Emily
Sin importar nada, sin medir las consecuencias de faltar a las clases o dejar mis responsabilidades colgadas, esa misma noche conduje sin rumbo hasta que mis manos se cansaron del volante. Terminé en Savannah, en la mansión Carrington. Aquel palacio de piedra que Mason había conocido semanas atrás se convirtió en mi mausoleo privado. No le dije nada a mi padre; no quería que su instinto corporativo destruyera lo poco que quedaba de mi orgullo, ni que mandara a sus abogados a hacer preguntas.
Durante el día deambulaba por los pasillos vacíos como un fantasma, pero por las noches, cuando el silencio de la propiedad se volvía insoportable, me encerraba en mi antigua habitación y lloraba. Lloraba con una tristeza tan profunda que me quemaba el pecho, odiándome a mí misma por haberle permitido la entrada a mi sistema. Bloqueé mi teléfono. No acepté llamadas de nadie. Ni de Sky, ni de mi padre, y mucho menos del mariscal de campo de las Panteras.
Pero el aislamiento no podía durar para siempre. El lunes por la mañana tuve que regresar a la universidad.
Cruzar el arco del campus fue como caminar directo a un paredón de fusilamiento. Se sentían los días grises, con un cielo encapotado de nubes oscuras que combinaba perfectamente con mi estado de ánimo. El campus no hablaba de otra cosa. Los pasillos, la cafetería, las gradas... todo el mundo murmuraba a mi paso, dividiéndose entre los que se burlaban del final de la "pareja de oro" y los que miraban con lástima a la jefa de finanzas.
Me sumergí por completo en mi trabajo de negocios ecológicos, usando la presión académica como una anestesia. Pasaba diez, doce horas seguidas en los cubículos de la biblioteca, revisando presupuestos, proyecciones de sostenibilidad y contratos de proveedores, negándome rotundamente a recibir las cartas que Mason dejaba debajo de mi puerta, las llamadas que insistían desde números desconocidos o las flores que llegaban a mi casillero cada mañana. Las rosas rojas y negras terminaban directamente en el contenedor de basura del pasillo, sin siquiera ser abiertas.
Esa tarde, finalmente regresé a mi habitación de la fraternidad, exhausta, dispuesta a encerrarme bajo las cobijas. Apenas tiré mi portafolios en el suelo, la puerta se abrió lentamente.
Era Skyler.
Tenía las ojeras marcadas, el cabello rubio sujeto en un moño desordenado y una expresión de dolor tan genuina que me impidió echarla del cuarto. Cerró la puerta detrás de sí y se quedó apoyada contra la madera, mirándome con los ojos empañados.
—¿Vas a pedirme que me vaya o puedo sentarme? —preguntó con la voz sutilmente temblorosa.
Me senté en el borde de mi cama, frotándome las sienes. El caparazón de hielo amenazaba con agrietarse solo con verla. —Depende, Sky. Si vienes a traer un mensaje de tu hermano, la puerta sigue abierta.
—No vengo por él, Emily. Vengo por mí... y por nosotras —dijo, dando unos pasos tímidos hasta sentarse en la silla de mi escritorio, cruzando las piernas nerviosamente—. Estuve a punto de tomar mi auto e ir a buscarte a Savannah, pero supuse que me odiabas. Dios, Emily, de verdad lo siento tanto. Me duele el alma todo esto.
—Tú no tuviste la culpa, Sky —le respondí, con una voz que intenté mantener firme, aunque fallé sutilmente—. Escuché lo que le hiciste en la fiesta. Escuché cómo le gritaste. Sé que tú no sabías nada.
—Pero soy su hermana, Emily —sollozó Sky, dejando que las primeras lágrimas rodaran por sus mejillas—. Se supone que debí notar algo. Se supone que debí ver que esos idiotas celebraban algo en los casilleros al principio del semestre. Cuando Jayden abrió la boca... yo quería que la tierra me tragara. Pensar que te expusieron de esa manera, que te hicieron daño usando una farsa... me rompe el corazón. Eres mi mejor amiga, Emily. No me importa que Mason sea mi sangre, lo que hizo no tiene nombre.
Ver a Skyler así, tan rota y leal a pesar de estar atrapada en medio de una guerra familiar, me desarmó. Dejé colgar los hombros, permitiéndome ser vulnerable por primera vez desde la detonación.
—Fue una humillación horrible, Sky —admití, y el nudo en mi garganta volvió a apretarse—. Que Jayden lo dijera como si fuera una broma local... como si yo fuera un trofeo que se pasaban en el vestidor. Eso fue lo que más me dolió. Que se burlaran en mi cara.
—Jayden es un maldito imbécil incurable cuando toma —escupió Sky con rabia, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. De hecho... casi termino con él. Tuvimos una pelea descomunal el domingo. Le empaqué sus cosas y le dije que no quería ver su estúpida cara de Pantera en mi vida si consideraba que tu dignidad era un juego.
A pesar del dolor que me carcomía, una sutil sonrisa irónica, casi una burla limpia, se me escapó de los labios. Negué con la cabeza, mirando a mi amiga.
—Por favor, Skyler, no seas ridícula —le dije, suavizando el tono—. No es necesario que termines tu relación por esto. Jayden es un idiota con el alcohol en la sangre, pero él no ideó el contrato falso, ni me escribió un poema para pretender que me amaba mientras guardaba el secreto. Él solo fue el bocón que destapó la cloaca. No destruyas lo tuyo con él por los errores de tu hermano.
Sky pestañeó, sorprendida por mi reacción, y dejó escapar una risa ahogada entre el llanto. —Vaya, Carrington. Incluso con el corazón roto sigues analizando las variables y dando órdenes ejecutivas.
—Alguien tiene que mantener la cabeza fría en esta habitación —le devolví el comentario, aunque mis propios ojos comenzaron a traicionarme, llenándose de lágrimas.
Skyler no aguantó más. Se levantó de la silla y se dejó caer a mi lado en la cama, envolviéndome en un abrazo apretado, seguro y lleno de una calidez que me hacía falta. En cuanto sus brazos rodearon mis hombros, mi fachada de jefa corporativa se derrumbó por completo. Me apoyé en su hombro y comencé a llorar con fuerza, liberando toda la angustia, la rabia y la decepción que había estado acumulando durante esos días grises.