El rastro de la maldad

Prólogo: El reino de los olvidados

Se encontraba atrapado en una jaula. Una jaula dentro de otra jaula.

Era plenamente consciente de dónde estaba, su maestro le había hablado de ese lugar: Uzmarzumas, el sitio al que iban a parar todos aquellos cuyas almas eran arrancadas de sus cuerpos violentamente y no volvían al plano terrenal en poco tiempo, siendo condenadas a vivir una existencia espectral; que los enloquecía conforme sus cuerpos vacíos alcanzaban un avanzado estado de putrefacción, hasta que se deshacían en pedazos. Era entonces cuando desaparecían como volutas de humo.

Sin duda, una de las torturas más crueles ejecutadas por los nigromantes.

Y su maestro, un experto nigromante, la había efectuado en él. Le había sacado de un tormento horrible para sumirlo en uno peor.

Era él quien lo mantenía en aquella jaula transparente de energía pura para dejarlo encerrado de por vida. Su mentor le mentía diciéndole que era por su bien, para evitar que las almas dementes del sitio lo atacaran, pero él sabía la verdad: lo abandonaría ahí, a su suerte, por toda la eternidad.

De vez en cuando se abrían brechas: puntos luminosos por los cuales el alma podía volver al mundo humano, pero la gran mayoría estaban tan hundidas en su propia locura como para notarlo… y aún así esa sería la mitad del camino, ya que todavía debían hallar su cuerpo y encontrar un modo de volver a él. Y si no hallaban sus restos mortales, tendrían que aprovechar el cadáver de cualquier ser vivo que hubiera fallecido recientemente o podrían desvanecerse.

Un ruido entre la espesa maleza llamó su atención, el chico alzó la cabeza esperando ver llegar a su maestro para reforzar la prisión en la que lo mantenía, pero era uno de los espíritus atrapados allí. De nueva cuenta, como en todos los años que llevaba en este sitio, lamentó que los prisioneros no llevaban ropa. Era lastimoso ver sus cuerpos desnudos cubiertos de barro y sangre seca (seguía pareciéndole curioso que las almas sangraran), llenos de laceraciones y heridas mientras que él, por otro lado, tenía una túnica que su maestro le había llevado. Aún recordaba sus ojos castaños observándolo con una lástima no exenta de maldad. Lo peor, recordó después, es que le habían advertido de no confiar en él.

De repente, una de las almas desquiciadas cruzó el espacio de su confinamiento limpiamente, lo cual le puso en alerta de inmediato. Dio unos pasos tambaleantes y pudo salir de aquel sitio que había sido su prisión; sin perder tiempo siguió avanzando para poder correr en caso de ser necesario. Al cabo de poco tiempo un destello llamó su atención: era una brecha.

¡Su pase a la libertad estaba cerca!

Apuró el paso, y en ese momento los condenados comenzaron a perseguirlo ante la posibilidad de obtener carne fresca. El joven maldijo interiormente, mientras corría para evitar ser atacado, y tropezó cayendo de bruces, permaneció unos segundos tirado en el suelo y se levantó reanudando la carrera. A poca distancia, la brecha comenzó a cerrarse.

“¡No!”, jadeó, su voz perdiéndose en un eco infinito mientras seguía corriendo. El cansancio comenzó a apoderarse de él, amenazando con dejarlo a merced de los espectros que ansiaban obtener una nueva presa, y haciendo acopio de sus fuerzas logró alcanzar aquella brecha, cruzándola antes de que se cerrara por completo logrando llegar al mundo humano. Un breve vistazo le indicó que se hallaba en el sitio de su muerte, estaba seguro de que no hallaría a su maestro ahí; así que ahora tenía que encontrarlo para obligarlo a deshacer lo que había hecho.

Pero antes de eso, debía encontrar un cuerpo que habitar temporalmente, no podía hacer mucho siendo un espíritu en peligro de desaparecer. Un alboroto llamó su atención y se dirigió hacia allá, las calles de Londres se encontraban casi vacías a pesar de que comenzaba a amanecer; por ello no le costó nada dar con el origen del alboroto: un grupo de chicos golpeaban a otro con saña, como si quisieran darle un escarmiento por algo y no cesaron hasta que se hartaron, fue entonces que el ánima se aproximó al bulto que, conforme se acercaba, se volvía un chico que se ahogaba con su propia sangre. Su nombre era Hideki Sugawara y había llegado de Tokio en un programa de intercambio para especializarse en lenguas antiguas.

Y sin embargo, allí estaba; agonizando por causa de una costilla que le había perforado un pulmón gracias a unos idiotas xenófobos que intentaban probar un punto estúpido. Mala suerte.

Podía notar el miedo emanando del chico, ya que no quería morir, y se arrodilló enfrente de él tomándole la mano; al estar en el umbral de la muerte pudo sujetarlo sin problema.

—Tranquilo —susurró—. Estoy aquí para ayudarte.
—¿Quién eres? —preguntó el moribundo Hideki—. ¿Viniste por mí?
—Me llamo Akane, y vine a ofrecerte un trato. Salvaré tu vida, pero a cambio tendrás que dejarme usar tu cuerpo hasta que pueda encontrar el mío.
—¿Va a doler?
—No, solo debes cerrar los ojos.

Y así, un instante después, Akane tenía un cuerpo físico.




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