El Ratón Del Campo Y El Ratón De La Ciudad

Capítulo 3 - La Mansión De Leonardo

Tomás permaneció inmóvil frente a la enorme avenida.

Los vehículos pasaban uno tras otro a gran velocidad. Cada vez que uno cruzaba frente a él, una ráfaga de aire levantaba polvo y hacía temblar sus bigotes.

Al otro lado de la calle, detrás de una gran reja negra, se encontraba la mansión.

Era mucho más grande de lo que había imaginado.

Tenía enormes ventanas, altas columnas de piedra y un jardín tan extenso que parecía no terminar nunca.

Tomás tragó saliva.

—¿De verdad vives ahí?

Leonardo sonrió.

—Te dije que mi casa era grande.
—Grande no es la palabra.

Otro automóvil pasó frente a ellos.

Tomás retrocedió.

—Primero tenemos que llegar vivos.

Leonardo observó la avenida con atención.

—Hay un momento en que los vehículos se detienen.
—¿Cómo lo sabes?
—He cruzado muchas veces.

Tomás lo miró.

—Eso no me tranquiliza.

Esperaron detrás de un pequeño muro.

De pronto, el flujo de vehículos comenzó a disminuir.

Leonardo levantó una pata.

—Prepárate.

Tomás sujetó con fuerza su bolsa.

—¿Ahora?
—Todavía no.

Un último vehículo pasó frente a ellos.

Leonardo miró hacia ambos lados.

—¡Ahora!

Los dos ratones salieron corriendo.

Tomás avanzó tan rápido que apenas sentía sus patas tocar el suelo.

Habían recorrido la mitad de la calle cuando escucharon un claxon.

—¡Leonardo!
—¡Sigue corriendo!

Un automóvil dobló la esquina.

Tomás sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Corrieron los últimos metros y se lanzaron hacia la banqueta.

El vehículo pasó detrás de ellos.

Los dos quedaron tendidos junto a la reja.

Leonardo respiraba agitadamente.

—¿Ves? Fácil.

Tomás levantó lentamente la cabeza.

—Tú y yo tenemos ideas muy distintas sobre lo que significa “fácil”.

Leonardo comenzó a reír.

—Vamos. Ya estamos cerca.

Los dos se colaron por debajo de la gran reja.

Al entrar al jardín, Tomás quedó maravillado.

Había flores de muchos colores, árboles perfectamente podados y fuentes de piedra de las que caían pequeños chorros de agua.

—Esto es hermoso.

Dijo Tomás.

—El jardín es bonito.

Respondió Leonardo.

—Pero espera a ver el interior.

Caminaron entre los arbustos.

Tomás observaba todo con atención.

Había insectos que nunca había visto.

Flores con aromas intensos.

Pequeñas luces escondidas entre las plantas.

—En el campo no tenemos jardines así.
—¿No?
—Tenemos naturaleza.

Leonardo soltó una pequeña risa.

—Eso también sirve.

Continuaron hasta llegar a la parte trasera de la mansión.

Allí había una pequeña abertura junto a una tubería.

Leonardo se acercó.

—Esta es una de mis entradas secretas.

Tomás miró el agujero.

—¿Una de ellas?
—Tengo siete.
—¿Por qué necesitas tantas?

Leonardo se quedó callado unos segundos.

—Digamos que es conveniente tener opciones.

Tomás levantó una ceja.

—¿Por el gato?

Leonardo carraspeó.

—Entre otras cosas.

Los dos entraron por el agujero.

Al otro lado encontraron un estrecho pasadizo oscuro.

Tomás apenas podía ver.

—¿Siempre entras por aquí?
—Casi siempre.
—¿Y cómo sabes hacia dónde ir?

Leonardo tocó la pared con una pata.

—Memoria.

Tomás sacó su pequeña brújula.

—Yo prefiero esto.

Avanzaron durante unos minutos hasta que apareció una luz al final del túnel.

Leonardo empujó una pequeña tabla.

Los dos salieron detrás de un enorme mueble.

Tomás abrió los ojos.

Habían llegado al interior de la mansión.

El suelo estaba cubierto por una alfombra gruesa y suave.

Las paredes tenían grandes cuadros.

Un enorme candelabro colgaba del techo.

Tomás levantó la cabeza.

—Eso parece una estrella atrapada en el techo.

Leonardo sonrió.

—Es una lámpara.
—Es gigantesca.
—Aquí casi todo lo es.

Tomás caminó unos pasos sobre la alfombra.

Sus patas se hundían ligeramente.

—Esto es más suave que mi cama.

Leonardo señaló hacia un gran sofá.

—Espera a subir ahí.

Tomás lo miró.

—¿Podemos?
—Cuando los humanos no están.

Leonardo salió de detrás del mueble.

Tomás lo siguió.

Cada objeto parecía enorme.

Una silla era como una torre.

Una mesa parecía una montaña.

Incluso un simple zapato abandonado junto a la puerta era más grande que Tomás.

—¿Cómo puedes vivir aquí sin perderte?
—Al principio me perdía todo el tiempo.
—¿Y qué hacías?
—Caminaba hasta encontrar comida.

Tomás soltó una carcajada.

—Eso suena a ti.

Leonardo continuó avanzando.

Llegaron a una enorme sala.

En una esquina había un reloj de pie.

De repente, el reloj comenzó a sonar.

¡DONG!

Tomás dio un salto.

¡DONG!

—¿Qué es eso?

Leonardo siguió caminando con tranquilidad.

—El reloj.

¡DONG!

Tomás se tapó las orejas.

—¿Tiene que gritar así?
—Te acostumbrarás.

Cuando el sonido terminó, Tomás respiró aliviado.

—No estoy seguro de querer acostumbrarme.

Leonardo sonrió.

—Todavía no has visto lo mejor.

Atravesaron otro pasillo.

Entonces Tomás comenzó a percibir un aroma delicioso.

Se detuvo.

—¿Qué es eso?

Leonardo sonrió.

—Ahora sí.

Tomás olfateó el aire.

—Pan.
—Sí.
—Queso.
—También.
—¿Y eso dulce?
—Pastel.

Los ojos de Tomás se iluminaron.

—¿Dónde está?

Leonardo señaló hacia una puerta.

—La cocina.

Los dos corrieron hasta un pequeño agujero en la pared.

Leonardo asomó la cabeza.

Tomás hizo lo mismo.

La cocina era enorme.

Una mujer colocaba platos sobre una mesa mientras otra persona preparaba comida.



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En el texto hay: aprendizaje, fábula

Editado: 01.09.2026

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