Tomás despertó con los primeros rayos del sol.
Por un momento pensó que ya estaba en su cueva.
El aire era fresco, se escuchaban pájaros y no había ruidos de autos, puertas ni pasos humanos.
Pero al abrir los ojos recordó que todavía se encontraba en la vieja caseta del jardín de la mansión.
Bruno dormía cerca de la entrada.
Leonardo estaba acostado sobre unas hojas secas.
Tomás sonrió.
Aquella imagen le resultaba extraña.
Solo unos días antes, Leonardo se había burlado de su cama de hojas.
Ahora dormía tranquilamente sobre una.
Tomás se levantó y salió de la caseta.
El jardín estaba cubierto de pequeñas gotas de rocío.
Al fondo podía verse la mansión.
Grande.
Elegante.
Silenciosa.
Tomás la observó durante unos segundos.
Había vivido muchas aventuras allí.
Había probado comidas extraordinarias.
Había conocido lugares que jamás habría imaginado.
También había corrido más veces por su vida de las que quería recordar.
Tocó la brújula que llevaba alrededor del cuello.
Era hora de regresar.
Detrás de él se escucharon pasos.
—¿Ya estás despierto?
Preguntó Leonardo.
Tomás se volvió.
Su primo salió de la caseta estirándose.
—Siempre despierto temprano.
Leonardo bostezó.
—Eso sigue siendo una costumbre terrible.
Tomás soltó una carcajada.
—Hoy tendremos que caminar bastante.
Leonardo miró hacia el horizonte.
—¿Cuánto?
—Si no nos detenemos demasiado, llegaremos antes del anochecer.
Leonardo abrió mucho los ojos.
—¿Todo el día?
—Tú me trajiste por ese mismo camino.
—Sí, pero entonces estaba emocionado.
Tomás cruzó los brazos.
—¿Y ahora?
Leonardo miró la mansión.
Después la caseta.
Finalmente sonrió.
—Ahora también.
Bruno apareció detrás de ellos.
—Entonces deberíamos salir pronto.
Los tres prepararon lo poco que tenían.
Tomás guardó las semillas que quedaban.
Bruno revisó sus herramientas.
Leonardo tomó su pequeña bolsa con las pocas cosas que había salvado de su antigua casa.
La cuchara brillante.
Tres botones.
La tela azul.
Y algunos recuerdos.
Tomás lo observó.
—¿Seguro que eso es todo?
Leonardo miró la bolsa.
—Antes necesitaba tres viajes para mover mis cosas.
—¿Y ahora?
Leonardo se la colgó al hombro.
—Ahora puedo llevar mi casa en una bolsa.
Bruno sonrió.
—Eso hace más fácil escapar de los gatos.
Leonardo levantó una ceja.
—Gracias por la motivación.
Tomás comenzó a reír.
Salieron del jardín por una pequeña abertura bajo la reja.
Antes de alejarse, Leonardo se detuvo.
Miró la mansión por última vez.
Tomás no dijo nada.
Sabía que aquel lugar había sido el hogar de su primo durante muchos años.
Leonardo respiró profundamente.
—Vamos.
Los tres comenzaron el camino.
Al principio avanzaron por rutas que Bruno conocía perfectamente.
Cruzaron detrás de algunos edificios.
Pasaron bajo una cerca.
Atravesaron un pequeño parque.
Y utilizaron una tubería para evitar una avenida.
Leonardo estaba mucho más atento que durante el viaje de ida.
Ya no caminaba como si conociera todos los peligros.
Ahora miraba a ambos lados.
Escuchaba.
Olfateaba.
Tomás lo notó.
—Has cambiado.
Leonardo lo miró.
—¿Para bien?
—Todavía no estoy seguro.
Leonardo soltó una carcajada.
Bruno caminaba delante.
—Aprender a mirar antes de correr siempre ayuda.
Leonardo suspiró.
—Ustedes dos se parecen demasiado.
Tomás sonrió.
—Eso es un cumplido para Bruno.
Bruno comenzó a reír.
Llegaron hasta una pequeña plaza.
Desde allí, Bruno se detuvo.
—Yo me separo aquí.
Tomás levantó la cabeza.
—¿No vienes al campo?
Bruno negó.
—Tengo que regresar al mercado.
—¿Por la tormenta?
—Hay refugios que todavía necesitan reparaciones.
Leonardo se acercó.
—Podrías venir con nosotros un par de días.
Bruno lo miró sorprendido.
—¿Tú invitándome al campo?
Leonardo se cruzó de brazos.
—No exageres.
Tomás sonrió.
—En mi casa siempre habrá lugar.
Bruno asintió.
—Algún día iré.
Tomás extendió una pata.
Bruno la estrechó.
—Gracias por ayudarnos.
—Ustedes también me ayudaron.
Leonardo extendió la suya.
Bruno la miró.
—Cuida tus corbatas.
Leonardo sonrió.
—Me queda una.
—Entonces cuídala bien.
Se abrazaron brevemente.
Después Bruno se alejó por uno de los callejones.
Tomás y Leonardo permanecieron observándolo hasta que desapareció.
—Es extraño.
Dijo Leonardo.
—¿Qué cosa?
—Hace una semana no sabía que existía.
Tomás asintió.
—Y ahora lo vamos a extrañar.
Leonardo sonrió.
—Supongo.
Los dos continuaron.
Poco a poco, la ciudad comenzó a quedar atrás.
Los edificios se hicieron más bajos.
Había menos personas.
Menos vehículos.
Más árboles.
Leonardo respiró profundamente.
—Aquí el aire huele diferente.
Tomás sonrió.
—Eso es porque ya no estamos rodeados de humo.
Leonardo volvió a respirar.
—Me gusta.
—Cuidado.
—¿Con qué?
Una mariposa pasó frente a su cara.
Leonardo dio un salto.
Tomás comenzó a reír.
—¡Otra vez no!
Leonardo frunció el ceño.
—No me gustan las cosas que vuelan sin avisar.
—Las mariposas no avisan.
—Deberían.
Siguieron caminando.
Al mediodía llegaron al pequeño arroyo que habían cruzado en el viaje de ida.
Leonardo se detuvo.
Miró el tronco.
Después miró a Tomás.
—No.
Tomás sonrió.
—Sí.
—Hay otro camino.
—No.
—Podemos rodearlo.
—Tardaríamos horas.