El Que No Quiso Luchar Fui Yo.

Capítulo 35

EL QUE NO QUISO LUCHAR FUI YO. 

Capítulo  35

____ Narra Esteban ____ 

Mis tíos se fueron a jugar a casa de unos amigos, Natalia me comentó que siempre que iban a jugar se quedaban hasta el amanecer. Solo nos quedamos nosotros tres, ya imaginaba la cara que pondría Sandra cuando llegaran, no creía que le gustara la idea. 

Me senté en el corredor, la noche estaba muy bonita, pero  no tanto como la persona que acababa de llegar en ese momento. Traía su cabello desordenado, tan divina como siempre, saludó y respondí lo más normal. La sentí incómoda, miraba a todos lados como buscando algo, hasta que preguntó por mis tíos. Pude ver como se descompuso el gesto de su rostro, empezó a jugar con su cabello y podía jurar que estuvo a punto de salir corriendo, aún podía descifrar cada una de sus reacciones. 

La idea de estar sola con nosotros no le gustó para nada, entró y se fue a la cocina con Natalia y Carola, yo me quedé con Sebastián en el corredor platicando. Luego de unos minutos nos llamaron a la mesa, nos sentamos a comer y justo ella se sentó frente a mí. Ese día la comida era arroz con pollo, estaba delicioso como todo lo que prepara mi tía. 

—¿Qué les parece si ahora vemos una película? —propuso Natalia. 

Y como si pensáramos lo mismo, nuestras miradas se encontraron, podía asegurar que recordó lo mismo que yo. 

—¡Me encanta la idea! —respondió Carola. 

—Por mí no hay problema —respondí. 

—Sandra, ¿qué dices?—insistía Natalia. 

—No sé, mañana debo madrugar —respondió. 

—Solo un momento, sí. 

Carola empezó a hacerle gestos de puchero. Me miró por unos segundos, entendí perfectamente que si no quería quedarse era por mí. No podía evitar sentir esa fea sensación. El sólo pensar que ella me despreciaba y le molestaba mi presencia, me mataba, eso dolía demasiado. Sabía que era mi culpa y lo merecía por estúpido, por cobarde, merecía su desprecio, yo me lo busqué. Me levanté y salí al patio, necesitaba aire puro. 

Dolía y eso solo quería decir una cosa; nunca la olvidé, ella seguía clavada dentro de mí como una espina. Pensé que era parte del pasado, pero no fue así, solo ella podía provocar esas emociones en mí. Era la única capaz de poner mi mundo de cabeza, era la única que me hacía sentir tantas cosas al tiempo sin ser capaz de ponerles un nombre. Era la única que me hacía poner la piel chinita, la única que me hacía latir el corazón como si quisiera salirse de mi pecho, era la única que me hacía sentir un mar de sensaciones.

Si me despreciaba, me lo merecía por ser tan idiota. Otra vez el miedo se hacía presente y me paralizaba, al menos sabía que ella logró olvidarme y ya no podré lastimarla más.  Al menos me quedaba ese consuelo, porque de verdad lo que menos quería era lastimarla, no quería volver a herirla. Porque el miedo siempre me había dominado a mí, yo nunca podría dominarlo a él.

Tenía tanto amor ahí guardado que me hacía daño. Eran pocas respuestas y tantas preguntas, estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Aún teniéndola a unos pasos de mí igual la extrañaba. Mi maldita suerte me dejó tenerla, pero antes de empezar mi cobardía acabó con todo lo que pudo ser tan maravilloso. Yo era un  maldito caos andante, lo único que tenía estable era mi carrera, porque mi vida personal era un desastre. 

Cerré los ojos, pasé saliva cortando el nudo que se hizo en mi garganta. Recordé sus besos, esa droga que era tan adictiva, esa droga que me volvía loco, porque solo ella me hacía sentir vivo y  que todo volvía a tener razón de ser. Sus labios, su sonrisa y el brillo de sus ojos, la amaba como un loco y no podía cambiarlo, aunque lo deseara con todas las fuerzas de mi alma, no podía. Y lo  que más rabia me daba, era que no podía arrancar ese maldito miedo que me dominaba, ese maldito miedo que tenía demasiado poder sobre mí.

Traté de mantener firme mi razón y no escuchar al corazón. Escuché tras de mí la melodía más bonita, esa que me ponía la piel de gallina, su voz. 

—¡Esteban! —susurró— ya van a poner la película, por si quieres verla.  

Se me paralizó hasta el alma, me quedé inmóvil. No fui capaz de mirarla, me quedé ahí. Si la miraba me desarmaba y dejaría salir eso que me atravesaba la garganta. La tomaría en mis brazos y haría lo que tanto quería desde que volví a verla, abrazarla como si el mañana no existiera. Pegarla a mí y sentirla tan mía, solo mía. 

—Gracias, ahora voy. 

Sentí su respiración, se quedó mirándome, podía sentir su mirada clavada en mi espalda como una daga. Sentí sus pasos cuando se alejó, solté todo el aire acumulado, eso era demasiado para mí. 

Entré a la habitación de mis tíos, ahí estaban viendo la película. Todos estaban sentados en el piso, me acomodé junto a Natalia. La película que eligieron fue «Masacre en Texas», no entiendo cómo lograron convencerla de que la viera. Miré a Natalia, se encogió de hombros y sonrió. A veces quisiera aplastarla, solo a ella se le ocurren esas cosas.

La miré de reojo, estaba abrazando una almohada «que rico ser almohada». Sacudí la cabeza y regresé la mirada  a la pantalla, un grito nos aturdió a Sebastián y a mí. Las chicas gritaron al tiempo, esa película era muy sangrienta. Miré a Sandra y estaba pálida, sus manos temblaban. Me moría por ir a su lado y abrazarla, era como un instinto de protegerla. Quería rodearla con mis brazos y pegarla a mí para poder disfrutar del rico aroma que salía de su cabello.

—¡Tengo mucho miedo! —susurró  mi dulce niña. 

—Tranquila, aquí hay un hombre y medio para que nos cuiden. 

Soltó Natalia, a cambio recibió un almohadazo por el comentario. 

—¿Cómo que un hombre y medio? —protestó Sebastián—, ¿y yo qué? 

—Por eso querido hermanito, tú aún eres pequeño, un hombrecito y Esteban es el hombre. 

Soltó una carcajada. 

—Tranquila Sandra, Esteban nos protege, ¿verdad? —me miró.

Aunque solo estamos bajo el reflejo de la pantalla pude notar que sus mejillas cambiaron de color, solo asentí. Conocía las intenciones de Natalia, otro grito se escapó de sus labios, se cubrió el rostro con las manos. 




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