El Quarterback y La chica imposible

La verdadera ganadora

Mason

El tic tac del reloj en la pared de mi habitación sonaba como una bomba de tiempo. Llevaba más de dos horas cambiando de un lado a otro, desgastando la alfombra con mis pasos erráticos y apretando los puños hasta que los nudillos se me ponían blancos. Estaba ansioso, jodidamente ansioso. Hoy Emily se marchaba a Nueva York. El miedo me devoraba las entrañas, un terror frío y paralizante que no sentía ni cuando tenía la línea defensiva más brutal del país corriendo directo hacia mí: tenía miedo de perderla para siempre.
A pesar de que anoche habíamos pasado una noche hermosa en el granero por su cumpleaños, donde nos abrazamos como si el mundo se fuera a acabar y supe que su armadura Carrington se había agrietado, no podía evitar pensar en la cruda realidad. Hoy se iba temprano. Nueva York estaba lejos, lleno de ejecutivos sofisticados, de la sombra imponente de su padre y de un futuro brillante en el que un mariscal de campo universitario podía convertirse fácilmente en un recuerdo del pasado.
La puerta de mi habitación se abrió de golpe, sacándome de mis pensamientos catastróficos. Asher, Logan y Jayden entraron en fila, todos ya vestidos con sudaderas de la universidad.
—Anda vamos, muévete, Mase. Vamos al aeropuerto de una maldita vez —dijo Asher, tomándome del brazo con insistencia y lanzándome las llaves de mi camioneta, aunque Logan lo detuvo y se las quitó.
Me quedé helado, mirándolo sin entender nada.
—¿Al aeropuerto? ¿De qué hablas, Asher? Su vuelo sale en unas horas, si voy ahora solo voy a parecer un psicótico desesperado acosándola en la terminal. Además, se supone que debo planear algo romántico estilo película antes de que ella se vaya. No lo sé, aparecer con un maldito cartel, interceptar su taxi, algo que le demuestre que no quiero que cruce esa puerta de embarque. ¡No ir a sentarme en una sala de espera a verla pasar seguridad!
Asher rodó los ojos y soltó un bufido de frustración, empujándome hacia el pasillo.
—Hermano, tu mente de mariscal está sobreanalizando la jugada. Deja las películas de Hollywood para después. Skyler nos mandó un mensaje de texto hace diez minutos. Emily ya está en camino al aeropuerto, se adelantó porque odia llegar tarde y prefiere revisar sus balances financieros con el wifi de la terminal. Si te quedas aquí armando un cartel con brillantina, la vas a perder antes de que des el primer paso.
—¡Es verdad, Johnson! Reacciona —intervino Jayden, dándome una palmada firme en la espalda que casi me saca el aire—. Skyler está con ella en este momento, la llevó en su auto para despedirse, pero nos avisó que tenemos que ir ya. El tiempo corre. Si quieres tu momento de película, el aeropuerto es el escenario perfecto. Mueve el trasero.
Cinco minutos después, íbamos en el carro de Logan a toda velocidad por la carretera interestatal. Logan manejaba con una seriedad inusual, esquivando el tráfico matutino, mientras Jayden iba en el asiento del copiloto cambiando las estaciones de radio buscando música que calmara la tensión, sin éxito. Yo iba en la parte trasera junto a Asher, moviendo la pierna arriba y abajo de forma compulsiva, con las manos sudorosas y la respiración entrecortada. Estaba peligrosamente nervioso.
—Logan, en serio, acelera un poco más. Si nos detiene una patrulla, yo pago la multa, pero muévete —le supliqué, inclinándome hacia adelante, apretando el respaldo de su asiento.
—Cálmate, Mase, voy a diez millas sobre el límite. Si me meten a la cárcel, no habrá nadie que bloquee a la línea de defensa la próxima temporada y Emily te va a odiar por dejar al equipo sin liniero —respondió Logan, mirándome por el retrovisor con una mueca de preocupación—. Además, piensa con la cabeza fría. Ya le diste el ensayo, ya le diste la joya anoche y te abrazó. Ella te ama, hermano. No va a borrar todo lo que eres solo por subirse a un avión.
—No entiendes, Logan —dije, apoyando la frente contra la ventana fría—. Nueva York es su mundo. El mundo de su padre. Un lugar donde todo es perfecto, corporativo y pulcro. Yo soy solo el tipo que la cagó con una apuesta de vestidor. Tengo pánico de que cuando el avión despegue, ella decida que dejarme atrás es lo más inteligente que puede hacer para su carrera.
