El Ratón Del Campo Y El Ratón De La Ciudad

Capítulo 4 - El Gran Banquete

Tomás despertó con un olor delicioso.

Abrió los ojos lentamente y durante unos segundos no recordó dónde estaba.

No veía el techo de tierra de su pequeña casa.

No escuchaba el viento moviendo las plantas del campo.

Tampoco entraban los primeros rayos del sol por su diminuta puerta.

En su lugar, se encontraba en la cómoda habitación de Leonardo, dentro de una enorme mansión en medio de la ciudad.

Entonces volvió a sentir aquel aroma.

Pan caliente.

Queso.

Algo dulce.

Tomás se incorporó.

—¿Qué es ese olor?

Desde el otro lado de la habitación, Leonardo sonrió.

Ya estaba despierto, peinado y vestido con otro de sus elegantes chalecos.

—Buenos días.

Tomás olfateó nuevamente.

—No has respondido mi pregunta.

Leonardo se acomodó la corbata.

—Anoche los humanos tuvieron invitados.

Los ojos de Tomás se iluminaron.

—¿Eso significa…?
—Banquete.

Tomás saltó de la cama.

—¿Ahora?
—Tranquilo. Primero debemos esperar.
—¿Esperar qué?
—A que los humanos terminen de desayunar y abandonen el comedor.

Tomás se acercó a la entrada del pequeño escondite.

—¿Y cuánto tardarán?

Leonardo sonrió.

—Cuando se trata de humanos, nunca se sabe.

Tomás suspiró.

Su estómago rugió.

Leonardo comenzó a reír.

—Parece que alguien tiene hambre.
—Ayer casi me come un gato. Creo que eso da apetito.

Leonardo abrió una pequeña caja y sacó dos migas de pan.

—Toma.

Tomás observó la miga.

—¿Eso es todo?
—Es solo para esperar.

Tomás la tomó.

—Ayer te burlabas de mis semillas y ahora me das una miga.
—Porque estoy reservando tu apetito para algo mejor.

Aquellas palabras fueron suficientes para despertar nuevamente la curiosidad de Tomás.

Durante casi una hora permanecieron dentro de la habitación.

A través de las paredes podían escuchar pasos, voces, puertas y el constante movimiento de la mansión.

De vez en cuando, Tomás también escuchaba algo que le preocupaba mucho más.

Tin.

Tin.

El cascabel de Duque.

Cada vez que sonaba, Tomás levantaba las orejas.

Leonardo se dio cuenta.

—No te preocupes tanto.
—Es fácil decirlo cuando tú conoces todos los escondites.
—Pronto tú también los conocerás.
—No estoy seguro de quedarme el tiempo suficiente para aprenderlos.

Leonardo lo miró sorprendido.

—¿Ya quieres regresar?

Tomás negó con la cabeza.

—No dije eso.

La ciudad todavía le parecía fascinante.

Pero comenzaba a comprender que cada cosa maravillosa que encontraba venía acompañada de algún peligro.

Finalmente, Leonardo se acercó a una pequeña abertura en la pared.

Escuchó atentamente.

Nada.

—Es hora.

Los dos ratones avanzaron por los túneles interiores de la mansión.

Leonardo caminaba delante.

Tomás lo seguía con su pequeña bolsa al hombro.

—¿Por qué llevas eso?

Preguntó Leonardo.

—Por si necesitamos guardar comida.

Leonardo comenzó a reír.

—Primo, después de ver lo que hay en el comedor, no pensarás en guardar nada.

Llegaron hasta una pequeña grieta.

Leonardo asomó la cabeza.

Tomás hizo lo mismo.

Frente a ellos se encontraba el comedor principal.

Tomás quedó inmóvil.

Era todavía más impresionante de lo que había imaginado.

Una enorme mesa ocupaba casi todo el centro de la habitación.

Sobre ella había platos, copas, bandejas y restos de la cena de la noche anterior.

Un largo mantel decorado caía hasta casi tocar el suelo.

Tomás abrió la boca.

—No puede ser.

Leonardo sonrió orgullosamente.

—Te lo prometí.

Sobre la mesa había pedazos de pan, frutas, quesos, pastel, nueces y restos de varias comidas que Tomás ni siquiera podía reconocer.

También había pequeños huesos de aves preparados durante el banquete.

—¿Todo eso quedó de anoche?
—Sí.

Tomás parecía confundido.

—¿Y los humanos no se lo comen?
—Cuando tienen demasiado, dejan comida.

Tomás observó la mesa.

—En el campo nunca dejamos comida.

Leonardo saltó sobre una silla.

—Otra ventaja de la ciudad.

Tomás lo siguió.

Utilizaron el mantel como si fuera una cuerda para escalar.

Cuando llegaron a la mesa, Tomás sintió que había entrado en otro mundo.

El mantel bajo sus patas era suave y estaba cubierto por dibujos de flores y figuras doradas.

—¿Qué es esto?

Preguntó Tomás.

—Un tapiz de Turquía.

Respondió Leonardo.

—Los humanos lo utilizan en ocasiones especiales.

Tomás acarició la tela.

—Parece demasiado bonito para comer encima.

Leonardo se encogió de hombros.

—Los humanos hacen cosas extrañas.

Caminaron hasta una bandeja.

Leonardo señaló un trozo de queso.

—Comencemos por aquí.

Tomás tomó un pedazo.

Lo probó.

Sus ojos se cerraron por un instante.

—Esto es todavía mejor que el de ayer.

Leonardo sonrió.

—Te dije que la ciudad tenía sus ventajas.

Después probaron pan recién horneado.

Fruta dulce.

Nueces cubiertas de miel.

Un pedazo de pastel.

Tomás comía maravillado.

—En toda mi vida no había probado tantas cosas diferentes.

Leonardo tomó un pequeño fruto seco.

—Y esto no es ni la mitad.

Tomás miró a su alrededor.

—¿Comes así todos los días?

Leonardo dudó un momento.

—Bueno… no exactamente.
—¿Entonces?
—Hay días mejores que otros.

Tomás continuó comiendo.

Durante algunos minutos olvidó por completo sus preocupaciones.

El comedor estaba silencioso.

No había humanos.

No había perros.

Y, sobre todo, no había gatos.

Tomás tomó otro pedazo de pastel.

—Leonardo.
—¿Sí?
—Tal vez tenías razón.



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En el texto hay: aprendizaje, fábula

Editado: 01.09.2026

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