El Quarterback y La chica imposible

Entre líneas

Emily

El aire dentro del invernadero del campus estaba saturado con el aroma denso de la tierra húmeda, las orquídeas salvajes y los brotes de eucalipto en los que había estado trabajando toda la tarde. El repiqueteo sutil de una llovizna ligera contra los cristales del techo era el único sonido que me acompañaba, un arrullo constante que encajaba a la perfección con el gris de mis pensamientos. Aquí, rodeada de plantas que no exigían explicaciones ni guardaban secretos, lograba encontrar un par de horas de paz absoluta, lejos de las miradas del campus.

El crujido de la puerta de vidrio al abrirse rompió mi santuario. Me giré sutilmente, esperando ver a Skyler, pero me topé con los hombros anchos de Asher Kingsley. Llevaba su chaqueta de las Panteras y arrastraba una expresión de incomodidad tan ajena a su personalidad ruidosa que supe de inmediato a qué venía.

—Hola, jefa —saludó en voz baja, deteniéndose a unos pasos de mi mesa de trabajo—. Prometo que no vengo a auditar nada ni a hacer chistes tontos. Solo... ¿puedo pasar?

Dejé las tijeras de podar a un lado y me limpié las manos con un paño, recuperando mi postura pulcra. —Hola, Asher. Pasa. Supongo que no vienes a aprender sobre botánica ecológica.

—No, la verdad es que soy un peligro para el reino vegetal —intentó sonreír, pero la seriedad regresó rápido a su rostro. Extendió los brazos, revelando lo que llevaba escondido detrás de la espalda—. Mason me pidió que te entregara esto. No quería que ningún mensajero del campus lo tocara, y sabe que a mí al menos me escucharías tres segundos antes de echarme.

Puso sobre la mesa de madera una pequeña caja de chocolates artesanales de la tienda belga que tanto me gustaba, un ramo sutil de rosas rojas y negras, y encima, un sobre blanco grueso que no tenía ninguna dirección, solo mi nombre escrito con una caligrafía firme, de trazos amplios y elegantes que reconocí al instante.

Miré los objetos y luego a Asher, entrelazando mis dedos con rigidez. —Le dije que no quería más flores, Asher. Las que dejó Jayden terminaron en la basura.

—Lo sé, y créeme que el idiota de Cooper todavía tiene el ojo morado para recordarlo —dijo Asher, dando un paso al frente y hablando con una seriedad que me conmovió sutilmente—. Pero Emily... por favor, no tires esto. Mason está deshecho. No defiendo lo que pasó en el vestidor al principio del semestre, fuimos unos idiotas inmaduros y yo fui parte de eso. Por eso te pido perdón, de verdad, en nombre de todos y en el mío. Pero lo que ese tipo siente por ti... joder, Emily, nunca lo había visto mirar a nadie así. Ese ensayo que está ahí dentro lo escribió anoche, de su puño y letra, después de plantarle cara a su padre y mandarlo todo al demonio por ti. Solo... léelo. Es todo lo que te pido.

Asher me dio un asentimiento respetuoso, dio la vuelta y salió del invernadero en silencio, dejándome a solas con el sonido de la lluvia y los fantasmas de mi pasado reciente.

Me quedé inmóvil durante lo que parecieron horas, mirando el sobre blanco. Mis dedos temblaban sutilmente cuando lo tomé. Rompí el sello con cuidado y saqué tres hojas de papel grueso, desdoblándolas despacio. El aroma a tinta fresca y el sutil rastro de su loción me golpearon el pecho.

Apoyé la espalda contra el borde de la mesa de madera, fijé la vista en la primera línea y comencé a leer entre líneas, adentrándome en el alma del mariscal de campo.

Emily:

Sé que probablemente lo primero que quieras hacer al ver mi letra sea romper estas hojas, y no te culpo. Si yo fuera tú, tampoco querría escuchar al cobarde que no tuvo el valor de decirte la verdad a tiempo. Pero no te escribo esto para pedirte que vuelvas, ni para suplicar una clemencia que sé que no merezco en tus términos corporativos. Te escribo porque necesito que sepas la verdad descarnada, la única verdad que me queda después de que la tormenta lo destruyera todo.

Es verdad. Al principio, en esa tercera semana que tanto mencionaste, todo era un juego estúpido de vestidor. Un contrato falso nacido de la arrogancia de unos chicos que creían que el mundo se reducía a las yardas ganadas en un campo de fútbol. Yo era ese idiota, Emily. Un títere entrenado por mi padre para buscar la victoria a cualquier costo, para medir mi valor como hombre solo a través de estadísticas, trofeos y conquistas. Me acerqué a ti buscando un punto más en mi marcador personal, intentando descifrar a la "chica imposible" de Nueva York.

Pero el destino tiene una estrategia de inversión muy extraña, jefa. No recuerdo el segundo exacto, pero sé que fue en esa misma tercera semana cuando el juego se me murió entre las manos. Fue una tarde en la biblioteca, mientras me explicabas con paciencia matemática un balance financiero, gesticulando con las manos y mirándome con esos ojos azules que hacían que todo el ruido de mi vida se apagara. En ese instante me di cuenta de que ya no estaba jugando. Estaba cayendo. Me enamoré de tu mente brillante, de tu risa limpia cuando te olvidabas del protocolo, de la forma en que ordenabas el mundo a tu alrededor y, sobre todo, de la paz que me dabas.

Tú me salvaste, Emily. Y sé que suena dramático, pero es la realidad. Vivir bajo la sombra de Arthur Johnson era una asfixia constante; yo no sabía quién era Mason fuera del jersey número 10. Pero contigo... contigo aprendí que merecía ser feliz fuera de la cancha. Tu madurez, tu escudo el día de la cena en mi casa, la forma en que me defendiste frente al hombre que más temía en el mundo... eso me convirtió en un hombre de verdad. Ayer le planté cara a mi padre, Emily. Renuncié a su camino. Le dije que haré el mío propio, porque tú me enseñaste que mi valor no lo determina una junta directiva ni un Draft.

Me duele el alma saber que sabías lo de la apuesta desde el principio. Me destroza pensar que mientras yo te miraba con todo el amor del mundo, tú te estabas protegiendo detrás de tu armadura, esperando el golpe. Lamento tanto haberte hecho sentir como un trofeo de vestidor. Lamento no haber roto ese maldito papel en el lago, cuando debí haberlo hecho. Fuimos dos orgullosos jugando a no salir heridos, y en el proceso, nos rompimos el uno al otro.




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