—No digas estupideces, Johnson —saltó Jayden, girándose desde su asiento para señalarme con el dedo—. Esa rubia es la mujer más brillante que ha pisado este campus. Si se enamoró de ti, no fue por tus estadísticas de pases, fue por el tipo real que eres cuando estás con ella. Lo que tienes que hacer hoy es presentarte ahí, plantarle cara a tus miedos y decirle que la vas a esperar el tiempo que sea necesario. Pero para eso, primero tenemos que llegar antes de que aborden el maldito avión. Asher, ¿Sky te ha dicho algo más?
Asher revisó su teléfono rápidamente, frunciendo el ceño.
—Dijo que acaban de pasar la zona de descarga de equipaje. Emily se está despidiendo de ella. Si nos apuramos, la alcanzamos antes del filtro de seguridad. ¡Dale gas, Logan!
Llegamos al aeropuerto derrapando prácticamente en la zona de salidas internacionales. No esperé a que el carro se detuviera por completo; abrí la puerta y salí corriendo, impulsado por pura adrenalina. El viento de la mañana me golpeó la cara mientras entraba por las puertas de cristal automáticas de la terminal. Los chicos me seguían de cerca, sus pasos pesados resonando en el suelo de granito pulido del aeropuerto.
Escanée la multitud como si estuviera buscando a mi receptor en la zona de anotación. Pasajeros con maletas, pantallas de horarios parpadeando en rojo y verde, voces distorsionadas por los altavoces anunciando abordajes... era un caos total. De repente, divisé una cabellera castaña conocida cerca de la entrada del filtro A. Era mi hermana.
Me abrí paso entre la gente a empujones, ignorando las quejas de un par de hombres de negocios. Cuando llegué hasta ella, me frené en seco. Skyler estaba sola, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos visiblemente rojos, limpiándose una lágrima de la mejilla con un pañuelo. Mi corazón se desplomó directamente hasta el suelo.
—¡Sky! —grité, tomándola por los hombros—. ¿Dónde está Emily? ¿Dónde está?
Mi hermana me miró, soltando un sutil sollozo, y me señaló el pasillo que conducía a las pantallas de embarque de seguridad.
—Se acaba de ir, Mason... Corrió porque ya estaban llamando a su fila. Lo siento tanto, hermano. Llegaron tarde.
No escuché nada más. No podía quedarme ahí parado viendo cómo mi vida se iba en un vuelo de tres horas. Corrí con todas mis fuerzas, rompiendo el protocolo de seguridad del aeropuerto, arrastrando a Asher, Logan y Jayden detrás de mí como una farsa de guardaespaldas mal coordinados. Llegué hasta la entrada de la puerta de embarque y el filtro de seguridad principal, donde dos guardias me miraron con severidad.
—¡Emily! ¡¡Emily Carrington!! —llamé a todo pulmón, ignorando las miradas de los cientos de personas que hacían fila.
Me acerqué desesperado al mostrador de las azafatas de la aerolínea que controlaba los accesos de esa zona.
—Por favor, necesito que me ayuden. Emily Carrington, una chica rubia, hermosa, con un portafolios negro... ¿saben si ya abordó? Necesito que la llamen por el altavoz, por favor. Es una emergencia de vida o muerte.
La azafata me miró con una mezcla de lástima y rutina, revisando la pantalla de su computadora antes de suspirar.
—Lo siento, joven. Las puertas de embarque para el vuelo directo a Nueva York se cerraron ya hace cinco minutos. El avión está en pista de rodaje. Ya no hay nada que pueda hacer.
Me quedé helado. El mundo a mi alrededor pareció perder todo el color de golpe. Sentí que las piernas me flaqueaban y me apoyé contra el mostrador de metal, con la mirada perdida en el suelo del aeropuerto. Jayden y Logan llegaron a mi lado, respirando de forma entrecortada, y Asher me puso una mano pesada en el hombro en absoluto silencio. La había perdido. Mi peor pesadilla se había vuelto realidad por cinco malditos minutos de tráfico.
Desesperado, con una última gota de fe absurda, saqué mi teléfono del bolsillo con las manos temblorosas. Marqué su número, rogando internamente para que no tuviera el celular en modo avión, para escuchar su voz una última vez aunque fuera para despedirme adecuadamente.
Acerqué el teléfono a mi oído. Empezó a sonar. Un tono... dos tonos...
De repente, a unos pocos metros de distancia, detrás de la fila de una cafetería Starbucks que estaba justo a un lado de la zona pública del filtro, un tono de llamada familiar y nítido resonó en el aire. No era el eco de mi teléfono. Era el timbre de otra persona.
Volteé la cabeza lentamente, arrastrado por un instinto magnético. Los chicos también voltearon de golpe, siguiendo el sonido.
