El Ratón Del Campo Y El Ratón De La Ciudad

Capítulo 10 - La Verdadera Riqueza

El amanecer llegó lentamente sobre el campo.

Primero apareció una línea dorada detrás de las colinas.

Después, la luz comenzó a extenderse sobre los sembradíos, iluminando las hojas cubiertas de rocío.

Tomás abrió los ojos.

Había dormido profundamente.

Durante unos segundos escuchó el viento, los pájaros y el sonido lejano del arroyo.

Todo estaba en calma.

Entonces miró hacia el otro lado de la habitación.

La pequeña cama de Leonardo estaba vacía.

Tomás se incorporó.

—¿Leonardo?

No hubo respuesta.

Se levantó y salió de la cueva.

Su primo estaba sentado sobre una raíz del viejo árbol, observando el horizonte.

Tomás se acercó.

—Te levantaste temprano.

Leonardo no apartó la mirada.

—No podía dormir.

Tomás se sentó junto a él.

Durante unos momentos ninguno dijo nada.

Finalmente, Tomás preguntó:

—¿Estás pensando en la mansión?

Leonardo asintió.

—En la mansión, en el mercado, en Bruno… en todo.

Tomás esperó.

Sabía que su primo necesitaba tiempo.

Leonardo respiró profundamente.

—Durante años pensé que tenía la mejor vida que un ratón podía tener.
—Tenías muchas cosas.
—Exactamente.

Leonardo levantó una pata y comenzó a contar.

—Queso. Pasteles. Una cama suave. Alfombras. Botones. Telas. Una cuchara brillante que ni siquiera necesitaba.

Tomás sonrió.

—Parecía importante para ti.

Leonardo también sonrió.

—Muchísimo.

Después su expresión se volvió seria.

—Pero cada vez que escuchaba el cascabel de Duque, todo dejaba de importar.

Tomás recordó aquel sonido.

Tin.

Tin.

Tin.

Incluso ahora podía imaginarlo perfectamente.

Leonardo continuó:

—Lo extraño es que nunca lo había pensado de verdad.
—¿Por qué?
—Porque creía que era normal.

Tomás inclinó la cabeza.

—¿Vivir con miedo?
—Sí.

Leonardo bajó la mirada.

—Pensaba que el miedo era el precio que tenía que pagar por vivir bien.

Tomás guardó silencio.

Leonardo miró el campo.

—Pero aquí también hay peligros.
—Claro.
—Ayer Sombra casi nos atrapa.

Tomás soltó una pequeña risa.

—Eso es cierto.
—Sin embargo, después pudimos regresar a casa y comer tranquilos.

Leonardo sonrió.

—No tuve que mirar hacia la puerta cada cinco segundos.

Tomás lo miró.

—Entonces ya sabes lo que quieres.

Leonardo tardó en responder.

—Creo que sí.

Se puso de pie.

—Quiero regresar a la ciudad.

Tomás abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

Leonardo comenzó a reír.

—No para quedarme en la mansión.
—Entonces ¿Para qué?
—Tengo algo que hacer.

Tomás frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

Leonardo miró la pequeña bolsa que había dejado junto a la entrada.

—Despedirme.

Después de desayunar, los dos primos prepararon el viaje.

Tomás llevó algunas semillas y su brújula.

Leonardo guardó sus pocas pertenencias.

Antes de salir, Tomás preguntó:

—¿Estás seguro?

Leonardo asintió.

—No quiero pasar el resto de mi vida pensando que dejé cosas sin terminar.
—Entonces vamos.

El viaje de regreso fue diferente.

Leonardo cruzó el tronco sobre el arroyo sin detenerse.

Cuando llegaron al camino, esperó pacientemente el momento adecuado.

Y cuando un vehículo pasó cerca, no entró en pánico.

Tomás lo observó.

—Definitivamente has cambiado.

Leonardo sonrió.

—Un poco.

Horas después, las enormes construcciones de la ciudad aparecieron frente a ellos.

El ruido regresó.

Los vehículos.

Las voces.

Los olores.

Leonardo respiró profundamente.

—Nunca pensé que extrañaría el silencio.

Tomás sonrió.

—Yo sí.

Los dos continuaron hasta llegar al viejo barrio donde se encontraba la entrada del mercado de medianoche.

Leonardo se detuvo.

—Primero quiero pasar por aquí.

Entraron por la rejilla.

El mercado estaba abierto.

Había ratones llevando alimentos, ardillas ordenando nueces y gorriones transportando materiales.

Mara fue la primera en verlos.

—¡Regresaron!

Tomás sonrió.

—Solo por un rato.

Mara miró a Leonardo.

—¿No te quedaste en el campo?

Leonardo respondió:

—Todavía no.

Bruno apareció detrás de uno de los puestos.

—Sabía que volverían.

Tomás lo abrazó.

—Dijiste que algún día irías al campo.
—Y lo haré.

Bruno miró a Leonardo.

—¿Qué decidiste?

Leonardo respiró profundamente.

—No voy a regresar a vivir a la mansión.

Bruno sonrió.

—Buena elección.

Leonardo levantó una pata.

—Pero tampoco quiero desaparecer de la ciudad.

Tomás lo observó con curiosidad.

—¿Qué quieres decir?

Leonardo miró alrededor.

—Aquí hay cosas buenas.

Señaló el mercado.

—Hay amigos. Hay comida. Hay historias. Hay lugares que todavía quiero conocer.

Mara sonrió.

—Entonces quédate aquí.

Leonardo negó.

—No para siempre.

Tomás comenzó a comprender.

Leonardo continuó:

—Quiero vivir en el campo con Tomás.

Después miró a Bruno.

—Pero quiero volver de vez en cuando.

Bruno levantó una ceja.

—¿Un ratón de campo que visita la ciudad?

Leonardo sonrió.

—Un ratón de ciudad que aprendió a vivir en el campo.

Tomás soltó una carcajada.

—Eso suena más complicado.
—Lo es.

Mara tomó una pequeña bolsa de tela.

—Entonces necesitarás esto.

Leonardo la recibió.

Dentro había semillas, cuerda y algunas nueces.

—No puedo aceptarlo.

Mara sonrió.

—Algún día ayudarás a alguien más.

Leonardo recordó las mismas palabras que ella le había dicho a Tomás.

Esta vez comprendió perfectamente.



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En el texto hay: aprendizaje, fábula

Editado: 01.09.2026

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