El Ratón Del Campo Y El Ratón De La Ciudad

Capítulo 6 - Una Noche Sin Salida

La lluvia comenzó poco antes del anochecer.

Al principio eran solamente unas cuantas gotas golpeando las ventanas de la mansión.

Tac.

Tac.

Tac.

Tomás levantó la cabeza.

—Va a llover fuerte.

Leonardo, que estaba ordenando algunos botones en una pequeña caja, miró hacia una grieta en la pared.

—¿Cómo lo sabes?
—El viento cambió.
—Yo solo escucho lluvia.

Tomás sonrió.

—En el campo aprendes a prestar atención.

Un trueno retumbó a lo lejos.

¡BOOM!

Leonardo dio un pequeño salto.

Tomás lo miró.

—¿Te asustaste?
—No.

Otro trueno, mucho más fuerte, hizo vibrar la habitación.

¡BOOOOM!

Leonardo dejó caer un botón.

—Tal vez un poco.

Tomás comenzó a reír.

—Pensé que los ratones de ciudad no tenían miedo de nada.

Leonardo recogió el botón.

—Tenemos miedo de cosas importantes.
—¿Como los truenos?
—Exactamente.

La lluvia comenzó a caer con más fuerza.

Pronto, el sonido sobre el techo de la mansión fue tan intenso que los dos ratones apenas podían escuchar otra cosa.

Tomás se acercó a la entrada de la habitación.

—Será mejor que no salgamos esta noche.

Leonardo asintió.

—Por una vez estoy completamente de acuerdo.

Prepararon una cena sencilla con queso, pan y algunas nueces que Leonardo había guardado.

Durante un rato, la tormenta incluso resultó agradable.

Estaban secos.

Tenían comida.

Y Duque no podía sorprenderlos mientras permanecieran escondidos dentro de las paredes.

Tomás se sentó cerca de la pequeña lámpara.

—En mi casa me gusta escuchar la lluvia.
—¿No entra agua?
—A veces un poco.

Leonardo abrió mucho los ojos.

—¿Y qué haces?
—La saco.

Leonardo lo miró como si hubiera contado una historia terrible.

—Eso suena agotador.

Tomás soltó una carcajada.

—No tanto como escapar de un gato todos los días.

Leonardo hizo una mueca.

—Otra vez con eso.
—Solo digo la verdad.

De repente, escucharon un ruido distinto.

No era un trueno.

Tampoco era la lluvia.

Era algo más cercano.

Un sonido profundo dentro de la pared.

Cruuuj.

Tomás se puso de pie.

—¿Qué fue eso?

Leonardo también escuchó.

Cruj.

Crac.

Después llegó un fuerte golpe.

¡PUM!

La pequeña habitación tembló.

Algunos objetos cayeron de los estantes.

Leonardo corrió hacia la entrada.

—Eso no es normal.

Tomás lo siguió.

—¿Qué hay detrás de esa pared?
—Uno de los túneles principales.

Los dos avanzaron hasta la salida.

Leonardo empujó una pequeña puerta.

No se abrió.

Volvió a intentarlo.

Nada.

—Está atorada.

Tomás se acercó.

—Déjame probar.

Los dos empujaron al mismo tiempo.

La puerta cedió apenas unos centímetros.

Del otro lado había tierra, polvo y pequeños pedazos de madera.

Tomás observó.

—Algo se derrumbó.

Leonardo se quedó pálido.

—Ese túnel lleva al comedor.
—¿Hay otra salida?
—Claro.

Leonardo caminó hacia una segunda abertura.

La abrió.

Un pequeño chorro de agua cayó sobre su cabeza.

—¡Ah!

Tomás se acercó.

El túnel estaba parcialmente inundado.

El agua avanzaba lentamente entre las paredes.

—No podemos ir por ahí.

Dijo Tomás.

Leonardo retrocedió.

—Todavía tenemos la salida del norte.

Los dos corrieron hacia otra abertura.

Leonardo empujó.

Esta vez la puerta se abrió.

Pero apenas dieron unos pasos escucharon otro ruido.

¡CRACK!

Una gran astilla de madera cayó frente a ellos.

Tomás tiró de Leonardo hacia atrás.

—¡Cuidado!

El túnel comenzó a crujir.

Leonardo miró alrededor.

—Tenemos que salir.
—¿Hacia dónde?

Leonardo señaló una abertura lateral.

—Esa lleva directamente a la sala.

Tomás frunció el ceño.

—¿Directamente?
—Sí.
—¿Sin túneles?
—Sin túneles.

Tomás entendió el problema.

Tendrían que abandonar la protección de las paredes.

El túnel volvió a crujir.

Esta vez cayó más madera.

—No tenemos elección.

Dijo Tomás.

Leonardo respiró profundamente.

—Entonces vamos.

Salieron por una pequeña abertura escondida detrás de un mueble.

La sala estaba casi completamente oscura.

Solamente los relámpagos iluminaban de vez en cuando las grandes ventanas.

La lluvia golpeaba el cristal.

Leonardo asomó la cabeza.

—No veo a nadie.

Tomás salió detrás de él.

—¿Y Duque?
—Tampoco.
—Eso no significa que no esté.
—Gracias por recordarlo.

Los dos avanzaron pegados a la pared.

Cada pocos pasos, un relámpago iluminaba la habitación.

La mansión, que durante el día parecía lujosa, ahora se veía completamente diferente.

Las sombras de los muebles parecían enormes criaturas.

Las cortinas se movían por el viento.

Los ruidos de la tormenta hacían vibrar puertas y ventanas.

Tomás observó una lámpara que parpadeaba.

—¿Qué ocurre con las luces?
—La tormenta debe estar afectando la electricidad.

En ese mismo instante, todas las luces de la mansión se apagaron.

Todo quedó negro.

Leonardo se detuvo.

—Tomás.
—Estoy aquí.
—No veo nada.
—Yo tampoco.

Un relámpago iluminó la sala.

Tomás distinguió una mesa baja a pocos metros.

—Vamos debajo de esa mesa.

Corrieron hasta allí.

Mientras se escondían, escucharon un sonido en el pasillo.

Tin.

Leonardo cerró los ojos.

—No.

Tin.

Tin.

Tomás miró hacia la oscuridad.

—Duque.

El cascabel se acercaba.

Leonardo susurró:

—No puede vernos bien en la oscuridad.

Tomás lo miró.



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En el texto hay: aprendizaje, fábula

Editado: 01.09.2026

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