El Quarterback y La chica imposible

El quarterback ganador

Emily

El rugido del estadio era ensordecedor. Una marea de camisetas de las Panteras cubría cada rincón de las gradas, pero desde el palco VIP la perspectiva era completamente diferente. El aire aquí arriba estaba climatizado, los asientos eran de cuero y el aroma a champán sustituía al de la cerveza barata de las gradas comunes. Sin embargo, los nervios que me carcomían el estómago eran exactamente los mismos.
Hoy no era un partido cualquiera. Era el partido de su vida. Abajo, en la cancha, decenas de cazatalentos de la NFL con sus gorras oscuras y sus tableta digitales anotaban cada movimiento de Mason y su equipo.
-Si sigue bloqueando la línea de esa manera, los cazatalentos no van a tener otra opción que ponerle un contrato multimillonario sobre la mesa antes de que termine el mes -comentó una voz profunda a mi lado.
Me giré sutilmente y miré a mi padre. Liam Carrington vestía un impecable traje de tres piezas, pero se había quitado la corbata y sostenía un vaso de whisky con absoluta distinción. Verlo aquí, en el estadio de la universidad, era algo que todavía me costaba procesar.
-Tiene las mejores estadísticas de la temporada, papá -le respondí, manteniendo mi postura pulcra mientras entrelazaba mis dedos sobre el barandal de cristal-. Pero hoy la presión es triple. Sabe que su futuro entero se define en estos cuatro cuartos.
-Por favor, Liam, no le metas más números a Emily en la cabeza, que está a punto de morderse las uñas y ella es demasiado elegante para eso -intervino Skyler, que estaba sentada al otro lado, vistiendo una versión personalizada y muy chic del jersey número 10 de su hermano-. Mason nació para esto. Además, mira a papá... está tan tranquilo que da miedo.
Giré la vista hacia el otro extremo del palco. Arthur Johnson conversaba de manera animada con uno de los directivos de la universidad. Desde aquella confrontación en la cocina y la tregua en el aeropuerto, la relación entre Mason y su padre había dado un giro de 180 grados. Ya no había exigencias, solo un orgullo silencioso y genuino.
-Tu hermano tiene una mente analítica brillante, Skyler -replicó mi padre, dándole un sorbo a su trago y mirándome con una sutil sonrisa-. Sabe leer la defensa como si fuera un balance general. Hizo bien en elegir su propio camino. Me recuerda a ti cuando decidiste auditar los proyectos ecológicos del campus, Emily. Terco, pero eficiente.
-Gracias, supongo -reí suavemente, sintiendo que el corazón me daba un vuelco cuando los altavoces anunciaron el inicio de la última jugada del partido.
La narración del juego abajo era pura poesía en movimiento. Mason estaba jugando de una manera increíble, rozando la perfección. Lo miraba a través de los binoculares de larga distancia: se movía con una agilidad felina, esquivando a la línea defensiva contraria con pases milimétricos que desafiaban la gravedad. Era imponente. Ya no era el chico que jugaba para complacer las expectativas de nadie; ahora jugaba con la libertad de quien es dueño de su propio destino.
Faltaban solo diez segundos en el reloj del cuarto cuarto. El marcador estaba empatado. Mason recibió el ovoide, retrocedió cinco yardas mientras tres defensivos gigantes se le iban encima. Mi padre se puso de pie, imitando el gesto de Skyler. Contuve el aliento. Mason finto a la izquierda, saltó con una potencia descomunal y lanzó un pase profundo de cuarenta yardas que cruzó el cielo del estadio como un cometa.
El receptor atrapó el balón justo en la zona de anotación cuando el reloj llegó a cero.
¡Ganaron el partido! ¡Ganaron el partido!
La emoción fue absoluta. El estadio estalló en un grito unísono que hizo vibrar los cristales del palco VIP. Skyler comenzó a saltar, abrazando a Logan y a Jayden que habían subido a celebrar, mientras mi padre estrechaba la mano de Arthur Johnson en un gesto de caballerosidad corporativa. Yo me pegué al cristal, con una sonrisa limpia que me abarcaba todo el rostro, viendo a mi novio ser levantado en hombros por todo su equipo en mitad de la cancha. Lo había logrado.
