Mason
El rugido de ochenta mil personas hacía que el concreto bajo mis pies vibrara como si estuviéramos en medio de un terremoto. El aire de la tarde era frío, pero dentro de mi uniforme el sudor ya me corría por la espalda. Era el día del partido. La gran final de la temporada. El día en que todo el esfuerzo de nuestra vida universitaria se reducía a sesenta minutos en el reloj.
Antes de ponerme el casco para el protocolo de apertura, miré hacia la tribuna preferencial, justo encima del túnel de salida. Ahí estaban ellos. Mi madre, Eloísa, agitaba una bufanda con los colores del equipo con una sonrisa radiante. A su lado, mi padre, Arthur, mantenía los brazos cruzados, pero por primera vez en meses, no tenía una mueca de juicio; me miró fijamente y me dedicó un asentimiento de cabeza firme, un gesto de puro orgullo de hombre a hombre. Y justo en el centro de la fila, con mi jersey número 10 cubriéndole el cuerpo y una gorra del equipo hacia atrás, estaba Emily. Me miraba con esos ojos azules encendidos, asintiendo con la cabeza, transmitiéndome una seguridad que me borraba cualquier rastro de duda. Toda mi familia estaba ahí, apoyándome.
Me calcé el casco, ajusté el barbiquejo y entré al terreno de juego, sintiendo el peso del jersey rojo y negro sobre mis hombros.
—¡Muy bien, malditas Panteras, escuchen! —grité en el centro del huddle, reuniendo a la ofensiva. Nos miramos a los ojos a través de las micas de los cascos—. Es el último cuarto. Estamos abajo por tres puntos, 24-21. Quedan exactamente dos minutos en el reloj y estamos en nuestra propia yarda veinte. No vinimos aquí a perder. Cooper, Kingsley, la línea va a abrir el hueco. Confíen en la estrategia. ¡A la cuenta de tres! ¡Uno, dos, tres, Panteras!
—¡Panteras! —tronaron diez voces al unísono.
Caminamos hacia la línea de golpeo. La defensiva rival estaba plantada en una formación de cobertura de zona profunda, esperando que lanzara un pase desesperado. Me coloqué detrás del centro, puse las manos debajo de su cadera y escaneé el panorama.
—¡Red 80! ¡Red 80! ¡Set... Hut! —canté con voz de mando.
El balón golpeó mis palmas. Di tres pasos hacia atrás de inmediato. El mundo se volvió un caos de cuerpos chocando a mi alrededor. Un apoyador del equipo rival rompió el bloqueo de nuestra línea y vino directo hacia mí como un tren sin frenos por mi lado ciego.
—¡Mase, cuidado! —gritó Logan, metiendo el cuerpo en el último milisegundo, tacleando al defensivo con una fuerza brutal que los mandó a ambos al suelo—. ¡Sueltas el balón ya!
Giré sobre mi propio eje, escapando de la presión por el lado derecho. Vi a Jayden corriendo una ruta cruzada por el centro, arrastrando a dos esquineros con él. Era la distracción perfecta. Al otro extremo del campo, Asher Kingsley metió el acelerador, superando a su marcador por pura velocidad pura.
—¡Kingsley, ahora! —rugi mentalmente.
Planté el pie derecho en el césped y solté el ovoide con una trayectoria perfecta, una parábola limpia que cruzó cuarenta yardas de aire frío. El balón pareció flotar en cámara lenta hasta que Asher, en una extensión matemática de sus brazos, atrapó el ovoide contra su pecho justo antes de ser tacleado en la yarda diez del rival.
El estadio estalló en un grito ensordecedor. El reloj corría: cuarenta segundos.
Corrimos sin reunirnos en el huddle para ahorrar tiempo. Llegamos a la línea de golpeo de inmediato. La defensiva estaba cansada, desesperada.
—¡Black 18! ¡Black 18! ¡Hut! —voceé.
Tomé el balón. Engañé con la mirada a los profundos, haciendo ademán de que lanzaría de nuevo hacia Jayden en la esquina izquierda. La defensa se movió hacia ese lado, dejando el centro sutilmente desprotegido. Era nuestra jugada especial, el trabajo en equipo en su máxima expresión. Logan y la línea ofensiva se barrieron hacia adelante, creando una muralla humana roja y negra que abrió un hueco del tamaño de un camión justo por el medio de la formación.
No lo dudé. Aseguré el balón contra mi costillar y arranqué a correr con toda la velocidad que me quedaba en las piernas. Crucé la yarda cinco. Un tacleador defensivo se lanzó con los brazos abiertos para derribarme, pero Jayden Cooper apareció de la nada, metiéndole una tacleada de hombro perfecta que lo sacó de mi camino.
—¡Todo tuyo, Mase! —alancé a escuchar el grito de Jayden.
Di un salto limpio, extendiendo el balón con ambas manos por encima de la línea de cal blanca mientras dos cuerpos me impactaban en el aire. Caí de espaldas contra el césped de la zona de anotación, con el ovoide firmemente sujeto contra mi pecho.
El silbato del oficial resonó en todo el complejo.
—¡¡TOUCHDOWN!! —gritó el réferi, levantando ambos brazos al cielo.
El marcador cambió: 27-24. El reloj llegó a ceros. ¡Salimos ganadores! ¡Éramos los campeones!
En un segundo, el campo se convirtió en un descontrol total. Logan, Asher y Jayden se lanzaron sobre mí, derribándome de nuevo contra el pasto, gritando como locos, dándome golpes en el casco y en las hombreras mientras el confeti dorado empezaba a llover desde el cielo del estadio.
—¡Lo hicimos, hermano! ¡Maldita sea, lo hicimos! —aullaba Asher, con los ojos empañados por la emoción.
—¡Te lo dije, Johnson! ¡El maldito anillo es nuestro! —gritó Logan, levantándome del suelo de un tirón.
Me quité el casco, con el cabello empapado de sudor y la respiración rota, pero con la sonrisa más grande que jamás hubiera tenido en el rostro. Busqué de inmediato la tribuna. Entre la lluvia de confeti y la multitud descontrolada, divisé a mi padre, Arthur, quien me aplaudía de pie con una sonrisa abierta y limpia, reconociendo mi victoria de verdad. Mi madre saltaba junto a Sky, pero mis ojos se clavaron en la rubia que vestía mi camiseta roja y negra.
Emily estaba apoyada contra la barandilla, con los ojos empañados de orgullo, soplándome un beso con ambas manos. Corrí hacia el límite del campo, subiéndome al borde de la estructura de la banca para quedar lo más cerca posible de ella.