Emily
—De verdad, papá, agradezco el detalle, pero sabes perfectamente que no necesitas sobornar a mi tía Charlotte para que mueva sus influencias en París cada vez que quieres enviarme un bolso —dije, sosteniendo el teléfono entre el hombro y la oreja mientras revolvía con una cuchara el té que me estaba preparando en la cocina.
Al otro lado de la línea, la voz profunda e imperturbable de Liam Carrington resonó con ese tono de seguridad absoluta que tanto lo caracterizaba en Wall Street.
—No es un soborno, Emily, es simplemente agilizar los procesos del mercado —replicó mi padre con una sutil nota de diversión—. Tu tía Charlotte tiene excelentes contactos en la tienda de la Rue du Faubourg Saint-Honoré, y cuando me enteré de que tenían una Birkin 30 en cuero Togo color Gold disponible, no dudé un segundo. Además, no acepto devoluciones.
—Es demasiado, papá. Es solo un bolso.
—No es solo un bolso, Emily. Se acerca tu cumpleaños número veintiuno y la heredera de la firma Carrington no va a celebrar la mayoría de edad con las manos vacías —sentenció él, adoptando su tono más corporativo—. Ya programé una cena privada en el club de campo para el próximo fin de semana. Quiero que dejes de lado tus proyectos ecológicos por una noche y vengas a celebrar como se debe. ¿Estamos de acuerdo?
—Está bien, papá —cedí, dejando escapar un suspiro suave—. Nos vemos el fin de semana. Gracias por el detalle. Te quiero.
—Y yo a ti, mi vida. Cuídate.
Colgué el teléfono y lo dejé sobre la encimera. Justo cuando me disponía a darle el primer sorbo a mi té, el sonido de tres golpes firmes y repetitivos en la puerta de la habitación interrumpió el silencio del apartamento. Me congelé en mi sitio, con la taza a mitad de camino.
Los golpes insistieron, seguidos de un carraspeo incómodo. Sentí que el estómago se me tensaba. No quería abrir. Sabía perfectamente quién estaba del otro lado; la silueta alta que se alcanzaba a ver a través del cristal esmerilado no dejaba lugar a dudas. Era Jayden. Venía a buscar a Sky.
La puerta volvió a sonar, esta vez con un ritmo más desesperado.
—¡Sky! —llamé hacia el pasillo, elevando la voz—. ¡Están tocando la puerta! ¡Es tu novio!
—¡Emily, por favor, abre tú! —gritó Skyler desde su habitación, entre el ruido de los cajones abriéndose y cerrándose—. ¡No encuentro mi bota izquierda y ya voy tarde! ¡Ábrele, por lo que más quieras, que no tire la puerta abajo!
Resoplé con fuerza, sintiendo una oleada de fastidio recorriéndome el cuerpo. No quería. No quería abrir esa puerta y tener que encontrarme con la cara de Jayden, o peor aún, con la posibilidad de que Mason estuviera escondido en el pasillo esperándolo. La sola idea de revivir el drama de la fiesta me agotaba mentalmente. Pero los golpes no cesaban, así que dejé la taza en la barra, caminé hacia la entrada y giré el picaporte con brusquedad.
Al abrir, me encontré con una estampa casi ridícula. Jayden estaba parado en el umbral vistiendo una sudadera enorme de las Panteras, llevaba puestas unas gafas de sol oscuras a pesar de que afuera estaba completamente nublado, y en sus manos sostenía un ramo gigante de rosas rojas y negras, tan grande que casi le tapaba la cara.
—Hola, Jayden —le hablé con una voz completamente plana, sin una sola pizca de emoción en mis palabras. Di un paso atrás, dejándole el camino libre—. Pasa. Skyler está terminando de cambiarse en su cuarto.
Me di la vuelta de inmediato para regresar a la cocina, pero él entró apresuradamente, cerrando la puerta con el pie y siguiéndome los pasos con torpeza.
—Emily, espera. Por favor, no te vayas —me llamó, con un tono suplicante que me obligó a detenerme en seco. Me giré, cruzándome de brazos y mirándolo desde mi postura más ejecutiva.
—No tengo nada que hablar contigo, Cooper. Si vienes a disculparte por lo de la fiesta, ahórratelo. Ya Sky me dijo que estabas ahogado en alcohol.
—No, es decir, sí, estaba borrachísimo y fui un maldito bocón, pero esa no es la única razón por la que estoy aquí —dijo él, arrastrando las palabras con nerviosismo. Dejó el ramo gigante sobre la mesa de centro y, con un gesto dramático, se quitó las gafas de sol—. Mira esto. Necesito que veas esto.
Parpadeé, sorprendida. Alrededor de su ojo izquierdo se extendía un hematoma de un color morado oscuro y verdoso bastante aparatoso, y el lado derecho de su mandíbula lucía sutilmente inflamado.
—¿Qué te pasó en la cara? —pregúnté, frunciendo el ceño.
—Fue Mason —soltó Jayden, haciendo un puchero exagerado que lo hacía parecer un niño de cinco años castigado—. Ayer en los vestidores del entrenamiento. Me acerqué a pedirle disculpas y, antes de que pudiera terminar la frase, se volteó y me acomodó este golpe derecho en toda la cara. Casi me tumba los dientes, Emily. De verdad, tu mariscal tiene un gancho de izquierda que debería ser ilegal en este estado.
Una mezcla extraña de sorpresa y una sutil satisfacción que intenté reprimir me recorrió el pecho. Mason le había pegado. Había defendido mi nombre de la única forma en que los cavernícolas de su equipo sabían hacerlo.
—Vaya —comenté, manteniendo mi fachada fría—. Supongo que te lo merecías por no saber mantener la boca cerrada.
—¡Lo sé! ¡Sé que me lo merecía! —suplicó Jayden, juntando las manos como si estuviera rezando, con esos ojos de cachorrito arrepentido—. Soy un idiota, Emily. Un maldito idiota incurable. Sky casi me empaca las maletas y me deja en la calle, y los chicos en el equipo ni siquiera me pasan el balón en las jugadas de simulación. Vine a pedirte perdón de rodillas si es necesario. No quería humillarte, juro por mi vida que pensé que tú ya sabías todo lo de la apuesta porque... bueno, porque Mason te mira como si fueras una diosa y no creí que pudiera sostener una mentira así. Por favor, perdóname. Eres la jefa, no puedo vivir con la culpa de haber destruido a la pareja del año.