Emily
El vestidor de mi habitación parecía una zona de guerra corporativa. Tenía la maleta de mano abierta sobre la cama y dos trajes de sastre perfectamente doblados junto a mis organizadores de viaje. Esta vez no iría a Savannah, a la mansión Carrington; mi padre me esperaba directamente en su oficina de Manhattan para celebrar mi cumpleaños número veintiuno en Nueva York. Necesitaba ese cambio de aire, la velocidad de la gran ciudad y el refugio de los negocios para terminar de acomodar mis pensamientos.
Justo cuando estaba decidiendo qué zapatos meter, Skyler entró a mi habitación sin tocar, con esa energía torrencial que la caracterizaba.
—Deja de empacar esa ropa de ejecutiva de Wall Street por cinco minutos, Carrington —ordenó, cruzándose de brazos con una sonrisa misteriosa—. Necesito que te arregles ya mismo. Vamos a ir a cenar.
La miré de reojo, suspirando con fastidio fingido.
—Sky, mi vuelo sale mañana temprano y todavía tengo que revisar los balances de la facultad antes de irme. No creo que...
—No acepto un "no" por respuesta de la junta directiva —me interrumpió, caminando hacia mi clóset y sacando una bolsa de lona que traía escondida—. Ya le pedí permiso a tu agenda. Acepta la invitación, Em. Te va a hacer bien.
Miré la bolsa y luego a mi amiga. Su insistencia era contagiosa, y la verdad es que el cruce con Mason en el campus me había dejado con los cables cruzados toda la tarde. Necesitaba un distractor.
—Está bien, acepto. ¿A dónde vamos? ¿Tengo que ponerme algo formal?
Sky soltó una carcajada limpia y sacó el contenido de la bolsa, extendiéndolo sobre la cama con un gesto dramático. Me quedé completamente muda. Era una pinta impecable de vestido cowgirl: un diseño de mezclilla sutilmente ceñido al cuerpo, un cinturón de cuero grueso con una hebilla de plata labrada y unas botas tejanas de diseñador que gritan costosas por cada costura.
—Vamos a ir a un lugar especial, jefa —dijo Sky con un guiño cómplice—. Y como sé perfectamente que te encanta cabalgar y que extrañas los establos de la mansión, consideré que este era el código de vestimenta obligatorio para la noche. ¡A cambiarse!
El trayecto en el auto fue una absoluta locura. A mitad del camino, Skyler se detuvo en la orilla de la carretera, sacó una pañoleta de seda negra y se giró hacia mí en el asiento del copiloto.
—Muy bien, Carrington. Protocolo de seguridad ejecutiva: tengo que vendarte los ojos —anunció, acercando la tela a mi rostro.
—Skyler, por favor, esto es ridículo —protesté, aunque no pude evitar reír mientras dejaba que me anudara la seda detrás de la cabeza—. Si me estás llevando a un callejón oscuro para que tu hermano me pida disculpas con un megáfono, juro que auditaré las cuentas de tu fraternidad hasta dejarlos en la quiebra.
—Qué falta de fe en mis habilidades logísticas, Emily —se quejó ella, acelerando el auto de nuevo—. Te aseguro que esto no tiene nada que ver con los métodos cavernícolas de Mason. Solo relájate y disfruta del viaje a ciegas.
El auto avanzó por unos diez minutos más sobre lo que parecía un camino de tierra, hasta que finalmente se detuvo. Sky bajó, rodeó el vehículo y me tomó de las manos para guiarme. Caminamos con cuidado sobre una superficie de madera; escuchaba el eco de nuestros pasos y un sutil murmullo de música country de fondo.
—Muy bien... a la cuenta de tres —susurró Sky en mi oído, desanudando la pañoleta—. Uno, dos... ¡tres!
Pestañeé un par de veces para acostumbrarme a la luz, y la sorpresa me dejó sin aliento. Estábamos dentro del granero privado de la familia de Luke, que había sido transformado por completo. La decoración era excelente: hileras de luces cálidas colgaban de las vigas de madera, pacas de paja decoradas con mantas tejanas servían de asientos y una barra de madera rústica ofrecía bebidas en frascos de vidrio.
Pero lo mejor no era el lugar, sino las personas. En cuanto abrimos la puerta, un grito unísono retumbó en el espacio:
—¡¡SORPRESA!!
Me llevé las manos a la boca, perdiendo por completo mi postura pulcra. Todos estaban vestidos de una manera espectacular, perfectamente mimetizados con el estilo vaquero. Logan llevaba un sombrero enorme que le quedaba ridículamente bien para su tamaño; Jayden lucía una camisa a cuadros con las mangas remangadas, mostrando su ojo morado con orgullo; Asher traía puesto un chaleco de cuero junto a Britney, que se veía hermosa con una falda vaquera. Nia, Luke, Sky... todos eran un bloque de sombreros, botas y sonrisas brillantes.
—¡Felicidades, jefa! —gritó Asher, acercándose de inmediato para darme un abrazo ruidoso—. Sabemos que tu cumpleaños real es mañana y que te nos vas a Nueva York a hacerte millonaria con tu padre, ¡así que no podíamos dejar que te fueras sin celebrar al estilo de las Panteras!
