No hay palabras en las lenguas de los hombres para describir la geometría del abismo. Escribo esto con dedos que ya no siento, mientras el frío del Mar del Norte intenta reclamar lo que queda de mi cordura. El Soberano de las Profundidades no era solo un barco; era una promesa de hierro y madera de roble, un bastión de la industria ballenera que se adentró en coordenadas que no figuraban en ninguna carta náutica bendecida por la Royal Navy.
Aquel 14 de noviembre, el océano dejó de ser agua. Se convirtió en una sustancia viscosa, de un color púrpura bilioso que recordaba a la carne gangrenada. Las redes de arrastre, diseñadas para capturar lo que la naturaleza ofrece, subieron algo que la naturaleza debería haber mantenido oculto bajo el peso de mil atmósferas. No era una criatura. Era una blasfemia biológica. Una masa de tejido traslúcido, palpitante, atravesada por nervaduras de un azul eléctrico que zumbaban con una frecuencia que hacía sangrar los oídos de la tripulación.
El Capitán Marsh, un hombre que había sobrevivido a tres tifones y a la pérdida de una pierna en el Estrecho de Magallanes, se quedó lívido ante la masa. Tenía ojos, pero no estaban organizados por pares; eran cientos, globos oculares sin párpados que brotaban de lo que parecían ser extremidades vestigiales. Y todos esos ojos miraban hacia arriba, hacia las estrellas que, esa noche, brillaban con una configuración que me resultó ajena, casi ofensiva.
—No es de este mar —susurró el arponero, un hombre cuyos ancestros venían de pueblos costeros donde no se mencionaba el nombre de las mareas.
Al tercer día de tener aquella cosa sobre la cubierta, el aire del barco se volvió pesado, saturado de un olor a ozono y amoníaco. El cocinero, impulsado por una curiosidad que ahora reconozco como una influencia externa, cortó un pedazo de esa carne. Al contacto con el metal del cuchillo, la masa no sangró; emitió un fluido vítreo que comenzó a devorar el acero. Esa misma noche, el hombre dejó de hablar inglés. Susurraba en una lengua de consonantes líquidas y sibilantes, mientras su cuerpo empezaba a estirarse, sus huesos rompiéndose y soldándose en ángulos imposibles bajo la piel cerosa.
El Soberano se convirtió en una tumba flotante. Los hombres no morían; se transformaban en extensiones de la cosa. Vi a mis compañeros fundirse con las maderas del barco, sus rostros convirtiéndose en parte del mascarón de proa, sus ojos fijos en el horizonte, esperando a que el ciclo se completara. Antes de lanzarme al bote salvavidas, vi a la masa principal empezar a latir con el ritmo de un corazón planetario. Estaba buscando un puerto. Estaba buscando una cuna de piedra y carne donde finalmente nacer.