarterback y La chica imposible

El escudo Emily

Mason

No lo iba a negar: mis padres vivían en una casa lujosa. Cómodamente lujosa. No era el minimalismo frío y cortante de los apartamentos de Park Avenue que Emily frecuentaba en Nueva York, sino una propiedad imponente de ladrillo y madera noble, con techos altos, alfombras densas que amortiguaban los pasos y obras de arte seleccionadas que le daban un aire de opulencia sutil. Era el reflejo del éxito de mi padre y del gusto refinado de mi madre. Un lugar donde el dinero se notaba en los detalles, pero que seguía sintiéndose como un hogar. O al menos, lo intentaba.

Nos sentamos a la mesa a cenar. El comedor formal estaba iluminado por una lámpara de cristal que proyectaba una luz cálida sobre la vajilla de porcelana. La lasaña de mi madre humeaba en el centro, rodeada por el pan de ajo y copas de vino. Estábamos todos acomodados —Emily a mi lado, Sky frente a nosotros con Jayden— esperando el elemento que siempre cambiaba la presión atmosférica de cualquier habitación.

El sonido de la puerta principal cerrándose ecoó en el vestíbulo. Pasos firmes, decididos.

Arthur Johnson entró al comedor. Vestía un traje de sastre impecable, con la corbata sutilmente floja después de un largo día en la firma. A pesar de la rigidez implacable que proyectaba en el campus o en sus negocios, en cuanto sus ojos se posaron en mi madre, su expresión se suavizó por completo. Caminó directo hacia ella, la tomó por la cintura y le plantó un beso apasionado en los labios, un gesto cargado de un amor genuino y posesivo que mantenían intacto después de tantos años. Mi padre era un hombre estricto, un bloque de piedra con el resto del mundo, pero amaba con locura a su esposa y a su hija.

—Buenas noches a todos —dijo, separándose de mamá con una sutil sonrisa—. Skyler, mi niña.

—¡Papá! —Sky se levantó a medias y recibió un beso afectuoso en la coronilla de su parte.

—Hola, Jayden. Un gusto tenerte aquí —saludó mi padre, estrechando la mano de Cooper con firmeza antes de fijar sus ojos verdes en mi novia—. Y tú debes de ser Emily Carrington. Tu padre me llamó esta mañana para asegurarse de que hubieras llegado bien. Un placer tenerte en nuestra mesa.

—El placer es mío, señor Johnson. Muchas gracias por su hospitalidad —respondió Emily, enderezando la espalda con esa elegancia innata que parecía domar cualquier ambiente.

La cena comenzó formalmente. Al principio, la dinámica fue sorprendentemente fluida. Charlábamos de todo: de los proyectos de Sky en la facultad de arte, de las anécdotas de Jayden en las fraternidades y del clima. Jayden, intentando mantener la diplomacia y ganarse puntos con el suegro, no tardó en elogiar a mi padre en cuanto este mencionó un caso financiero reciente.

—De verdad, señor Johnson, leí sobre el último acuerdo de fusión que manejó su firma en los periódicos locales —comentó Jayden, gesticulando con entusiasmo—. La estrategia de reestructuración fue una genialidad. En la facultad de administración nos ponen sus casos como ejemplo de cómo cerrar un trato bajo presión.

Mi padre asintió, visiblemente complacido, dando un sorbo a su copa de vino. —La clave en los negocios, Jayden, es no parpadear. El mercado huele el miedo, igual que una defensa en la yarda veinte. Si dudas un solo segundo, te pasan por encima.

Y ahí fue donde la burbuja se reventó. La palabra "defensa" fue el gatillo. Mi padre dejó la copa sobre la mesa, entrelazó los dedos y desvió su mirada letal directamente hacia mí.

—Lo que me recuerda, Mason... —comenzó a hablar de fútbol, con ese tono analítico y frío que yo tanto temía—. Estuve repasando los videos del último partido contra Kentucky. Tu toma de decisiones en el tercer cuarto fue peligrosamente lenta. Tardaste más de cuatro segundos en soltar el ovoide en la jugada de opción, y gracias a eso le permitiste al ala defensiva colarse por el lado ciego. Si repites ese error el sábado en la final, nos van a destrozar la ofensiva en los primeros dos cuartos.

Resoplé con fuerza, sin poder evitarlo. El sonido cortó la conversación de la mesa de golpe. A mi lado, sentí la mirada inmediata de Emily, fijos sus ojos azules en mi perfil, evaluando mi reacción. Me recosté contra el respaldo de la silla, cruzándome de brazos, asumiendo la postura mental de quien ya está listo para recibir el sermón de siempre.

—Papá, ya basta —le dije, intentando mantener la voz baja, controlada—. Acabamos de sentarnos a cenar. Estamos con Emily y Jayden. ¿Podemos tener una sola noche libre de estadísticas y videos de juego?

Pero Arthur Johnson no se detuvo. Al contrario, frunció el ceño, endureciendo la mandíbula.

—No hay noches libres cuando estás a un paso del Draft, Mason. Tu rendimiento no es un tema de conversación de fin de semana, es tu futuro —insistió mi padre, elevando sutilmente la voz, ignorando el ambiente familiar—. Lo que vi en ese campo no fue el juego de un mariscal de primera ronda. Te estás ablandando. Estás perdiendo el instinto asesino que te llevó a la titularidad, y todo porque pareces más concentrado en lo que pasa fuera de la cancha que en el libro de jugadas.

—¡Papá, por favor, para! —intervino Sky desde el otro lado, con un tono suplicante—. Es una cena familiar. No empieces con esto ahora.

Mi padre ni siquiera la escuchó. Su atención seguía clavada en mí, hundiéndome el dedo en la llaga frente a mi novia. —Si tus amigos están subiendo en puntos y tú te estás quedando estancado, es porque algo te está distrayendo, Mason. Y no voy a sentarme a ver cómo tiras a la basura años de entrenamiento por pura complacencia.

Apreté los puños debajo de la mesa, listo para estallar, listo para levantarme y mandar la cena al demonio. Pero no tuve necesidad de hacerlo.

—Disculpe, señor Johnson —una voz clara, firme y gélida como el hielo de Nueva York cortó el aire del comedor de golpe.

Me giré a mirarla. Emily se había enderezado por completo en su silla. No tenía un solo rastro de timidez; al contrario, proyectaba esa misma autoridad implacable que usaba cuando manejaba las finanzas del campus o cuando se enfrentaba a las juntas directivas. Sus ojos azules estaban fijos en mi padre, brillando con una intensidad protectora que me dejó sin aliento. Emily se había convertido en mi escudo.




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