Tomás despertó mucho antes que Leonardo.
La habitación estaba en silencio y apenas una delgada línea de luz entraba por una pequeña grieta en la pared.
Durante unos segundos permaneció acostado.
Entonces recordó.
Su bolsa.
El gato.
La brújula.
Tomás se incorporó de inmediato.
Miró hacia el lugar donde normalmente dejaba sus cosas y sintió un vacío en el estómago.
La brújula de su abuelo seguía en algún lugar de la mansión.
Probablemente muy cerca de Duque.
Tomás bajó de la cama y comenzó a caminar lentamente por la habitación.
Leonardo seguía durmiendo.
—No puedo dejarla ahí.
Murmuró Tomás.
Recordaba perfectamente el día en que su abuelo se la había entregado.
Tomás era todavía muy pequeño.
Habían caminado juntos hasta una colina desde donde podía verse casi todo el campo.
Su abuelo había sacado una diminuta brújula fabricada con una pieza de metal y una pequeña aguja.
—Cuando no sepas hacia dónde ir.
Le había dicho.
—Esto puede ayudarte a encontrar el camino.
Tomás había sonreído.
—¿Siempre funciona?
Su abuelo se había reído.
—Para encontrar el norte, sí.
Después había colocado una pata sobre su hombro.
—Pero para encontrar el camino correcto, también tendrás que aprender a escuchar tu corazón.
Desde aquel día, Tomás llevaba la brújula cada vez que se alejaba mucho de casa.
No era simplemente una herramienta.
Era un recuerdo.
Leonardo se movió en su cama.
—¿Por qué caminas tanto?
Preguntó medio dormido.
Tomás se detuvo.
—Voy a recuperar mi brújula.
Leonardo abrió los ojos.
—¿Qué?
—La que estaba dentro de mi bolsa.
Leonardo se incorporó.
—Tomás, Duque se quedó con ella.
—Por eso tengo que buscarla.
Leonardo se frotó los ojos.
—¿Recuerdas la parte en la que Duque es un gato?
—Perfectamente.
—¿Y la parte en la que intentó comernos?
—También.
Leonardo bajó de la cama.
—Entonces deberíamos olvidarnos de la brújula.
Tomás lo miró fijamente.
—No puedo.
Leonardo suspiró.
—Podemos conseguir otra.
—No quiero otra.
—Puedo encontrar una mejor. Quizá una más brillante.
Tomás negó con la cabeza.
—Era de mi abuelo.
Leonardo guardó silencio.
Ahora entendía.
—¿Te la dio él?
Tomás asintió.
—Poco antes de morir.
Leonardo bajó la mirada.
Ya no volvió a sugerir que consiguieran otra.
Después de unos segundos preguntó:
—¿Sabes dónde puede estar?
—Duque se quedó con mi bolsa en el comedor.
Leonardo pensó.
—Los humanos seguramente limpiaron todo después.
—Entonces pudieron moverla.
—Sí.
—¿Dónde llevan las cosas que encuentran?
Leonardo comenzó a caminar de un lado a otro.
—Depende.
—¿De qué?
—Si creen que es basura, puede estar en la cocina. Si creen que es un juguete de Duque, podría estar en su rincón.
Tomás frunció el ceño.
—¿Duque tiene un rincón?
Leonardo se detuvo.
—Sí.
—¿Dónde?
Leonardo no respondió.
Tomás cruzó los brazos.
—Leonardo.
—En una habitación cerca de la cocina.
—Perfecto.
—No. Nada de perfecto.
Leonardo se acercó.
—Yo nunca entro allí.
Tomás levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque es donde duerme Duque.
Tomás se quedó inmóvil.
—Ah.
—Exactamente.
Por primera vez desde que había despertado, Tomás dudó.
Entrar en el lugar donde dormía el gato parecía una idea terrible.
Leonardo lo observó.
—Podemos esperar.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que Duque esté lejos.
Tomás respiró profundamente.
—Entonces iremos cuando salga.
Leonardo se quedó pensando.
Finalmente asintió.
—Está bien.
Tomás lo miró sorprendido.
—¿Vendrás conmigo?
Leonardo se encogió de hombros.
—No pienso dejar que recorras mi mansión solo.
Tomás sonrió ligeramente.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía.
Leonardo abrió una pequeña caja y sacó un trozo de pan.
—Primero tenemos que saber dónde está Duque.
Comieron rápidamente.
Después salieron de la habitación y avanzaron por los túneles de la pared.
Leonardo se movía con mucho más cuidado de lo habitual.
Cada pocos pasos se detenía a escuchar.
Tomás susurró:
—¿Siempre haces esto?
—Cuando busco al gato, sí.
—¿Y cuando no lo buscas?
Leonardo sonrió.
—Entonces espero no encontrarlo.
Llegaron hasta una pequeña abertura que daba al pasillo principal.
Leonardo miró hacia afuera.
Nada.
Tomás se acercó.
—¿Lo ves?
—No.
Entonces escucharon el sonido.
Tin.
Tin.
Tin.
Los dos se quedaron inmóviles.
Duque apareció al final del pasillo.
Caminaba lentamente.
Tomás retrocedió.
Leonardo siguió observando.
El gato pasó frente a ellos.
Después continuó hacia la sala.
Una mujer apareció.
—Vamos, Duque.
El gato la siguió.
Poco después se escuchó una puerta.
Clac.
Leonardo sonrió.
—Salió al jardín.
Tomás abrió mucho los ojos.
—¿Cuánto tiempo estará fuera?
—No lo sé.
—Eso no ayuda.
—Con Duque, nada es seguro.
Los dos abandonaron el túnel y corrieron pegados a la pared.
Llegaron hasta la cocina.
Leonardo señaló una puerta pequeña al fondo.
—Ahí.
Tomás observó la entrada.
—¿Ese es su rincón?
—Sí.
Avanzaron con cuidado.
Cada paso parecía más difícil.
Cuando llegaron, Tomás asomó la cabeza.
La habitación era pequeña para un humano, pero enorme para ellos.
En una esquina había una gran cama acolchada.
Junto a ella había varios juguetes.
Pelotas.
Cuerdas.
Plumas.