Emily
El aire acondicionado de mi habitación mantenía la temperatura fresca, pero el ambiente sobre la cama era completamente opuesto. Estaba apoyada contra las almohadas, con Mason semiacostado a mi lado, sosteniendo el control remoto con una sonrisa de absoluta picardía. Para mi total sorpresa, el mariscal de campo con mentalidad de atleta estratégico había insistido en poner una película bastante subida de tono: Cincuenta sombras de Grey.
—Johnson, insisto en que esto no aporta nada a tus habilidades de lectura de campo —le bromeé, mirando la pantalla donde las escenas iniciales ya sugerían la tensión entre los protagonistas—. ¿Esta es tu idea de una tarde de relajación cinematográfica?
—Es un análisis de tácticas de juego avanzadas, Carrington —replicó él, tirando el control a un lado y girándose por completo hacia mí. Sus ojos verdes brillaban con un descaro absoluto—. Además, el manual del buen novio dice que hay que explorar diferentes géneros. Mira esa escena... El tipo tiene el control absoluto de la situación. Muy disciplinado. Me recuerda a alguien que conozco en el comité de finanzas.
Solté una carcajada limpia, empujándolo levemente por el hombro. —Eres un tonto, Mason. Christian Grey no tiene que lidiar con auditorías mensuales.
—No, pero apuesto a que a él no lo provocan con miradas de jefa como a mí —susurró, acortando la distancia.
Su mano grande y cálida se coló por debajo del borde de mi camiseta, acariciando la piel de mi muslo con una lentitud tortuosa que me erizó la piel. Sus dedos subieron con firmeza posesiva por mi cadera, delineando mi cintura mientras sus labios empezaban a trazar un camino de besos húmedos por mi mandíbula. No me quedé atrás; mis manos viajaron por sus hombros anchos, enredándose en su cabello rubio, atrayéndolo hacia mí mientras ambos nos manoseábamos con una urgencia que la película solo se encargaba de potenciar. La fricción de nuestros cuerpos y el descaro de sus caricias me encendieron la sangre de golpe.
Me separé de sus labios con un gemido suave, deteniendo sus manos justo cuando amenazaban con quitarme la ropa. Lo miré con una sonrisa traviesa, el pulso acelerado.
—Espera... Quédate justo ahí —le ordené, dándole un sutil golpe en el pecho—. Voy a mostrarte algo. Una verdadera lección de control.
Mason se recostó contra la cabecera de la cama, cruzándose de brazos con una ceja levantada y una sonrisa de medio lado que desbordaba anticipación. —A sus órdenes, jefa. Sorpréndeme.
Caminé hacia el baño con paso firme. Del fondo de mi cajón saqué un conjunto de lencería de encaje rojo encendido que había comprado en Nueva York pero que nunca había tenido el valor de usar: un sostén de copa media que realzaba mis curvas y una tanga a juego que se ajustaba a mis caderas. Me solté el cabello rubio, dejando que cayera salvaje sobre mis hombros, y salí de la habitación.
En cuanto crucé el umbral, la reacción de Mason pagó cada centavo de ese conjunto. Se quedó completamente mudo. Su mirada devoró cada centímetro de mi piel, sus ojos verdes se oscurecieron de inmediato por el deseo puro y su mandíbula se tensó de una forma brutal. Estaba completamente loco por lo que veía. Me dirigí al sonido y puse la canción de Heaven
—Mierda, Emily... —gruñó, con una voz tan ronca que pareció una vibración en el aire. No esperó a que yo diera un paso más; saltó de la cama como un depredador y me atrapó antes de que pudiera parpadear.
La tensión contenida explotó en un segundo, dando paso a un encuentro rudo, intenso y sumamente apasionado. Mason me empujó suavemente contra la pared adyacente a la cama, devorando mi boca con un beso salvaje, hambriento, que me hizo jadear. Sus manos se movieron con una urgencia implacable, desnudándome en cuestión de segundos; arrancó el encaje rojo con una destreza posesiva, dejando mi cuerpo completamente expuesto bajo la luz tenue del cuarto.
Me alzó de los muslos, obligándome a enredar mis piernas alrededor de su cintura mientras me besaba el cuello, el pecho, descendiendo por mi vientre con lametones y mordiscos suaves que me hacían arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros perfectos. Nos dejó caer sobre el colchón sin romper el ritmo de su boca.
Mason bajó por mi cuerpo, besando la parte interna de mis muslos, abriéndome con suavidad pero con una determinación absoluta. Se posicionó entre mis piernas y me miró desde abajo antes de inclinar la cabeza. Cuando su lengua hizo contacto directo conmigo, el mundo se desvaneció. El sexo oral que me hizo fue algo de otro planeta, increíble, una tortura deliciosamente húmeda y precisa. Sus dedos se enterraron en mis caderas para sostenerme firme mientras su lengua se movía con un ritmo experto, lamiendo y succionando mi punto más sensible hasta hacerme temblar por completo.
—Mason... por favor, ya... —suplicé, con la voz rota, tirando de su cabello hacia arriba porque sentía que iba a perder el conocimiento de tanto placer.
Él levantó la vista, con los labios húmedos y una sonrisa cargada de un erotismo puro. —¿Quién tiene el control ahora, Carrington? —me provocó, con la respiración entrecortada.
Se estiró hacia la mesa de noche, se colocó la protección con rapidez y regresó a mí. Esta vez no hubo la lentitud pausada de nuestras primeras veces; el ambiente exigía intensidad. Se hundió en mí de una sola embestida, profunda, dura y certera. Solté un grito ahogado contra su hombro mientras él comenzaba a moverse con una fuerza arrolladora, un vaivén rudo y rítmico que hacía que la cabecera de la cama golpeara rítmicamente contra la pared.
Nuestros cuerpos sudorosos chocaban con un eco húmedo y caliente en la habitación. Cada vez que me penetraba, sentía una descarga eléctrica que me recorría la columna vertebral; me aferré a sus bíceps perfectos, elevando las caderas para recibir el impacto completo de sus movimientos. Las palabras coquetas se transformaron en jadeos, órdenes mudas y susurros sucios entre cada beso hambriento.