El rastro de la maldad

Epílogo: La reunión de los familiares

- Meses después -

Sekai dormitaba plácidamente echado sobre la rama de un árbol. Sus nueve colas se movían adelante y atrás, meciéndose al viento que soplaba tranquilamente.

Los últimos meses habían sido extrañamente tranquilos y algo solitarios. De vez en cuando, Sachi, Reijiro y Hideki se presentaban en su santuario para dejar alguna ofrenda y, claro, visitarlo a él. Sus visitas siempre eran bien recibidas y pasaban un rato agradable, platicando hasta que llegaba la noche. Durante sus meditaciones, Sekai pensaba en Ritsu, recordando los breves momentos de felicidad que habían pasado juntos. También pensaba en Subaru  y, durante los primeros días no podía evitar pensar en su último encuentro en aquel recinto funerario.

Justo cuando lo habían dado por perdido, Subaru apareció saliendo del hoyo con brusquedad y recargó la mitad de su cuerpo sobre el borde. Había caído a la pira junto con Akane, pero había logrado salir gracias a sus alas metálicas, las cuales estaban destrozadas.

—¡Subaru! —exclamó Sekai yendo hacia él, pero Sachi y Reijiro lo detuvieron antes de que pudiera acercarse.
—No te preocupes por mí —dijo Subaru—. Solo vine a despedirme.
—¿Despedirte?

Con una expresión triste, Subaru explicó:

—Me despertaron para detener a Akane, pero mi misión real era hacerte comprender tu verdadera naturaleza. Ahora que se ha cumplido, me devolverán al sueño de coma, y yo no quiero eso.
—Pues entonces ven conmigo —replicó Sekai.
—No puedo —negó Subaru—. Tal vez fui creado de manera artificial, pero en esencia soy el hijo de dos deidades, y el que yo tenga una vida tranquila sería una burla a las penurias que tu hermana y tú tuvieron que pasar.
—Pero… no quiero quedarme solo.

Con sus últimas fuerzas, Subaru se echó a reír.

—No estás solo —le dijo, señalando a las otras tres personas en el lugar—. Los tienes a ellos tres, y además, yo aún tengo una promesa que cumplir. Adiós, Sekai, fue realmente divertido conocerte.

Y tras decir esto, Subaru se entregó a la muerte verdadera.

Un crujido se escuchó, y Sekai alzó la cabeza un poco adormilado, preguntándose si ese ruido había pasado en verdad o era producto de su sueño. Después se preguntó quién había decidido visitarlo, sabía que ninguno de sus amigos sería: Sachi había ido a Kanto por una presentación, Reijiro se encontraba en una galería de arte en Okinawa y hideki había decidido regresar a Londres, para terminar su curso de lenguas antiguas. Estaba empezando a considerar que tal vez Inari se había presentado a ver cómo estaba su santuario, o Amaterasu había ido a visitarlo cuando percibió una esencia de vida pura y un escalofrío recorrió su cuerpo al reconocerla.

De inmediato, saltó al suelo tomando su forma humana y la vio: era una mujer muy hermosa de largo cabello negro, que ondeaba suavemente al viento, al igual que su vestido blanco. A su lado se encontraba un hombre de semblante adusto y cabello blanco; cuyas facciones duras se suavizaron al verlo y sonrió, al tiempo que la mujer extendía los brazos con expresión radiante y decía:

—¡Hijo mío!

Por un momento, Sekai no supo cómo reaccionar, pero un instante después corrió a su encuentro, exclamando:

—¡Mamá!

Gyvenimas lo recibió entre sus brazos, estrechándolo con fuerza en un reencuentro que anhelaba desde los albores del tiempo, cuando los elementos se lo habían arrebatado.

—Perdóname —sollozó—. Perdóname por no haberlos encontrado antes.
—No tengo nada que perdonar —dijo Sekai.

En su noble corazón ya no había odios ni resentimientos. No tenía nada que reprochar ni tampoco nada que reclamar, todo lo que lo atormentaba pertenecía al pasado y no tenía caso traerlo al presente. Mirtis se acercó a su hijo y, por primera vez en mucho tiempo, le habló.

—Ritsu y Subaru te mandan sus saludos —dijo, antes de unirse al abrazo.

Sekai lloró de la alegría. No solo se había reunido con sus padres, ahora sabía que en algún momento podría volver a ver a su hermana y a su primo.

Finalmente estaba en paz.




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