Duque abrió los ojos antes del amanecer.
La mansión estaba completamente silenciosa.
Desde su cama acolchada, el enorme gato gris y blanco levantó lentamente la cabeza.
No había escuchado ningún ruido.
No había visto ningún movimiento.
Sin embargo, algo lo había despertado.
Un olor.
Duque olfateó el aire.
Nada.
Volvió a apoyar la cabeza.
Pasaron unos segundos.
Entonces sus orejas se levantaron.
Ras.
Ras.
Un sonido diminuto provenía del interior de una pared.
Duque abrió los ojos.
—Miau.
Se puso de pie.
Su pequeño cascabel comenzó a sonar.
Tin.
Tin.
Tin.
Caminó hasta la puerta de su habitación y salió al pasillo.
La mansión estaba oscura.
Duque conocía cada rincón de aquella casa.
Sabía dónde dormían los humanos.
Sabía qué ventanas recibían el sol durante la tarde.
Sabía dónde podía encontrar comida.
Y, sobre todo, conocía todos los lugares en los que alguna vez había visto un ratón.
Se acercó a la pared.
Olfateó.
Ahí estaba otra vez.
Ese olor.
Ratón.
Pero había algo diferente.
No era solamente el olor que conocía desde hacía años.
Había otro.
Un ratón nuevo.
Duque movió la cola.
Desde su punto de vista, aquello significaba una sola cosa:
Había un intruso en la mansión.
Duque no siempre había vivido allí.
Cuando era pequeño, había llegado dentro de una caja.
Recordaba muy poco de aquel día.
Muchas manos.
Voces humanas.
Un enorme jardín.
Y una niña que lo levantó cuidadosamente.
—Se llamará Duque.
Había dicho.
Desde entonces, la mansión se convirtió en su hogar.
Tenía comida todos los días.
Una cama cómoda.
Juguetes.
El jardín.
Y una familia que lo cuidaba.
Pero había algo que los humanos esperaban de él.
Cada vez que veían un ratón gritaban:
—¡Duque!
Y Duque corría.
Al principio no entendía por qué.
Después aprendió.
Los humanos no querían ratones en la cocina.
No querían ratones en el comedor.
No querían ratones cerca de la despensa.
Así que Duque terminó considerando aquello su trabajo.
Vigilar.
Escuchar.
Olfatear.
Y cuando aparecía un ratón...
Perseguirlo.
Para Duque era un juego.
Un juego muy serio.
Nunca se preguntaba qué pensaban los ratones.
Hasta que llegó Tomás.
La primera vez que Duque lo vio fue en la cocina.
Había entrado tranquilamente buscando su plato de comida cuando percibió un olor extraño.
Levantó la cabeza.
Sobre la mesa había dos pequeñas figuras.
Una era Leonardo.
Duque lo conocía perfectamente.
Llevaba años persiguiéndolo.
—Otra vez tú.
Parecía decir la mirada del gato.
Pero junto a Leonardo había otro ratón.
Más pequeño.
Con una bolsa.
Duque se quedó observándolo.
Tomás también lo miró.
Durante un instante ninguno se movió.
Duque pensó:
“Ratón nuevo.”
Tomás probablemente pensó algo bastante diferente.
Duque dio un paso.
Los ratones corrieron.
Y entonces comenzó la persecución.
Duque saltó.
Leonardo escapó.
Tomás cayó.
El gato extendió una pata.
Casi lo alcanzó.
Pero los ratones desaparecieron dentro de una abertura.
Duque quedó frente a la pared.
Metió una pata.
Nada.
Olfateó.
Los ratones estaban ahí.
Podía sentirlo.
Se sentó frente al agujero.
Tin.
Tin.
Movió la cola.
Esperó.
Pero no salieron.
Al final, una voz humana lo llamó.
—¡Duque!
El gato levantó la cabeza.
Miró nuevamente el agujero.
Después se marchó.
Pero no olvidó aquel olor.
Durante los días siguientes, Duque comenzó a notar que algo había cambiado.
Leonardo salía mucho más.
Había más ruidos dentro de las paredes.
Y el ratón nuevo parecía tener una habilidad especial para aparecer justo en los lugares donde había comida.
Una mañana, Duque entró al comedor.
Olió queso.
Pan.
Pastel.
Y ratón.
Levantó la cabeza.
Ahí estaban.
Tomás y Leonardo disfrutaban del gran banquete.
Duque movió lentamente la cola.
Los observó.
Tomás parecía feliz.
Leonardo también.
Durante unos segundos, Duque no hizo nada.
Solo miró.
Entonces recordó su trabajo.
Se agachó.
Preparó las patas.
Y saltó.
Todo ocurrió muy rápido.
Platos.
Manteles.
Cubiertos.
Ratones corriendo.
Una copa cayó al suelo.
¡Crash!
Duque persiguió a Tomás.
El ratón escapó por poco.
Pero su pequeña bolsa quedó enganchada en una de las garras del gato.
Duque se detuvo.
Los ratones desaparecieron.
Miró la bolsa.
La olfateó.
No era comida.
La mordió.
Tampoco sabía bien.
Así que la llevó hasta su habitación.
Para Duque, cualquier objeto nuevo podía convertirse en juguete.
Sacó algunas cosas.
Una cuerda.
Un poco de tela.
Y algo pequeño y brillante.
La brújula.
Duque la tocó con una pata.
La aguja comenzó a moverse.
El gato inclinó la cabeza.
La tocó otra vez.
La aguja volvió a girar.
Aquello sí le pareció interesante.
La dejó dentro de una caja junto con otros objetos que había recogido.
Y se olvidó de ella.
Hasta el día siguiente.
Duque estaba en el jardín cuando escuchó a uno de los humanos entrar en la casa.
La puerta se abrió.
Duque corrió hacia dentro.
Tin.
Tin.
Tin.
Tenía hambre.
Regresó a su habitación.
Pero algo estaba mal.
Su pelota había cambiado de lugar.
Una cuerda estaba en el suelo.