La tormenta había terminado.
Cuando Tomás abrió los ojos, una luz gris entraba por una pequeña grieta detrás del viejo cuadro.
Durante unos segundos olvidó dónde estaba.
Luego vio a Leonardo dormido sobre un montón de hojas y a Bruno sentado junto a la entrada del refugio.
—¿Ya amaneció?
Preguntó Tomás.
Bruno asintió.
—Hace un rato.
Leonardo se movió.
—¿Podemos volver a mi habitación?
Bruno lo miró.
—Tal vez.
Leonardo abrió un ojo.
—No me gusta cómo sonó eso.
Tomás se incorporó.
—¿Qué pasó?
Bruno señaló hacia abajo.
—Parte de los túneles sigue bloqueada. El agua entró por varios rincones de la mansión.
Leonardo se levantó de inmediato.
—Tengo que revisar mi casa.
—Primero tenemos que encontrar una ruta segura.
Bruno tomó su mochila.
Tomás observó sus herramientas.
—¿Conoces otro camino?
—Conozco muchos.
Leonardo cruzó los brazos.
—Eso dijiste anoche.
Bruno sonrió.
—Y seguimos vivos.
Tomás soltó una pequeña risa.
Los tres abandonaron el refugio.
La mansión estaba extrañamente silenciosa.
Había cubetas en algunos pasillos, toallas en el suelo y varias ventanas abiertas para dejar entrar aire.
Los humanos se movían de un lado a otro reparando los daños de la tormenta.
Los ratones avanzaban por repisas, huecos y pequeñas grietas.
Bruno parecía conocer rutas que Leonardo nunca había visto.
En un momento se detuvo frente a una estrecha abertura detrás de una pared.
—Por aquí.
Leonardo la observó.
—Eso no lleva a mi habitación.
—No.
—Entonces ¿A dónde lleva?
Bruno sonrió.
—Fuera.
Leonardo se quedó inmóvil.
—¿Fuera de la mansión?
—Sí.
Tomás inclinó la cabeza.
—¿Por qué queremos salir?
Bruno miró a ambos.
—Porque los túneles interiores tardarán horas en estar libres.
—Podemos esperar.
Dijo Leonardo.
Bruno negó.
—Tú puedes. Yo tengo que irme.
Tomás sintió curiosidad.
—¿A dónde?
Bruno guardó silencio unos segundos.
Después respondió:
—Al mercado.
Leonardo frunció el ceño.
—¿Qué mercado?
Bruno lo miró sorprendido.
—¿No lo conoces?
—Conozco el mercado humano.
—No hablo de ese.
Tomás se acercó.
—¿Hay otro?
Bruno sonrió.
—El mercado de medianoche.
Leonardo se cruzó de brazos.
—Eso suena inventado.
—Entonces quédate.
Bruno comenzó a caminar.
Tomás lo siguió.
Leonardo suspiró.
—Esperen.
Los tres atravesaron el pasadizo y salieron por una grieta cerca del jardín.
El aire olía a tierra mojada.
Las hojas todavía tenían gotas de lluvia.
Tomás respiró profundamente.
—Esto sí me gusta.
Leonardo observó sus zapatos cubiertos de barro.
—A mí no tanto.
Bruno avanzó hacia la reja.
—Tenemos que cruzar antes de que haya demasiado movimiento.
Tomás miró la calle.
—¿Está lejos?
—Un poco.
—¿Y por qué se llama mercado de medianoche si es de día?
Bruno sonrió.
—Porque el verdadero mercado abre cuando los humanos duermen.
Leonardo levantó una ceja.
—Entonces vamos muy temprano.
—No.
Bruno señaló el cielo.
—Hoy habrá reunión antes del anochecer. Después de la tormenta, muchos refugios necesitan comida y materiales.
Tomás asintió.
—¿Es como un lugar de intercambio?
—Exactamente.
—¿Y van muchos ratones?
—Ratones, ardillas, gorriones, palomas... cualquiera que conozca la entrada.
Leonardo parecía cada vez más interesado.
—¿Y hay queso?
Bruno lo miró.
—Claro que sí.
Leonardo sonrió.
—Entonces no entiendo por qué seguimos hablando.
Tomás soltó una carcajada.
Salieron del jardín y avanzaron por la ciudad.
Con Bruno como guía, el viaje era completamente diferente.
No cruzaban las calles corriendo al azar.
Esperaban debajo de autos estacionados.
Utilizaban alcantarillas pequeñas.
Atravesaban cercas por huecos escondidos.
Incluso cruzaron una calle caminando por una tubería estrecha.
Tomás estaba impresionado.
—¿Cómo aprendiste todos estos caminos?
Bruno respondió sin detenerse.
—Equivocándome.
—¿Muchas veces?
—Las suficientes.
Leonardo miró hacia abajo mientras caminaba sobre la tubería.
—Eso no ayuda.
Llegaron a una vieja zona de edificios.
Había paredes agrietadas, balcones oxidados y callejones estrechos.
Bruno se detuvo junto a una panadería.
El olor a pan recién hecho llenaba el aire.
Leonardo cerró los ojos.
—Quiero vivir aquí.
Tomás lo empujó suavemente.
—Tú quieres vivir donde haya comida.
—Exactamente.
Bruno caminó hasta una rejilla cerca del suelo.
La movió.
—Entren.
Tomás pasó primero.
Leonardo detrás.
Bruno cerró la rejilla.
El túnel era oscuro.
Descendieron por una pendiente.
Tomás sacó su brújula.
Leonardo lo miró.
—¿También la usas bajo tierra?
—La dirección sigue siendo la dirección.
Bruno sonrió.
—Tu primo me cae bien.
Leonardo suspiró.
—Eso dicen al principio.
Caminaron durante varios minutos.
Entonces Tomás comenzó a escuchar voces.
Muchas voces.
También risas.
Golpes.
Pasos pequeños.
Un extraño murmullo.
—¿Ya llegamos?
Preguntó.
Bruno señaló adelante.
—Casi.
Doblaron una esquina.
Tomás abrió los ojos.
Ante ellos se extendía una enorme cámara subterránea.
Había luces hechas con pequeños focos, velas y objetos brillantes.
Decenas de puestos ocupaban los bordes.
Ratones ofrecían semillas, pedazos de tela y botones.
Una ardilla vendía nueces.
Dos gorriones intercambiaban hilos por migas de pan.