El Ratón Del Campo Y El Ratón De La Ciudad

Capítulo 2 - El Camino A La Ciudad

Tomás despertó antes de que saliera el sol.

Durante unos segundos permaneció acostado, mirando el techo de su pequeña casa y preguntándose por qué sentía aquella extraña mezcla de emoción y nervios.

Entonces recordó todo.

Leonardo.

La invitación.

La ciudad.

El viaje.

Se levantó de un salto.

—¡Hoy es el día!

Leonardo dormía todavía en un rincón de la habitación, cómodamente acomodado sobre un montón de hojas.

Tomás se acercó.

—Leonardo.

Nada.

—Leonardo, despierta.

El ratón de ciudad se dio vuelta.

—Cinco minutos más…

Tomás levantó una ceja.

—Tú dijiste que debíamos salir al amanecer.

Leonardo abrió un ojo.

—En la ciudad, el amanecer ocurre más tarde.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Para mí sí.

Tomás tomó una semilla seca y la dejó caer junto a su primo.

—¡Arriba!

Leonardo se incorporó sobresaltado.

—¡Ya estoy despierto!

Tomás comenzó a reír.

—Eso parece.

Poco después, los dos ratones estaban listos para partir.

Tomás llevaba su bolsa de viaje, una cuerda, un poco de pan, algunas semillas y su pequeña brújula.

Leonardo, en cambio, llevaba su diminuta maleta.

Tomás la miró con curiosidad.

—¿Qué llevas ahí?
—Cosas importantes.
—¿Comida?
—No.
—¿Una cuerda?
—No.
—¿Agua?
—Tampoco.

Tomás frunció el ceño.

—Entonces, ¿Qué llevas?

Leonardo abrió orgullosamente la maleta.

Dentro había un pequeño peine, un pañuelo, una diminuta cuchara brillante y una corbata de repuesto.

Tomás lo miró en silencio.

—¿Eso es todo?
—¿Qué más podría necesitar?

Tomás cerró lentamente la maleta.

—Espero que nunca tengamos que cruzar un río.

Leonardo se acomodó el chaleco.

—Para eso estás tú.

Tomás negó con la cabeza, sonriendo.

Antes de marcharse, dio una última mirada a su casa.

Cerró la puerta y colocó una pequeña piedra frente a ella.

El campo estaba cubierto por una fina neblina.

Las primeras luces del amanecer comenzaban a teñir el cielo.

—Adiós, hogar.

Murmuró Tomás.

Leonardo ya caminaba unos pasos adelante.

—¡Vamos, primo! La ciudad no vendrá hasta nosotros.

Tomás respiró profundamente y comenzó a seguirlo.

Durante la primera parte del camino, todo resultó familiar.

Avanzaron entre sembradíos, raíces y pequeños senderos que Tomás conocía desde hacía años.

Leonardo, sin embargo, parecía sorprendido por cada cosa que encontraba.

Cuando una rana saltó frente a ellos, Leonardo retrocedió.

—¿Qué fue eso?
—Una rana.
—¿Muerde?
—No.
—¿Seguro?
—Bastante seguro.

Continuaron caminando.

Unos minutos después, Leonardo se detuvo al escuchar un fuerte zumbido.

—¿Y eso?
—Una abeja.
—¿Muerde?
—No exactamente.

Leonardo aceleró el paso.

—Cada vez me gusta menos el campo.

Tomás comenzó a reír.

—Y todavía no hemos visto a Sombra.

Leonardo se detuvo inmediatamente.

—¿Sombra?
—El gato de la granja.
—¿Hay un gato aquí?
—Claro.

Leonardo lo miró preocupado.

—No mencionaste eso ayer.
—Tú tampoco mencionaste los peligros de la ciudad.

Leonardo permaneció en silencio.

Tomás lo observó.

—¿Qué?
—Nada.
—Leonardo.
—Sigamos caminando.

Tomás comenzó a sospechar que su primo conocía más peligros de los que estaba dispuesto a contar.

Después de casi una hora llegaron al final de los sembradíos.

Frente a ellos se extendía un ancho camino de tierra.

Más allá comenzaba una zona que Tomás conocía poco.

—A partir de aquí tendrás que guiar tú.

Dijo.

Leonardo sonrió.

—Por supuesto.

Miró hacia la izquierda.

Después hacia la derecha.

Volvió a mirar hacia la izquierda.

Tomás cruzó los brazos.

—¿Sabes por dónde ir?
—Claro que sí.
—¿Por dónde?

Leonardo señaló hacia la derecha.

—Por allí.

Tomás sacó su brújula.

—La ciudad está hacia el este.

Leonardo miró el pequeño instrumento.

Luego señaló hacia la izquierda.

—Exactamente. Por allí.

Tomás soltó una carcajada.

—Menos mal que traje la brújula.

Los dos continuaron el viaje.

A medida que avanzaban, el paisaje comenzaba a cambiar.

Los campos se hicieron más pequeños.

Aparecieron cercas de madera.

Después, casas.

Y más adelante, caminos mucho más anchos.

Tomás comenzó a escuchar sonidos que nunca había oído con tanta intensidad.

Golpes.

Voces.

Ruedas.

Motores.

Silbidos.

El ratón campesino movía las orejas en todas direcciones.

—¿Siempre hay tanto ruido?
—Esto todavía no es nada.

Respondió Leonardo.

De pronto, la tierra comenzó a vibrar.

Tomás se detuvo.

—¿Qué está pasando?

Leonardo miró hacia adelante.

—¡Rápido! ¡Escóndete!

Los dos corrieron detrás de una piedra.

Un enorme vehículo pasó frente a ellos levantando polvo.

Tomás sintió que el suelo temblaba bajo sus patas.

Cuando el ruido desapareció, asomó lentamente la cabeza.

—¿Qué era eso?
—Un carro.
—¡Eso era gigantesco!
—En la ciudad verás cientos.

Tomás miró el camino con preocupación.

—¿Y cómo cruzaremos?

Leonardo sonrió.

—Con mucho cuidado.

Esperaron varios minutos.

Cuando el camino quedó vacío, Leonardo levantó una pata.

—Ahora.

Los dos corrieron.

Tomás avanzó tan rápido como pudo.

Estaban a mitad del camino cuando escucharon otro ruido.

Un motor.

Tomás miró hacia un lado.

Un vehículo se acercaba.

—¡Leonardo!
—¡Corre!

Los dos aceleraron.

El vehículo pasó detrás de ellos justo cuando alcanzaban la otra orilla.

Una fuerte ráfaga de aire hizo rodar a Tomás por el suelo.



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En el texto hay: aprendizaje, fábula

Editado: 01.09.2026

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