Sentada en uno de los sillones individuales de cuero de la cafetería, completamente relajada, estaba Emily. Llevaba una gabardina beige impecable, sus lentes de sol oscuros descansaban sobre su cabeza sosteniendo su melena rubia, y en una mano sostenía un vaso de café humeante mientras con la otra sostenía su teléfono celular junto a la oreja, mirándome directamente con una sonrisa de medio lado que desbordaba pura picardía. Su maleta de mano de diseñador estaba perfectamente colocada a su lado.
Me quedé mudo, con mi propio teléfono aún en la oreja. Ella contestó mi llamada, y pude escuchar su voz tanto a través de la línea como directamente en el aire del aeropuerto.
—Hola, Johnson —dijo Emily, molestándome con ese tono sarcástico y corporativo que tanto me volvía loco—. Debo decir que tu rendimiento de carrera en la terminal fue bastante aceptable, pero tu técnica de interrogatorio con las azafatas fue un absoluto desastre logístico. Gritar mi nombre a todo pulmón no está en el manual de un mariscal de campo con clase.
Dejé caer el teléfono al suelo sin importarme nada. No pensé en los guardias, no pensé en la gente que nos miraba, ni en los chicos que empezaron a soltar carcajadas detrás de mí. Fui hacia ella en tres zancadas salvajes, me arrodillé frente a su sillón en el suelo del aeropuerto, la tomé suavemente por la nuca con ambas manos y la besé.
La besé apasionadamente, con toda la furia, la desesperación, el miedo y el amor que había estado acumulando durante la última semana. Fue un beso profundo, hambriento, que pretendía fundir su alma con la mía ahí mismo. Emily no se apartó. Dejó caer el vaso de café sobre la mesita de centro con un golpe sordo y enredó sus dedos finos en mi cabello rubio, respondiendo al beso con la misma intensidad, entregándose por completo a la locura del momento en mitad de la terminal pública.
Nos separamos un poco, apenas unos milímetros, lo suficiente para que nuestras respiraciones agitadas se mezclaran. La miré a los ojos, que ahora brillaban con una intensidad azul que me devolvió la vida.
—Eres una maldita demente, Carrington —le susurré, con la voz rota por la emoción, rozando mis labios contra los suyos en besos cortos—. Casi me da un maldito infarto en mitad del pasillo. Pensé que te habías ido. Pensé que te había perdido para siempre, nena. Te amo, joder, te amo tanto que no puedo ni respirar si no estás cerca.
Emily soltó una risita suave, manteniendo sus manos en mis mejillas, mirándome con esa mezcla de burla y ternura que solo ella poseía.
—Vaya, el gran Mason Johnson mostrando vulnerabilidad en un lugar público sin una junta directiva que lo apruebe. Eso sí es una novedad. Yo también te amo, mariscal testarudo. Pensé que tu ensayo había sido lo más cursi que leería este año, pero tu entrada dramática lo superó.
—No te vayas, Emily. Por favor —le rogué, tomándola por la cintura, ignorando por completo el entorno—. Quédate unos días más. No me importa lo que diga tu padre, yo mismo hablo con él si es necesario. No te subas a ese avión todavía, te lo suplico.
Emily enarcó una ceja, mirándome con absoluto sarcasmo.
—Johnson, por favor, revisa tus datos de tiempo antes de armar una estrategia de juego. Me encantaría complacer tu petición romántica, pero temo que hay un pequeño problema técnico con tu propuesta. Ya perdí el vuelo.
Parpadeé, completamente confundido. Miré el gran reloj digital de la pantalla de la terminal.
—¿De qué estás hablando? Son las 11:00 de la mañana, Emily. Skyler me dijo que tu vuelo era a las 8:30. Si el avión ya despegó hace cinco minutos, significa que debiste haber estado arriba... Yo no entiendo nada. ¿Cómo que perdiste el vuelo si estás sentada aquí tomando un caramel macchiato?
A nuestras espaldas, el grupo de idiotas que tenía por amigos explotó en una carcajada unísono. Volteé de reojo y vi a Jayden chocando los cinco con Logan, mientras Asher abrazaba a Skyler, quien ya no tenía ni rastro de lágrimas en la cara, sino una sonrisa enorme de complicidad.
Emily se acercó de nuevo a mi rostro, me tomó de la barbilla y me dio un beso tierno, largo y lleno de promesas en los labios antes de hablar.
—Ay, mi mariscal... eres tan predecible cuando estás desesperado —dijo ella, acariciándome la nuca—. Mi vuelo a Nueva York nunca fue a las 8:30 de la mañana. Mi vuelo real sale hoy en la noche, a las 11:00 de la tarde. Todo esto... la llamada de Sky, el drama de las maletas temprano, las lágrimas falsas de tu hermana en el filtro... todo fue un plan coordinado para ver si tenías el valor de venir a buscarme y ganarte tu última oportunidad en el marcador. Y debo decir... que caíste redondito en la trampa, Johnson.




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