Cuando Tomás, Leonardo y Bruno regresaron a la mansión, el cielo ya comenzaba a oscurecerse.
Las luces de la ciudad se encendían una tras otra y el jardín estaba todavía húmedo por la tormenta de la noche anterior.
Los tres avanzaron entre los arbustos hasta llegar a la abertura que Leonardo utilizaba como entrada.
Pero antes de entrar, Bruno levantó una pata.
—Esperen.
Tomás se detuvo.
—¿Qué pasa?
Bruno olfateó el aire.
Leonardo lo imitó.
Al principio no notó nada.
Después su expresión cambió.
—Duque.
Tomás sintió un escalofrío.
—¿Está cerca?
Bruno observó el suelo.
—Estuvo aquí.
Junto a la entrada podían verse varias marcas en la tierra.
Eran huellas.
Grandes.
Redondas.
De gato.
Leonardo se acercó lentamente.
—Nunca viene hasta esta parte del jardín.
Bruno señaló la abertura.
—Ahora sí.
Tomás miró dentro del túnel.
—¿Creen que encontró la entrada?
Leonardo negó rápidamente.
—No puede ser.
Bruno no parecía tan convencido.
—Solo hay una forma de averiguarlo.
Entraron.
El túnel estaba oscuro.
Leonardo caminaba primero.
A medida que avanzaban, comenzó a notar cosas extrañas.
Pequeños pedazos de tierra habían caído de las paredes.
Una tabla estaba fuera de lugar.
Más adelante encontraron marcas de garras.
Leonardo se quedó inmóvil.
—No.
Tomás se acercó.
—¿Qué ocurre?
Leonardo señaló la pared.
—Esto lo hizo Duque.
Bruno examinó las marcas.
—Intentó abrir el túnel.
Tomás miró a su primo.
—Tenemos que ir con cuidado.
Leonardo aceleró el paso.
—Mi habitación está cerca.
—Leonardo.
Dijo Bruno.
—Espera.
Pero Leonardo no se detuvo.
Corrió por el túnel.
Tomás y Bruno lo siguieron.
Cuando finalmente llegaron, Leonardo empujó la pequeña puerta de su hogar.
Se quedó paralizado.
Todo estaba destruido.
Su cama había sido arrancada.
Los estantes estaban tirados en el suelo.
Los botones que tanto cuidaba estaban dispersos por todas partes.
La pequeña mesa estaba rota.
Su espejo se encontraba hecho pedazos.
Tomás no dijo nada.
Leonardo entró lentamente.
—No...
Se acercó a uno de los estantes.
Lo levantó.
Volvió a caer.
—No puede ser.
Bruno observó alrededor.
—Duque encontró la entrada.
Leonardo recogió uno de sus botones favoritos.
Estaba partido.
—Todo lo que tenía estaba aquí.
Tomás se acercó.
—Lo siento.
Leonardo no respondió.
Continuó recorriendo la habitación.
Encontró una de sus corbatas rasgada.
Después levantó un pedazo de tela que pertenecía a su cama.
Su expresión había cambiado.
Ya no parecía asustado.
Parecía triste.
—Tardé años en conseguir todas estas cosas.
Tomás se sentó junto a él.
—Lo sé.
Leonardo apretó el trozo de tela.
—Y en unos minutos las destruyó.
Bruno caminó hacia la entrada.
—Tenemos que irnos.
Leonardo levantó la cabeza.
—¿Ahora?
—Sí.
—Duque no está aquí.
—Precisamente.
Bruno señaló las marcas.
—Si descubrió este lugar, regresará.
Leonardo miró su habitación.
—No puedo abandonarla.
Tomás frunció el ceño.
—Leonardo...
—Podemos repararla.
Bruno negó.
—No es seguro.
—Podemos cerrar la entrada.
—Encontrará otra.
Leonardo se puso de pie.
—¡Esta es mi casa!
Su voz resonó en la pequeña habitación.
Tomás y Bruno guardaron silencio.
Leonardo respiraba agitadamente.
Después bajó la mirada.
—Perdón.
Tomás se acercó.
—No tienes que disculparte.
Leonardo observó los restos de su hogar.
—No quiero perderlo.
Tomás entendía.
Si alguien destruyera su pequeña cueva del campo, también le costaría abandonarla.
—Podemos recoger lo que se pueda salvar.
Dijo.
Bruno asintió.
—Pero tenemos que hacerlo rápido.
Los tres comenzaron a trabajar.
Tomás recogió comida.
Bruno buscó herramientas útiles.
Leonardo guardó algunos botones, telas y objetos que todavía estaban en buen estado.
De pronto encontró algo bajo la cama rota.
Era una pequeña cuchara brillante.
Leonardo sonrió ligeramente.
—Esta fue la primera cosa que encontré cuando llegué a la mansión.
Tomás la observó.
—¿Hace mucho?
—Años.
Leonardo la limpió.
—Pensé que era un tesoro.
Tomás sonrió.
—Para ti lo era.
Leonardo guardó la cuchara.
—Sí.
Continuaron recogiendo.
Entonces escucharon un sonido.
Tin.
Los tres se congelaron.
Tin.
Tin.
Bruno susurró:
—Demasiado tarde.
Leonardo miró hacia la entrada.
—¿Está en el túnel?
Tomás apagó la pequeña lámpara.
Todo quedó oscuro.
El sonido se acercó.
Tin.
Tin.
Tin.
Bruno señaló una abertura trasera.
—¿Adónde lleva?
Leonardo respondió en voz baja.
—A un túnel de almacenamiento.
—¿Tiene salida?
Leonardo dudó.
—Creo que sí.
Tomás lo miró.
—¿Crees?
—Nunca tuve que usarla.
Bruno suspiró.
—Hoy es un buen día para empezar.
El cascabel estaba cada vez más cerca.
Leonardo recogió su pequeña bolsa.
Los tres avanzaron hacia la abertura.
En ese momento, una enorme pata apareció por la entrada principal.
¡CRASH!
Duque comenzó a romper la pared.
Tomás gritó:
—¡Vamos!
Los tres corrieron.
Detrás de ellos, la entrada se desmoronó.
Duque metió la cabeza.
Sus ojos verdes brillaron en la oscuridad.
Leonardo miró hacia atrás.
Vio su habitación por última vez.