Emily
El corazón me latía a mil por hora, con una fuerza tan violenta que sentía los impactos retumbar en mis oídos. El aire de la sala VIP se había vuelto irrespirable. En un segundo, todos los recuerdos de los últimos meses pasaron por mi mente como una película distorsionada: el jardín botánico, la cena con mi padre, cada risa compartida, cada salida, cena, cada partido que acompañe, la lencería roja... todo había sido real para mí, pero el origen seguía siendo una maldita farsa. Y lo peor de todo, lo que verdaderamente me quemaba las entrañas, era que Jayden lo había dicho en tono de burla, como si mi dignidad fuera el chiste local del equipo de las Panteras.
No quería tocar este tema, me había prometido a mí misma enterrar ese papel arrugado que encontré en su escritorio y pretender que nuestro presente borraba el pasado. Pero esto pasaba el límite. Mason se lo merecía. Tenía que darle de su propia medicina, un golpe tan certero que lo dejara sin aliento.
Di un paso al frente. El jaque mate estaba listo.
Mason intentó acercarse a mí, con las manos extendidas y el rostro desencajado por el pánico puro. —Emily, por favor... déjame explicarte, Jayden está borracho, esto no es lo que parece... —suplicó, con la voz rota.
—¡Emily, yo no sabía nada, te lo juro! —intervino Skyler, colocándose a mi lado con los ojos llenos de lágrimas, intentando tocar mi brazo.
Los chicos en los sofás, la línea ofensiva, Asher, todos me miraban con rostros tristes, avergonzados y profundamente arrepentidos. El silencio en la sala era sepulcral. En lugar de llorar, en lugar de mostrarme como la víctima débil que ellos esperaban que fuera, me obligué a congelar cada facción de mi rostro. Activé la armadura Carrington.
Miré a Mason fijamente, directo a esos ojos verdes que ahora suplicaban clemencia, y solté mi propio secreto con una voz tan fría, clara y calmada que cortó el aire como un bisturí.
—Yo lo sabía desde la tercera semana, Johnson. Felicitaciones, perdiste tu propio juego.
Las expresiones de la sala cambiaron en un milisegundo. Mason se quedó completamente petrificado, abriendo la boca sin que saliera ningún sonido. El capitán de las Panteras acababa de descubrir que la chica que creía haber engañado siempre estuvo tres pasos adelante.
No dije absolutamente nada más. Di la vuelta sobre mis talones y caminé con paso firme hacia la salida de la fraternidad.
—¡Emily! ¡Emily, espera, por favor! —el grito de Mason resonó a mi espalda.
Me obligué a mantener la espalda recta, apretando los puños dentro de los bolsillos de mi chaqueta. Tenía que hacerme la dura, tenía que parecer de piedra frente a todo el campus. Necesitaba salir de esa casa y llegar a la seguridad de mi auto antes de derrumbarme por completo, porque por dentro sentía que me estaba rompiendo en mil pedazos.
A mis espaldas, se escuchó un revuelo violento.
—¡Eres un maldito idiota, Mason! —gritó Sky. Escuché el impacto seco de su mano golpeando el pecho de su hermano con rabia.
—¡Skyler, quítate! —la apartó Mason, desesperado, sin tiempo para el drama de su hermana, y comenzó a correr detrás de mí.
Crucé la puerta principal de la fraternidad y bajé los escalones de piedra a toda prisa, pero sus zancadas de atleta eran más rápidas. Me alcanzó justo a mitad del estacionamiento, bajo la luz mortecina de una farola. Me tomó del brazo con suavidad, obligándome a girar.
—¡Suéltame, Johnson! —le siseé, zafándome de su agarre con un movimiento brusco.
—¡Emily, escúchame, te lo ruego! —tenía los ojos empañados, el cabello revuelto y la respiración completamente agitada—. Es verdad, empezó como una estúpida apuesta en los vestidores, fui un imbécil, el peor de todos. Pero te juro por mi vida que todo lo que pasó después fue real. Lo que siento por ti es real, todo... ¡Te amo, Emily!
—¡Eres un idiota! —le grité, perdiendo por fin la compostura, sintiendo cómo la rabia me desbordaba—. ¡Un maldito idiota! Me miraste a la cara cada día pretendiendo que éramos un equipo, ¡y tus amigos se estaban burlando en mi propia cara de eso en una fiesta de campeonato! ¡Es injusto, Mason! ¡Es jodidamente injusto!
—Lo sé, lo sé y me arrepiento de eso cada maldito segundo —dijo él, con lágrimas rodando ya por sus mejillas, dando un paso hacia mí con las manos temblorosas—. Me arrepiento de no haber tenido el valor de decírtelo en el lago, de no haber roto ese maldito trato antes. Por favor, no me dejes así.
—Todo acabó, Mason —sentencié, y las primeras lágrimas traicioneras comenzaron a nublar mi vista, quemándome las mejillas—. Pero felicidades... lo lograste. Enamoraste a la chica imposible. Ganaste tu trofeo.
No le di tiempo de responder. Saqué las llaves de mi bolsillo, abrí la puerta de mi auto y me subí de golpe, cerrando con seguro de inmediato. Mason golpeó el vidrio de la ventanilla, suplicando, gritando mi nombre con el rostro deshecho por el dolor, pero encendí el motor, metí el acelerador y salí del estacionamiento quemando llanta, dejándolo atrás en la oscuridad, mientras el llanto finalmente me ahogaba por completo en la soledad del auto.