El Quarterback y La chica imposible

Caída libre

Mason

El sol de la tarde apenas lograba colarse entre las nubes del campus, pero en el patio principal de la universidad el ambiente estaba encendido. Estaba con los chicos sobre el césped, arrojando el ovoide en pases cortos de pura rutina, aunque mi mente estaba a kilómetros de distancia. Llevaba el uniforme de entrenamiento a medias, con los tenis desabrochados y una frustración que me carcomía.

—¡Asher, maldita sea, muévete más rápido y dime exactamente qué cara puso! —le exigí por quinta vez en los últimos diez minutos, lanzándole el balón con más fuerza de la necesaria.

Asher atrapó el pase contra su pecho, quejándose sutilmente mientras me devolvía una mirada de puro cansancio. —¡Ya te lo dije, Mase! No puso cara de jefa corporativa, ¿de acuerdo? Se quedó mirando el sobre. Sus ojos se ablandaron un poco, o eso creo. No me dio un reporte financiero de sus sentimientos, hermano. Solo me dejó salir del invernadero sin mandarme a la seguridad del campus. Eso ya es un maldito milagro.

—Tiene razón, Johnson. Deja de asfixiar al mensajero —intervino Logan, atrapando el ovoide que Asher le había pasado de lado—. Una Carrington no te va a mandar un mensaje de texto diciendo "está bien, te perdono" después del ensayo que le escribiste. Tienes que darle tiempo para procesar la información.

—No tengo tiempo, Logan —resoplé, pasándome las manos por el cabello revuelto, sintiendo el estómago revuelto—. Siento que cada segundo que pasa sin que me mire a los ojos es una yarda más que pierdo. La extraño tanto que ya ni siquiera puedo concentrarme en las llamadas de juego del entrenador.

Jayden, que lucía una banda sutil sobre el pómulo para cubrir el morado que yo mismo le había dejado, dio un paso al frente y se colocó en mi campo de visión, adoptando una postura inusualmente seria.

—Escúchame, Mase. Sé que sigo siendo el idiota oficial de este grupo por lo de la fiesta, pero haré lo que sea por mi amigo. Todos lo haremos. Si necesitas que consiga la llave de su edificio de finanzas para que le dejes un mensaje en la pizarra, lo hago. O podemos organizar una serenata ridícula en mitad del comedor de las fraternidades. No me importa pasar vergüenza pública si eso hace que ella te escuche.

—No creo que a Emily le gusten los espectáculos públicos, Cooper —dijo Logan con una mueca, arrojando el balón al aire—. Pero podríamos interceptar su portafolios de negocios ecológicos y meter otra nota. Ideas hay, hermano. Solo dinos qué estrategia quieres usar y la línea defensiva se moverá contigo.

La lealtad de los chicos me dio un sutil respiro en mitad de mis días grises, pero antes de que pudiera responderles, Asher lanzó el balón con demasiada fuerza y parábola, desviándolo por completo de nuestro círculo.

—¡Va larga, Mase! ¡Atrápala! —gritó Asher, gesticulando con las manos.

Me giré sobre mis talones de inmediato, fijando los ojos en el ovoide de cuero que cruzaba el aire del patio. Empecé a correr de espaldas, intentando calcular la trayectoria del pase, yendo rápido, demasiado rápido sobre el césped sin mirar lo que tenía detrás. El balón comenzó a descender justo encima de mí.

—¡¡CUIDADO!! —el grito unísono de Jayden y Logan resonó en todo el patio, cargado de un pánico repentino.

No tuve tiempo de reaccionar. En el último milisegundo, mi espalda chocó firmemente contra el cuerpo de alguien. Escuché un jadeo ahogado y el sonido seco de varios libros y carpetas golpeando el suelo. Volteé la cabeza por puro instinto en mitad del tropezón, y fue entonces cuando vi esa melena rubia tan característica ondeando en el aire.

Nos encontrábamos de frente en el patio principal, en una colisión absurda de nuestros propios mundos.

El impulso de mi peso nos arrastró a ambos hacia el césped. En un movimiento puramente de reflejo y protección atlética, la agarré con firmeza por la cintura y pegué su cuerpo contra el mío, girando en el aire para asegurarme de recibir yo todo el impacto contra el suelo y que ella no se lastimara.

Caímos con un golpe sordo sobre la hierba. El balón de fútbol rodó lejos, perdiéndose en algún lugar del patio, pero a ninguno de los dos nos importó.

Cuando el movimiento cesó, me quedé bocarriba sobre el césped. Emily estaba recostada directamente sobre mi pecho, con sus manos apoyadas con fuerza en mis hombros y su rostro a escasos centímetros del mío. Mi rubia hermosa. Mi nena preciosa. Estábamos tan cerca que podía sentir el aroma a eucalipto e invernadero desprendiéndose de su piel, mezclado con la calidez de su respiración agitada.

Nuestras miradas se cruzaron de golpe, fijos mis ojos verdes en sus ojos azules. En ese instante, todo el ruido de la universidad, los murmullos de los estudiantes a nuestro alrededor y el peso de la maldita apuesta se borraron por completo. Todo se volvió blanco, un espacio vacío y silencioso donde solo existíamos nosotros dos, midiéndonos el pulso a través de la cercanía de nuestros cuerpos, sin decirse nada. Me moría por besarla. Jodidamente me moría por atrapar sus labios perfectos y rogarle que regresara a mí, sintiendo la corriente eléctrica que siempre nos unía recorrer mi espina dorsal.

—¡¡Oigan, están vivos!! ¡¿Todo bien por allá?! —el grito distorsionado de Jayden desde la distancia rompió nuestra burbuja de golpe, despertándonos del trance.

Emily parpadeó, regresando a la realidad, y un sutil rubor rosa encendió sus mejillas. Se levantó de mi regazo de inmediato, acomodándose el abrigo con movimientos rápidos y nerviosos que delataban que su armadura Carrington también se había agrietado por la caída.

Me reincorporé de golpe, sentándome en el césped con el corazón latiéndome a mil por hora. —Emily... lo siento de verdad. Dios, discúlpame, no te vi —le dije con la voz sutilmente ronca, extendiendo las manos—. Estaba corriendo de espaldas por el pase y...

—No... no es nada, Johnson —me interrumpió ella, con una voz que intentó mantener impecable y formal, aunque una sutil nota de nerviosismo la traicionó—. Solo fue un accidente de campo. Estoy bien.




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