Minutos después, la marea del campo comenzó a despejarse. Desde el palco, vi a Mason caminar hacia la banda perimetral. Se había quitado el casco y hablaba con un grupo de tres hombres maduros que vestían chaquetas oficiales de la NFL. Estaba hablando con los cazatalentos. Su lenguaje corporal era seguro, maduro; asentía con la cabeza mientras estrechaba sus manos con firmeza.
-Lo consiguió, ¿verdad? -una voz suave y sumamente cálida me interrumpió.
Me giré y me encontré con Eloisa, la madre de Mason. Llevaba una blusa sencilla con los colores del equipo y me miraba con esos ojos color miel llenos de una ternura infinita. Desde el primer día en que la conocí, Eloisa me había brindado un calor de madre que me encantaba, un refugio dulce que yo, habiendo crecido en el frío entorno de los negocios de mi padre tras la ausencia de la mía, atesoraba como el oro más precioso.
-Sí, Eloisa. Está hablando con ellos ahora mismo -le dije, suavizando mi fachada ejecutiva por completo y permitiéndome entrelazar mi mano con la suya-. Jugó el mejor partido de su carrera. Ha sido impecable.
Eloisa apretó mi mano con cariño, dándome una mirada que me derritió el pecho.
-Nada de esto hubiera sido posible sin ti, Emily. Tú le diste la fuerza para plantarle cara al mundo y encontrar su propia voz. Arthur y yo te estaremos eternamente agradecidos por haber salvado a nuestro hijo de su propia tormenta. Eres una bendición para esta familia, mi niña.
-Yo solo le di el empujón, Eloisa. El talento y el corazón siempre fueron de él -respondí, sintiendo una calidez hermosa recorrerme el cuerpo-. Gracias por hacerme sentir tan parte de esto. De verdad.
De repente, la puerta de acceso al palco VIP se abrió de golpe, llamando la atención de todos. Mason entró arrastrando los pasos con una felicidad que no le cabía en el cuerpo. Estaba sudado, despeinado, con el rostro cubierto de una mezcla de pintura negra y sudor, pero sus ojos verdes brillaban con una intensidad salvaje. Tenía una hoja de precontrato oficial en la mano.
-¡¡ENTRÉ EN EL EQUIPO!! -gritó a todo pulmón, rompiendo todo el protocolo del palco-. ¡Entré al equipo de la NFL más famoso del país! ¡Está hecho!
El palco se volvió a convertir en un caos de felicitaciones. Arthur lo abrazó con una fuerza que casi lo desarma, su madre lo besó en la mejilla llorando de alegría, y mi padre le dio un asentimiento de cabeza cargado de un respeto absoluto entre hombres de éxito. Todos estaban emocionados, celebrando el triunfo del nuevo mariscal profesional.
Pero Mason no se quedó detenido en los elogios familiares. Sus ojos verdes escanearon el lugar rápidamente hasta que se fijaron en mí.
Corrió hacia su novia sin importarle que yo llevara un vestido de diseñador impecable o que su sudor pudiera arruinar mi ropa. Me tomó por la cintura de un solo movimiento, elevándome en el aire mientras yo rodeaba su cuello con mis brazos, y me besó. Fue un beso apasionado, largo, que sabía a victoria, a alivio y a un futuro brillante que finalmente se abría ante nosotros.
Nos separamos sutilmente, dejando que mis pies tocaran el suelo de nuevo, aunque él mantuvo sus manos grandes firmemente apoyadas en mi cintura, pegándome a su pecho.
-Te lo dije, jefa -me susurró con la voz ronca, con esa sonrisa de medio lado que marcaba sus hoyuelos-. Te dije que ganaría este Draft bajo mis propios términos. Lo hice por mí, pero sobre todo, lo hice para construir un imperio contigo.
-Nunca dudé de tus habilidades de ganador, Johnson -le respondí, limpiándole un rastro de pintura de la mejilla con el pulgar, mirándolo con todo el amor que tenía guardado-. Estoy tan jodidamente orgullosa de ti, Mason. Eres una estrella. Tu propia estrella.
-Te amo, Emily. Te amo tanto que da miedo -dijo él, juntando su frente con la mía, ignorando los murmullos divertidos de los chicos a nuestras espaldas-. Gracias por quedarte en ese aeropuerto. Gracias por no dejarme solo en la cancha.
-Y yo te amo a ti, mi mariscal -le respondí, dándole un beso corto y dulce en los labios-. Somos increíblemente felices, Mason. Y esto... esto apenas es el primer cuarto del partido de nuestras vidas.




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