—Muchas gracias, de verdad... no me lo esperaba para nada —admití, sintiendo un calorcito hermoso en el pecho mientras saludaba a Nia y a Britney con dos besos en las mejillas.
—Jayden organizó la decoración del bar para ganarse tu perdón ejecutivo, Emily —bromeó Logan, dándome un abrazo afectuoso—. Así que dale crédito por el esfuerzo logístico.
—Aceptado el crédito, Cooper —le dije a Jayden, quien me saludó con una reverencia vaquera exagerada que nos hizo reír a todos.
Comenzó el disfrute entre todos. La noche se convirtió en una constante de risas, copas de bourbon y anécdotas universitarias. A pesar de la felicidad del momento, no pude evitarlo: mi instinto me obligó a escanear el lugar. Busqué la figura alta, el cabello rubio y los ojos verdes de Mason por todos los rincones del granero, pero no lo vi. Sentí un sutil pinchazo de decepción en el estómago, pero me obligué a sacudírmelo de inmediato; no iba a arruinar el esfuerzo de mis amigos.
No importó la ausencia. Disfruté con los chicos cada segundo. La música texana inundó el granero y Asher nos arrastró a todos a la pista improvisada de madera para enseñarnos los pasos de un baile en línea. Hubo mucha interacción, choques de botas, vueltas descoordinadas y carcajadas limpias cuando Logan tropezó con una paca de paja. Bailé con Jayden, con Luke y me reí como no lo había hecho en semanas, sintiendo que la pesadez de los días grises finalmente se estaba disolviendo.
Cerca de la medianoche, estábamos todos reunidos alrededor de la barra, riendo y tomando una ronda de tragos, cuando de repente la música bajó sutilmente de volumen. Los chicos, liderados por Jayden y Logan, soltaron un grito al unísono hacia la entrada principal:
—¡¡Miren quién llegó!! ¡El mariscal vaquero!
Volteé la cabeza de inmediato, siguiendo la dirección de sus miradas. El aire se me atrapó en la garganta de golpe.
Mason venía caminando con paso lento y seguro por el pasillo central del granero, directo hacia mí. Dios mío, era un vaquero increíblemente sexy. Vestía unos jeans oscuros ajustados que estilizaban sus piernas de atleta, una camisa negra de botones sutilmente abierta en el cuello que contrastaba con su piel bronceada, y un sombrero vaquero negro que proyectaba una sombra misteriosa sobre sus ojos verdes. Se veía imponente, varonil, desprovisto de cualquier rastro del niño inmaduro del vestidor.
El tumulto de los chicos se apartó, dejándonos un camino libre en mitad del granero. Mason se detuvo a escasos centímetros de mí, quitándose el sombrero con un gesto de absoluto respeto, revelando ese cabello rubio revuelto que tantas veces había acariciado.
—Hola, Carrington —me saludó con una voz profunda, suave y sutilmente temblorosa por los nervios.
—Hola, Johnson —respondí, manteniendo las manos entrelazadas por delante para que no notara el temblor de mis dedos.
—Sé que tu vuelo sale mañana temprano y que odias las interrupciones en tu agenda —comenzó a decir, mirándome fijamente con una intensidad que me erizó la piel—. Pero no podía dejar que te fueras a Nueva York sin darte esto. Primero... quiero pedirte disculpas otra vez, de frente, por todo el daño que te causé. El ensayo que te mandé con Asher... cada palabra es real. Eres mi única verdad, Emily.
Metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó una pequeña caja de terciopelo azul oscuro. La abrió con cuidado, revelando una joya espectacular: una cadena sutil de oro blanco con un pequeño dije en forma de pantera tallado en zafiro azul, el color exacto de mis ojos.
—Es para que recuerdes que, sin importar dónde estés, siempre habrá un mariscal en este campus cuidándote la espalda —susurró, con los ojos brillando de una manera que me desarmó por completo—. ¿Me dejas colocártela?
Asentí en silencio, incapaz de articular palabra por el nudo de emoción en mi garganta. Me di la vuelta, apartándome el cabello rubio hacia un lado. Sentí sus manos grandes, cálidas y sutilmente ásperas rozar la piel de mi cuello al abrochar la cadena, provocándome una descarga eléctrica inmediata. Cuando terminé de acomodarme la joya sobre el pecho, me giré de nuevo hacia él.
Mason me miró, con el sombrero apretado entre las manos, adoptando una postura de sutil vulnerabilidad.
—¿Se puede quedar el vaquero en tu fiesta, jefa? —preguntó con una sutil sonrisa de medio lado, esa que marcaba sus hoyuelos y que tanto extrañaba.
—Sí, Johnson... se puede quedar —respondí, dejando caer por fin toda mi armadura Carrington al suelo.
No esperó a que dijera nada más. Mason dio un paso al frente y me atrapó entre sus brazos anchos, rodeándome la cintura con una fuerza posesiva y desesperada, mientras yo me empinaba sobre las botas para enredar mis brazos alrededor de su cuello, enterrando mi rostro en su pecho, aspirando ese aroma a madera y loción que tanto me había hecho falta. Nos abrazamos fuerte, con una intensidad que pretendía borrar los días grises, las cartas tiradas y el orgullo herido. Yo lo extrañaba demasiado, jodidamente demasiado, y en los brazos de mi vaquero supe que Nueva York podía esperar, porque mi verdadero norte estaba justo aquí.